De amores siniestros

 

por  Carlos Enrique Saldivar

 

Un goce más allá

 No he tenido una gran vida romántica, sólo dos enamoradas con las cuales no duré mucho tiempo. Mi temperamento siempre fue difícil. Algunas veces celoso, otras huidizo. No me preocupaba demasiado mi mala situación sentimental; mejor dicho: la ausencia de esta. Yo era joven; veinticuatro años, una vida por delante. ¿Cómo me iba a imaginar que algo malo me pasaría? Primero fueron tenues dolores en el cuerpo, ciertos malestares orgánicos. Mis familiares me lo dijeron, yo estaba condenado, una enfermedad me destruía con rapidez, aunque no me provocaba dolor. Era un hecho que moriría de un momento a otro. Mi mal era del corazón; qué ironía conmigo que nunca, en mi existencia, logré conocer el amor.

Un infarto me fulminó cuando estaba yéndome a dormir. Aún no había apagado las luces y las sombras me cubrieron; vi una suerte de retazos oscuros que se dibujaban a mis lados y enfrente de mí. Los fragmentos de penumbra se encontraban en todas partes. No sentí miedo, me dejé llevar; intenté aguzar la vista y miré a la entidad que acarreaba suavemente mi cuerpo. Atisbé su rostro: era bella, pálida, sus cabellos eran de un negro intenso. Sus labios, morados. Su boca y su nariz, pequeñas. Sus ojos, caramelo. Ella también me vio y me pareció notar que se ruborizaba. Sentí su gélida mano y la apreté con fuerza. Quise besarla, me lo permitió. Su cuerpo delgado y larguirucho temblaba. Mientras avanzábamos, besuqueé sus orejas grandes, las mordí, bajé hacia su cuello, ella me dejó hacérselo. Nos detuvimos en una especie de limbo donde la oscuridad era quebrantada por misteriosas luces que iluminaban su ser y el mío. La desvestí con ternura, mordí y lamí sus hermosos y grandes senos, los masajeé, así como sus nalgas y caderas. Me recosté boca arriba y ella se sentó sobre mí, nuestras vestiduras hicieron las veces de almohada para apoyar mi cabeza. Se movió rítmicamente, con lentitud, luego aceleró su meneo. Comencé a apretar sus nalgas, las cuales eran anchas, al igual que sus piernas. Eyaculé dentro de ella.

Fueron momentos fabulosos, tuvimos sexo infinidad de veces.

Su vagina se pone tibia cuando la succiono. Ella no suda, sin embargo percibo un ligero enrojecimiento en algunas partes de su cuerpo después de que las beso. Al poco, su piel se torna blanquísima otra vez. Intento hablarle, mas no puedo. Mis ojos lo dicen todo. Los de ella me observan, enternecidos. Cuando me agoto, mi acompañante me ayuda a pararme; me conduce desnuda hacia una especie de puerta, la cual cruzo solo, indefenso, tal como alguna vez vine al mundo.

Ahora me encuentro en la tierra de los muertos junto a otros que son infelices. Pero yo no lo soy. Tengo la certeza de que mi amada vendrá pronto para refocilarse de placer conmigo. Y lo hace, la Muerte se escabulle en este lugar, que no es el suyo, me invita a seguirla a un rincón alejado para hacer el amor, por los siglos de los siglos…

 

Amor insaciable

La Muerte y yo nos enamoramos. Desde entonces me mantengo inmortal en el reino de los vivos, y visito cada tanto el límite con la tierra de los muertos. Ella no me deja ir, y yo no quiero que me aleje. Cada tarde la espero, para que nos unamos en un romance único, más allá de todo entendimiento, pues no fueron sus palabras ni las mías, no fue amor al primer encuentro, fue que nos simpatizamos en el primer instante, que quisimos conocernos para luego adorarnos, porque es lo que debe ser y no puede ser de otra manera. Yo soy La Vida, no tengo género, al igual que ello, somos dos caras de una misma moneda, y desde nuestros respectivos dominios observamos cómo los hombres y mujeres repiten nuestro maravilloso rito afectivo, tanto en su existencia como después de esta. Si hay algo que nunca muere es el amor; ese milagro fue lo que mi amada y yo acordamos cuando tuvimos a nuestros hijos: los seres humanos, y ellos poblaron y siguen poblando nuestros dos mundos, aunque no lo hacen bajo nuestra tutela, la humanidad es libre; si actúan bien o mal, eso algo que ni a mi pareja ni a mí nos compete, nosotros solamente los creamos y nos alimentamos de ellos, yo de sus cuerpos, y dejo sus almas, que luego mi amante conduce al otro lado para devorarlas.

