Vida vacía

 

por Gilda García

 

Al momento de verme te asustaste un poco y no quisiste mostrar demasiado la turbación que, en forma de escalofrío, recorrió tu espalda. Por lo tanto sólo alcanzaste a decir: Por primera vez en mucho tiempo la cocina está silenciosa. Y acto seguido, lanzaste una sonrisa fingida. ¿Quieres té?, preguntaste. Acepté.

Tantas veces me diste la bienvenida en esa cocina con un recibimiento distinto. Corrías hacia mí y me besabas efusivamente. Tu sonrisa abarcaba todas mis esperanzas y lograbas que todo cumpliera su propósito. Mi existencia estaba justificada porque te tenía abrazada de la cintura y tu cabello despedía ese olor a jazmines que se incrustaba en mi mente por varios días. Disfrutábamos de nuestra compañía mientras la casa era habitada sólo por esta pasión prohibida y enfermiza que a mí me daba la vida.

Pero esta vez, la escenografía había cambiado. Los trastes de la comida seguían expectantes y sucios en el lavadero. Un par de cucharas yacían sobre la mesa y la tetera contenía agua caliente. Lo noté por el humo leve que escapaba de la tapa evocando imágenes difusas. Todo lucía como cualquier cuadro hogareño normal. Al verte servir de manera mecánica una taza de té, me di cuenta que no podría tolerar más nuestra separación. El hecho de pensar que verterías cien veces más ese líquido caliente en presencia de otras personas, sin mí. Me desquició. Beberás, bailarás, soñarás. Todo ello lejos de mí. Estaba de más suplicarte otra vez. Tus ojos gélidos me decían claramente todo, me transmitían que lo nuestro ya no existía. Era intolerante tu mirada.

Sin decir nada y con un sentimiento de delirio febril tomé el cuchillo más grande del cajón que estaba en la alacena. Estabas de espaldas buscando azúcar o leche. ¡Qué más da! No lo recuerdo. Al voltear, simplemente hundí la hoja en ese vientre tan hermoso, que cientos de veces besé en el cuarto 12 de nuestro hotel de paso cerca de la carretera. Tus ojos desorbitados ahora me expresaban otra cosa. No detecté bien el mensaje. Comenzaste a temblar y únicamente dijiste una sola palabra final. Era el nombre de él. Un nombre carente de sentido. Nada importaba ya.

Te acompañé tomando tu mano hasta que diste el último suspiro. Mientras tanto te dije entre lágrimas cuanto te amaba. Te expresé mi desesperación al saberte perdida, te grité que mis noches eran como demonios atroces sin ti. Que no podía saberte distante.

Quedé suspendido en los recuerdos de ese amor. Turbado y enloquecido me despedí de ti. Los rayos de la luna entraban apacibles por la ventana que daba al jardín, eran el detalle perfecto que se necesitaba para enmarcar tu imagen inmaculada. Tu cara de ángel me tenía embelesado. Sin embargo, la realidad me sacó del ensueño por medio de una serie de sonidos que provenían del timbre de la casa. Salí de la cocina cruzando el umbral de la puerta corrediza y corrí de inmediato al jardín para escabullirme de regreso y saltar la pared enana de nuevo. Pero esta vez no conseguí librarme del perro, el cual ya estaba despierto. Quizá el sentimiento de ausencia y de peligro lo despertó. Estaba parado junto al arbusto que me ayudaría a escapar. No ladraba, no emitía ningún sonido. Simplemente me observaba retador. Sus ojos eran rojos, quizá por el efecto que la noche tiene en ciertas criaturas. Al verlo amenazante sentí por primera vez horror.

Corrí hacia la pared para huir, pues el tiempo se agotaba. El perro se lanzó contra mí y logró morderme. No soltaba mi tobillo mientras gruñía de manera infernal. La fiereza de su hocico me causó una gran herida. Sus ojos inyectados en sangre brillaban más con el reflejo de las luces que alumbraban la calle y me pareció que tal criatura había aumentado de tamaño. Su cabeza era descomunal, me pareció ver una gran firmeza en los ojos de ese animal asesino.

Pronto sus fauces arremetieron de nuevo contra mi pierna. Entonces fue cuando los recuerdos comenzaron a brotar desenfrenados por mi mente: nuestro primer beso, las cenas clandestinas… No sabes cuánto te amaba Irene.

La bestia era gigante. No tendría oportunidad ante ella. Mis piernas sangraban profusamente. En un momento determinado el hocico me tomó por el costado y me sentí arrastrado a lo largo del jardín de pasto mullido y abundante. Sentía punzadas, heridas desgarrándome. Mi lucha contra el animal estaba destinada al fracaso. En cierto momento perdí la noción del tiempo. Sin embargo, esa noche te tendría de nuevo, sabía que tú y yo volveríamos a estar juntos, que el amor que nos tuvimos nos envolvería como una burbuja eterna y que de ella, no podríamos escapar.

 

 

 

Gilda García Romero. Originaria del estado de Puebla. Contadora de profesión. Desde muy joven ha escrito cuentos y poesías. Ama la literatura y pretende ser escritora. Ferviente lectora. Integrante del taller literario Diezmo de Palabras en Celaya, Guanajuato y también forma parte del Colectivo de Escritores: Nautas de Letras que tiene lugar en Facebook. Administra también la página de Facebook: Literatura de domicilio.

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