De tripas y corazón

 

por Karla Barajas*

 

Se sentó en el bar a las dos de la mañana, acarició un mechón de cabello teñido la semana anterior y este le quedó en las manos. La enseñaron que el amor entra por la vista y el estómago. En el baño  colocó cabello, con pegamento industrial, en la zona calva pero fue inútil.  Entre más lo intentaba más cabello y cuero cabelludo perdía.

—¡Debió ser el maldito amoníaco del tinte! —se dijo—¡tinte, tinte, tinte!

Se quitó la mascada que llevaba en el cuello y se amarró la cabeza. Se maquilló la cara, cuello, y brazos para ocultar el tono pálido de su piel. Colocó lentes de contacto (aunque le impedían ver con claridad), vació la botella de perfume en su cuerpo.

Salió del establecimiento, le era imposible caminar con los tacones, lo que más odia en la vida. El pie derecho se le torció y el tacón se quebró, un rugido salió de su boca. Fue arrastrando el pie con el hueso zafado  hasta llegar a la acera del estacionamiento (no se quitó los tacones).

Pensaba tinte, tinte, tinte, a ratos frases completas: Nadie va a amarme. Veía con tristeza la mordida en su brazo, fracasé como humana, comenzó a golpearse la cabeza. Tinte, tinte, tinte. La enseñaron a esperar, buscar y desear el amor de otros, que el amor dura para siempre y a veces a la fuerza, que entra por la vista (hay que lucir guapa) y el estómago (nunca comprendió muy bien el concepto de tripa unido al corazón, pero recordó una expresión cotidiana: De tripas corazón).

—De tripas corazón, ¿qué es eso? —dijo sentada sola en medio del estacionamiento y comenzó a reír— me amo y eso basta. Tinte, tinte, tinte, tinte, tinte.

Cuando abrió los ojos estaba sobre un hombre, tenía sus tripas en una mano y el corazón en la otra. Así descubrió que no sólo el amor romántico era un mito, también las necesidades de los zombies y sus gustos, a ella no le interesaba comer cerebros, prefería comer corazones y tripas.

 

 

*Nací en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; el 07 de julio de 1982. Me crié en un hospital, a los cinco años vi enfermos con leucemia, niños en incubadoras, embarazadas. A los seis viví el proceso de agonía de mi abuela quien murió frente a mí. Nadie se percató de mi soledad y lo complejo que es lidiar con la muerte y vida a diario.

Mary Lambert y Stephen King, George A. Romero… llevaron a la ficción mis emociones de infancia… de ahí mi respeto por el terror, la ficción y lo fantástico.

 

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