 

Candor de juventud

He perdido los cuatro dedos menos importantes de la mano que menos utilizo.

Ella pudo haberme asesinado con el cuchillo, pero solamente me ha mutilado.

Puede ser que aún me quiera.

 

 

Ardiente y desgarrador final

Donde hubo amor, cenizas quedan, comentó un vecino.

Los bomberos tardaron nueve horas en aplacar el incendio.

Se presume que los dos cuerpos hallados, de una mujer y un varón, perecieron antes de ser calcinados totalmente por las llamas. Los profesionales se tardaron lo suyo, pero dedujeron que la causa de sus muertes era el desangramiento por mutilaciones en diversas zonas de ambos cuerpos. Al parecer, las profundas heridas fueron hechas por mordiscos. Se sugiere que se atacaron el uno al otro mientras tenían sexo. También se sostiene, con sólidas evidencias que la pareja ya estaba muerta cuando se inició el fuego que los calcinó, junto con el resto de su casa. El peculiar deceso generó innumerables preguntas.

¿Por qué habrían hecho eso?, dijeron los vecinos. ¿Por qué se arrancarían pedazos de carne hasta la muerte? Nosotros los conocíamos. Ellos se amaban. Se amaban demasiado.

Empero, la cosa no termina ahí. Hubo un hallazgo aun más raro; de hecho inconcebible: se comprobó que el incendio se produjo desde el interior de los dos cuerpos, los peritos de criminalística no pueden explicar cómo pudo ser eso posible.

Combustión espontánea, mencionó un doctor, ha pasado antes, está documentado; es una pena que le haya ocurrido esa tragedia a un matrimonio que, según dicen, se amaba mucho.

Sí, pues, se amaron demasiado, comentó un periodista.

Un presentador televisivo anunció su próxima emisión: los peligros de amarse bastante, qué tan peligrosa puede ser la calentura sexual, ¿es bueno comer pedazos del ser querido a fin de mostrar cuánto se adoran? Esto y más podrán verlo mañana en el programa nocturno que lo cuenta todo, sin tapujos ni tabúes: «Extrañas intimidades».

 

Conquista

Logré besarla. Total, estaba muerta y ya no podía resistirse a este amor poderoso que siento.

 

Cuando fui a verla

Alicia me preguntó por qué yo había tardado tanto en volver a casa.

Le respondí que salir de un ataúd ubicado diez metros bajo tierra resultó problemático.

Me dijo que no importaba, que confiaba en mí, en que yo vendría, que era feliz ahora.

Y nos besamos.

 

En dónde vives

—Ahora sí, cuéntame, ¿dónde vives?

—En tu cabeza, ya te lo he dicho.

—No es cierto, yo puedo verte.

—Yo también, pero es lo mismo.

—Tú no vives dentro de mi cabeza.

—Claro que sí, ya date prisa, acuchíllalo.

—No puedo… me da miedo, mejor hazlo tú.

—Es igual… yo lo haré.

—Hazlo bien, por favor.

—Primero ¡en la garganta!

—Va a gritar…

—No, está borracho. Ahora ¡en la panza!

—Está haciendo ruido.

—Ahorita se calla, tranquila.

—¿Qué le pasa?

—Se ahoga con su sangre.

—Termínalo, por favor.

—Y ahora, ¡en el corazón!

—¿Acabó?

—Sí. Acabó.

—Casi grita…

—No tuvo tiempo, estaba dormido y ebrio.

—¿Cómo sabías dónde clavarle el cuchillo?

—No lo sabía, improvisé.

—Fue buena idea entrar en su casa de noche.

