Cita con el desconocido

 

por Carlos Enrique Saldivar

 

—¡Eres un ángel! —le dijo ella. Le dio un beso e intentó quitarle el sombrero para verle los cabellos y acariciárselos. Se sentía muy romántica, lo cual viraba a excitación.

Él la cogió dulcemente de la muñeca y le impidió sacarle la prenda que llevaba en la cabeza. Percibió que su rabo se escapaba por detrás de su ropa, qué mala suerte, carajo, tuvo una idea: le dijo a ella que cerrara los ojos, que le daría una sorpresa. La joven le hizo caso y la criatura aprovechó para acomodarse bien el pantalón. Acto seguido le dio a la chica un ósculo en la nariz, ella se sonrojó y soltó unas risitas. Él se dijo que debía terminar la cita allí mismo, pero deseaba verla de nuevo. Jamás se había sentido tan bien con una mujer; de hecho, nunca se había sentido tan contento con una hembra, de su especie o de otras. ¡Incluso lo consideraba un ángel!, y tenía razón, aunque no era del tipo que ella creía.

—Ángel mío, ven acá, sólo te faltan tus alas, tu lira y tu aureola, ja, ja.

La muchacha volvió a besarlo, esta vez no intentó agarrarle el sombrero.

El ser pensó que sus cuernos limados no serían un problema, conocía un brujo que podía dejárselos al nivel del cráneo y luego se los cubriría con una tintura negra, espesa, que semejaba bastante al cabello. El gran problema era su cola terminada en punta, estaba unida a una vértebra. Cuando hiciera el amor con esa linda chica, ¿cómo ocultaría aquella parte de su anatomía? ¿Cómo rayos lo hacían sus camaradas? Muchos de ellos habían estado íntimamente con varias humanas. Él se apenó, porque esta era su primera vez, todavía era muy joven, pero tenía que dar aquel paso; no se quedaría atrás, debía enorgullecer a su raza.

Ella lo abrazó fuerte, él decidió cortar la cita en aquel momento. No le dio explicaciones a su acompañante, solamente se retiró de la discoteca. Mejor así, se dijo, si menos la conocía, menos la extrañaría. Al irse, no se percató de que su rabo se había salido.

La muchacha lo detuvo en seco, tomándolo de la cola y le dijo:

—¡Así que eres un ángel caído! Pues yo te levantaré, precioso.

Salieron del bar abrazados. Él se dijo que ángel o no, con Perséfone se sentía en el Cielo.

En verdad le dolería mucho cuando tuviera que devorarla a trozos estando ella aún viva.

Los demonios jugueteaban (a veces tenían sexo) con sus víctimas antes de comérselas.

 

 

 

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