Lo que quedó del final

 

por Xavier Castellanos

 

Nunca imaginé llegar a vivir el apocalipsis más allá de alguna obra de ficción. Sin embargo, aquí estoy, en una camioneta vieja, que no tengo la menor idea de cómo sigue funcionando (y sinceramente no me interesa), rodeado de personas que apenas conozco. Rubén, el chofer, una especie de líder con acento caribeño y un delirio de persecución que no entendía muy bien al principio; su compañera, una mujer caucásica de nombre Lillian, cuyo español en ocasiones suena más natural que el mío; los gemelos Boris y Vladimir, dos ingenieros rusos que no sé qué mala decisión tomaron para terminar en este lado del mundo; y el último de nuestra colorida expedición, Pablo, bastante ajeno a nuestra causa, no por sus ideales, sino por las secuelas de un accidente, es incapaz de generar nuevos recuerdos, a veces me pregunto cómo es que terminó aquí.

No sé cómo sea el tiempo en que viva quien sea que está leyendo esto, pero describiré el panorama actual tan bien como pueda. Hace algunos meses la empresa que controlaba la generación de energía en la mayor parte del mundo colapsó, todo se apagó de repente, las telecomunicaciones, los medios de transporte, cada ciudad quedó aislada del resto, sin autos, trenes, aviones, teléfonos ni internet; en palabras de Rubén «La globalización murió con esa empresa».

Tal vez te estás preguntando cuál si esa es la razón por la que estamos viajando, podría parecer poco. Sin embargo, hubo algo peor, durante años la humanidad ha jugado con la manipulación genética, ya fuera para mejorar la producción de alimentos, para curar enfermedades genéticas, o, según especulaciones propias, en algunos programas de la milicia, tengo la loca idea de que es eso de lo que estamos huyendo. Dos meses después de que todo se apagara, Rubén apareció en mi ciudad junto a Lillian, buscándome. «Necesito un exterminador», dijo Rubén al encontrarme en la tienda de armas de mi padre, Lillian tendió en el mostrador un sobre con fotografías borrosas de criaturas con cuatro ojos y fauces suficientemente grandes para devorar un gato de un bocado, bien pudo haber sacado estas fotografías de alguna película vieja. Lancé una mirada dudosa, pero antes de que dijera nada Rubén continuó.

—Comen… mejor dicho, destripan cualquier cosa que alcancen. Si no los detenemos acabarán con cualquier rastro de vida en el continente

—¿Qué es lo que quieren de mí? —interrogué.

—Tenemos que llegar hasta Panamá, reactivar el reactor que alimentaba Sudamérica y montar una defensa para que no puedan alcanzar la otra mitad del continente.

—¿Y ésta mitad?

—No sobrevivirá. Escuché que eres bueno con las armas y que quieres irte de aquí, ¿qué dices?

El resto es historia, si estoy en esta camioneta supongo que la respuesta que di es obvia.

Durante el trayecto tuvimos que parar en un pueblo algo perdido, cerca de una playa. La camioneta falló, Rubén y los hermanos se quedaron reparándola (y vigilando que ningún aventurero intentara hurtarla). Lillian me pidió que la acompañara a conseguir algunos víveres. Pablo se perdió en el pueblo por un rato, salió de la camioneta disparado, como si supiera dónde estaba, más tarde seguramente me tocaría encontrarlo y llevarlo de regreso.

—Mira, alguien hizo una amiga —señaló Lillian hacia Pablo, quien caminaba a lado de una chica de tez morena y rasgos suaves, enfundada en un vestido rosa sin hombros de apariencia playera, charlaban de forma amena—, que pena que mañana ni siquiera la recordará.

—Creo que es mejor así, si la recordara también recordaría que la dejamos atrás, y que atrás también están esas malditas cosas que casi nos matan hace unos días.

—Mientras esta noche podamos partir en paz, puede hablar con quien él quiera. Llevemos esto, creo que sería bueno que lo vigilaras, por si acaso, ya te encontraremos cuando la camioneta esté lista.