—Fue mi idea, así lo hallaríamos en su cama.

—Sí, qué bueno que se te ocurrió, eres genial.

—Lo hice por ti, todo lo que hago es por ti.

—Él tenía que pagar por lo que me hizo.

—Por lo que nos hizo.

—Y lo pagó.

—Muy caro.

—Muchas gracias. Te amo, Clara.

—Yo también te amo, Clara.

 

Nupcias de horror

Mayra se enamoró de la Muerte, y se casaron. Ella ha vivido muchísimos años, más de lo normal, y los primeros han sido de dicha. Empero, ahora sufre mucho: es casi un esqueleto viviente con la piel pegada a los huesos, su escaso pellejo está podrido y tiene gusanos. Mayra sabe que su única salida a tanto padecimiento es divorciarse de la Muerte, pero esta se niega a liberarla, puesto que ambos firmaron un acuerdo prenupcial: hasta que la Muerte los separe.

 

 

Sentimiento no reflejado

«¡Brindo por nosotros!», dijo el hombre chocando su copa en el espejo.

Estaba solo, o al menos eso pensaba. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

Del otro lado del cristal, el otro, que era igual a él también habló, pero dijo lo siguiente: «¡Brindo por ti!», y se sintió un poco apenado mientras veía al otro reírse de sí mismo. La tenue tristeza le llegó porque nunca podría decirle a su reflejo que lo amaba y que deseaba tocarlo, besarlo, dormir con él. No obstante, al mirar la alegría de su amado, se puso contento también, e imitó los gestos de su querido reflejo; dejó a un lado su tribulación, al menos hasta que el otro volviese a visitarlo.

 

Tentadora propuesta

«¿Y ahora qué?», le dije.

«Ahora hazme el amor por última vez», respondió su cadáver.

 

Ciclo tenebroso

Anoche, mientras sobre mi cama nos besábamos de rodillas, lo vi también en el espejo. No es raro en lo absoluto, él ha venido cada noche durante el último mes para hacerme el amor.

Es la época más dichosa de mi vida; no sé cómo explicarlo con claridad: sentía que me faltaba una cosa, que necesitaba de algo que le pusiera placer a mi monótona existencia.

El sabroso gusto de tenerlo encima o debajo de mí, de que me hiciera partícipe de sus juegos y de esas posiciones casi imposibles me llenaron de un apaciguador deleite.

No obstante, los goces más intensos no suelen durar para siempre.

Sé que no vendrá hoy, sé que regresó al fantástico universo del cual emergió fascinado por mi insólita belleza. La inquietud me invade, desearía que se aproximara como tantas veces lo hizo, pero debo resignarme de manera definitiva. No retornará.

Ahora, sin esperanza, intento encontrarlo, o al menos ubicar algún trazo de su existencia, mirando aquel espejo enorme en mi alcoba, mas no puedo hallarlo ni mucho menos verme, se entiende por qué: los no muertos no podemos reflejarnos en el cristal pulido.

Tal vez un día yo aprenda a cruzar al otro lado de la misma forma que mi ex amante lo hizo: sin realmente pasar de ese mundo a este. De momento, mi visión se ha decantado a otras dimensiones, y he elegido enfocar mi contemplación en una habitación en particular, ya que la persona que en ésta reside me parece singularmente interesante, atractiva.

Vigilo con curiosidad a esa chiquilla que se acomoda sobre su cama para peinarse, que se prueba vestidos, que sonríe al darse cuenta de lo bonita que es. Que pone canciones de rock progresivo, que baila en lencería. Que lee novelas de romance y a la vez de terror, no de las sosas, sino de aquellas que suelen finalizar con el triunfo del mal o del monstruo. Que pasa mucho tiempo en su cuarto, que sale poco con amistades y novios, y prefiere poner en la televisión por cable series policiales o películas de ciencia ficción, de calidad.

Ella no imagina que estoy aquí, que no sólo su yugular me parece deseable, sino toda su persona, y que cuando la posea, a pesar de la oscuridad que nos rodeará, podrá notarme en el espejo, no reflejada, estaré palpable al otro extremo del cristal, tocándola, acariciándola y haciéndola mía. Es decir, ella no conseguirá verme a su lado, en la habitación, a menos que observe el cristal, y me amará, querrá más y no deseará que de su compañía me aleje.

