El niño que sollozaba

 

por Lycoris Radiatta

 

Se encontraba de cuclillas en el suelo sujetando tiernamente lo que parecía ser el esqueleto de un niño.

— “…Por siempre…” —susurraba arrullando aquellos restos, los cuales con cada sacudida se deshacían hasta convertirse en finas partículas de polvo.

 

Ya instalada en su nueva casa a las afueras de la ciudad, decidió recorrer los alrededores. La mayoría de los edificios estaban descuidados y las casas eran viejas. A tan sólo tres casas se vislumbraba una maltrecha iglesia con un gran cementerio alrededor. En el pueblo no había mucho que hacer salvo las compras y mantenerse en contacto mediante el correo postal. En casa los proyectos de renovación la aguardaban silenciosamente; así fue como descubrió la estrecha habitación detrás de un falso muro. Parecía un escondite con dos entradas; una desde la habitación principal y otra conducía a un largo túnel que llegaba hasta el cementerio. El hallazgo fue un poco tétrico y prefirió sellar el paso hacia el túnel poniendo unas maderas. Se quedó con la estrecha habitación convirtiéndola en un estudio. Además, le pareció un poco extraño que la vendedora no le hubiera informado nada sobre aquella conexión que tenía la casa con el cementerio.

A la mañana siguiente encontró unas pisadas de tierra que conducían hacia la entrada del túnel, aunque el paso seguía sellado, claramente se veía como esas pequeñas pisadas marcaban un caminito. Durante varios días consecutivos, en la tarde justo cuando se iba a leer a su estudio, escuchaba con nitidez cómo rascaban las maderas que había puesto y reían unos niños. Hasta que, indignada por sus recurrentes visitas y sin pensarlo dos veces rompió de golpe las maderas al tiempo en que se abría paso hacia el túnel.

— ¡Los voy a atrapar, vándalos! —les gritó con su potente voz. Los chicos salieron despavoridos por el susto, dejando la pintura que habían utilizado para escribir en las paredes: “Bruja, bienvenida a ksa”. Sólo apiló las maderas a un lado para no tropezar, no tenía caso arreglar ese desastre; al menos por ese día ya no regresarían a molestarla. O eso creyó.  Ya preparada para irse a dormir, se metió en la cama y quedándose dormida se giró sobre sí. Cuando, sintió el bulto de alguien acostado a su espalda.

—¡Esto es el colmo! —pensó y volteando para dar un merecido manotazo… no había nadie ahí.

Al día siguiente mientras realizaba las compras se le acercó uno de los padres con la mayoría de los niños traviesos:

—Lo sentimos mucho, señora…—repitieron al unísono. Al parecer uno de los chicos había tropezado con su padre quien regresaba de trabajar y había visto la dirección en la que salieron despavoridos sus acompañantes.

— ¡Que sea la última vez! y por favor no entren a mi habitación, ayer me dieron un susto de muerte —les contestó a los chicos, ellos se voltearon a ver entre ellos, sin saber a qué se refería.

—Pero nosotros no hemos entrado a la casa…

— ¡Shht! —les indicó el señor enojado—. Se los advierto, otro incidente más y estarán más que castigados —puntualizó el padre. Los chicos bajaron la cabeza y asintieron.

Para acabar pronto le comentó al señor que no había necesidad de ayudarle a limpiar, con tal de que no se metieran de nuevo en su propiedad ella se haría cargo de los estragos. Con una breve disculpa y apenado accedió.

Esa misma tarde del túnel se escuchaba el eco del sollozo de un niño, quizás había intentado realizar la prueba de valor y sus amigos lo habían abandonado. Al principio pensó que lo tenía bien merecido, pero algo en su lamento tan triste, profundo y desolado la hizo tentarse el corazón; removió lo que quedaba de las maderas y fue a buscarlo. La luz disminuía conforme se alejaba del estudio, todo lo demás estaba sumergido en la oscuridad.

— ¿Qué haces ahí solo? —le preguntó y el llanto cesó al instante. Se percibió el sonido de unos pasos cortos, vislumbrándose la silueta de un infante. Éste se posó en donde terminaba el túnel y se le quedó mirando.

—M..me he per…dido —balbuceó el chiquillo.

—Ven, te enseñaré el camino de regreso —dije al tiempo en que avanzaba por él.

Conforme me fui acercando pude ver que era un niño pecoso, cuya curiosa sonrisa estaba impregnada de tristeza. Apenas le había tomado de su pequeña mano cuando soltó un grito desgarrador:

— ¡No dejes que me lleven!

De las sombras se alzaron tres figuras semejantes a gárgolas desgastadas con semblante molesto que avanzaban juntas, arrinconándonos.

— ¡Déjenlo! —les grité. Las gárgolas se volvieron hacia mí y de las tres salía una voz de trueno:

— ¡No debe de estar aquí! — y se nos abalanzaron encima. Traté de escabullirme con el chico, pero nos cerraron el paso hacia la casa. Sólo quedaba ir rumbo el cementerio y así lo hicimos sin que nos siguieran las gárgolas. Pero por más que avanzábamos a tientas ni siquiera llegábamos a ver el otro extremo. Estaba muy cansada y parecía como si el túnel se hubiera extendido y midiera kilómetros. En eso el niño me indicó que siguiéramos por un camino. Sin embargo, al seguirlo algo me pareció raro, me detuve, percibí un extraño olor putrefacto. La piel se me erizó.

—Regresemos —le dije con voz temblorosa.

— ¡Pero quiero ir allá! —gimoteó jaloneando mi brazo y comenzando de nuevo a sollozar.

¿Acaso no percibía aquel olor? Parecía que no. Me arrodillé frente a él para calmarlo limpiándole una lágrima que rodaba por su mejilla.

—No te preocupes, regresemos —le dije de nuevo. Él me apretó fuerte la mano y preguntó con los ojos llorosos:

— ¿Me llevarás contigo de regreso?

—Por supuesto, pase lo que pase jamás te dejaré — y tomamos el camino que creíamos era el de regreso.

Ya casi para salir, en el límite del túnel él todavía con su mano agarrada a la mía preguntó:

— ¿Te quedarás conmigo para siempre?

—Por siempre y para siempre —le contesté sonriendo e intentando ocultar las lágrimas.

Al salir del túnel llegaron al cementerio, y justo en ese momento el cuerpo del infante se tornó completamente en esqueleto. Su mano agarraba la de ella con fuerza manteniéndose así hasta la eternidad. Ella se encontraba de cuclillas en el suelo sujetando tiernamente lo que parecía ser el esqueleto de un niño.

— “…Por siempre…”—susurraba arrullando aquellos restos, los cuales con cada sacudida se deshacían hasta convertirse en finas partículas de polvo.

 

 

 

 

 

Karen Lilibeth Díaz André; soy escritora independiente, actualmente vivo en México, Cuernavaca. Amo leer, escribir historias raras y ver películas de miedo o suspenso. A pesar de mi formación científica no he dejado el misterio y la fantasía de lado. Mi Página de Facebook es la siguiente: https://www.facebook.com/lycoris.radiatta.7

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