Regresé al mercado dónde los habíamos visto, casi los perdí. Caminaban de la mano hacia las afueras del pueblo, charlaban alegremente, no eran extraños, se notaba. Los seguí, guardando distancia, hasta una playa de arena clara que comenzaba a reflejar los tonos rojizos del atardecer, a lado de un risco donde se podían ver los restos de varias construcciones antiguas. La pareja se acomodó en la arena, yo me senté a vigilarlos en las escaleras que daban al risco. El murmullo de la naturaleza enmarcaba una conversación que no terminé de entender.

—De verdad, no me creo que estés aquí, después de tantos años —decía emocionada la chica.

—Te prometí que regresaría —sacó de su cartera un trozo de papel, al verlo ella lo besó en un gesto tierno—. Te eché tanto de menos.

Una explosión cortó el rollo del momento, venía de la ciudad. Una nube de humo que apenas se veía por la poca luz que quedaba me hizo correr a la playa por ellos. «¡Hay que regresar!», dije. Corrimos de vuelta al pueblo, dónde había un completo caos, «¡Regresar, camioneta, ya!», gritó Boris (o quizá Vladimir) al vernos.

—Ven con nosotros —le dijo Pablo a la chica.

—No puedo, tengo que ir con mi familia —respondió la chica con los ojos humedecidos.

—¿Nos alcanzarás?

Ella negó con la cabeza, soltó su mano y se fue corriendo entre la multitud.

—¡Vamos! —gritó Vladimir (realmente no sé cuál de los dos era) sujetando a Pablo antes de que fuera tras la chica.

—Espero que hayan disfrutado su tarde de descanso, pero es hora de irnos —anunció Rubén ya en la camioneta.

—¿Qué fue esa explosión? —inquirí.

—Los devoradores, están luchando a las afuerascon algunas personas que tenían armas, no deben tardar en acabar con ellos, por eso la gente está como loca—respondió Lillian.

—Mientras no se metan con mi camioneta no hay ningún problema —agregó Rubén quien intentaba salir del pueblo tan rápido como se pueda

Al alejarnos de aquel sitio pude escuchar los gritos de la gente siendo atacada, no pude evitar preguntarme qué había pasado con la joven. No tardamos en llegar a caminos más silenciosos, aunque Pablo parecía más perdido que de costumbre, inquieto tal vez, no sé describirlo.

—Pablo, ¿quién era esa chica? —preguntó Lillian.

—¿Quién?

—Préstame tu cartera. —le dije, me la entregó confundido, revisé hasta encontrar el trozo de papel que había visto en la playa, una fotografía algo maltratada, la misma chica que vimos en el pueblo, con el cabello más largo y una mirada de café tostado que podía calentar cualquier corazón—, ella, ¿quién es?

—¡Ah!, se llama Beatriz —dijo con una sonrisa que intentó ocultar—, es de un pueblo algo perdido al sur del país, cerca de una hermosa playa. La conocí en mis años de universidad, en una estancia que hice cerca de su pueblo. Me enamoré de ella y ella de mí, le prometí que en cuanto terminara el grado regresaría por ella para hacer una vida juntos, espero pronto poder ir a buscarla —compartí una mirada apesadumbrada con Lillian, y, aunque el resto de la caravana no tenía idea de qué hablábamos, entre Lillian y yo nació una cierta complicidad que nos ha acompañado las últimas semanas de este extraño viaje.

 

 

Jesús Javier Castellanos González. Originario de Morelia, Michoacán, México. Estudiante de último semestre de ingeniería, escritor desde hace algún tiempo, no muy conocido, loco con corazón noble, a veces demasiado noble. Me encantan las historias, leerlas, verlas, oírlas, vivirlas y sobre todo contarlas. Me conocen (las 3 o 4 personas que me leen) como «En un desierto», pero suelo firmar como Xavier Castellanos. Este cuento es una continuación a “El final de la magia”, publicado en esta revista digital. 

https://enundesierto.tumblr.com/

 

 

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