Ese es el secreto, he de ser paciente, vislumbrarla, al mismo tiempo que contemplo otras recámaras, con todo tipo de personas, hombres, mujeres y niños que no me interesan tanto como ella, pero a los cuales visito, uno por día, ya que los necesito, porque de éstos, de su sangre, me hago con la energía necesaria para poseer, morder y convertir a la que adoro.

Después, cuando esa adorable chiquilla me pertenezca, cuando logre que se rinda ante el cúmulo de fruiciones que le daré, tendré poder suficiente para abrir ventanas a nuevos mundos (como hizo mi amador masculino al comienzo); así podré aumentar nuestra estirpe.

En tanto, ella hará lo mismo desde su grácil nido de tinieblas, pues somos tan parecidas, tan juguetonas, exquisitas. Cierto, estuve hastiada de la rutina, pero tuve un precioso regalo.

Aquella muchacha que luce aburrida también lo tendrá: ya sabe que hoy, al instante de apagar la luz e irse a dormir, me acomodaré junto a su cuerpo, le daré un beso en la nuca, y no se resistirá, se dejará –con total devoción– querer por esta dulce amante de lo fabuloso.

Tú y yo, juntas, solo por esta noche. Luego has de repetir este hermoso ciclo de sombras.

 

El postre prohibido

Sus labios sabían a un trozo de pastel.

Mordí, mastiqué, tragué.

Por eso estoy encerrado.

 

Respuesta contundente

—¿Me amas? ¡Responde, carajo! Es una pregunta bastante simple. ¿Me amas? —le dijo el hombre a la mujer con la que había estado casado durante cinco años y cuatro meses.

—Sí, claro que te amo, con todo mi corazón. ¡Te adoro!

—Entonces, ¿por qué actúas así? Tan distante, tan… fría.

—Por favor, perdóname, aunque has de reconocer que tú también te has comportado de forma poco amable, tu trato hacia mi persona no ha sido muy justo.

—Es verdad, pero yo soy el hombre, ¡y pongo las normas!

—No te alteres, te amo, y cambiaré mi actitud en adelante.

—¿Me lo juras? ¡Júralo por Dios!

—Sí, lo juro. Te amo, nunca lo dudes.

—Confío en ti, mi amor. Ahora bésame.

Ella juntó su boca a la de su marido. A continuación mencionó:

—Wow, me encantan tus besos. Ahora sentémonos a la mesa, la cena se enfría, creo que será mejor calentarla de nuevo…

—Sirve de una vez, me muero de hambre.

—Lo que tú digas, amor mío.

La esposa le sirvió al marido un plato grande con arroz, pollo y ensalada de verduras. Él no sabía que su comida tenía un veneno muy letal, de acción rápida, e indetectable al gusto.

—Te amo, nunca lo dudes —le repitió ella. Y lo besó en la frente.

 

Sobre errores y aciertos

Cuando un hombre se enamora, a menudo se equivoca. Quienes no se enamoran, están equivocados todo el tiempo. Los que nunca se equivocan son los que tienen sexo, sin amar. Sin embargo, quienes devoramos al ser amado somos los más dichosos. Desde luego, esta es una gracia con la que no cuentan muchos. Muy pocos se atreven a devorar la carne de aquel a quien queremos, o que tan sólo nos gusta, mientras aquel o aquella aún vive y chilla de dolor. Lo interesante es que un gran número de personas no harían eso jamás por recato, por no trasgredir las normas establecidas. Qué errados están. No saben de lo que se pierden.

 

 

 

Carlos Enrique Saldivar Rosas (Lima, Perú, 1982). Escritor, editor y corrector de estilo. Director de varias revistas y compilador de varias antologías, dedicadas a la literatura fantástica. Ha publicado cientos de relatos en diversos espacios literarios. Ha quedado finalista en varios concursos de letras y ha sido traducido a otros idiomas. Este es mi página de facebook, para asuntos literarios: https://www.facebook.com/carlosenrique.saldivarrosas

 

 

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