La zona precisa

 

por Carlos Enrique Saldivar

 

Luego de comerse con todo y huesos al sujeto, el monstruo se dijo que eso era lo bueno de cazar el 31 de octubre: las víctimas eran un tanto dóciles, a diferencia del resto del año.

La noche aún era joven, continuaría la celebración capturando un par de niños, después iría una fiesta de disfraces, en busca de alguna dama que podría guardar para el desayuno.

Eso sí, le molestó sobremanera que muchos de quienes lo vieron se riesen de su aspecto.

Bajo ciertas luces, en especial de los lugares de fiesta, lucía más cómico que horroroso.

Pensó en utilizar un buen disfraz o una máscara (por lo menos) el año siguiente.

Se dio cuenta de lo patético de su idea y se contuvo las ganas de gritar y arrancarse los gruesos pelos de su melena.

Rememoró su triste pasado en el inframundo: aun para ser un monstruo era bastante feo.

No tuvo más remedio (quizá por complejos, o porque era la mejor decisión) que acechar y atacar de nuevo en las periferias de Lima; las personas que vivían ahí no solían tener el estúpido sentido del humor de la gente del centro de la ciudad.

Sintió que aquellas víctimas de las afueras tenían educación, inteligencia, que era una lástima eliminarlas cada Halloween, pero él, cual monstruo devorador, conocía su oficio.

Mataría a sus presas con gran respeto, pues, se dijo, no se trataba de si era o no la noche indicada, sino de que este era el sitio adecuado para llevar a cabo su tan excitante actividad.

 

 

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