El infierno, el paraíso

 

por Daniel Veron

 

Silencio y oscuridad. Una larga espera. Blanquecinos fantasmas del pasado flotaban en la celda. Las horas se deslizaban por las playas de la Galaxia en un lento ensueño. No, no estaba impaciente. De todas formas, fuera cual fuese su destino, este ya nunca más podía depararle una satisfacción. La ley, implacable ley de Aynea lo había encontrado culpable del delito de destruir intencionadamente a un sirviente mecánico.

Despreció a todos, a todos los que habían intervenido en aquel absurdo y maldito juicio. Pero era cierto. La justicia había preferido condenar a un ser humano a la pena de muerte por provocar un cortocircuito en una máquina. Nunca había ocurrido nada parecido durante siglos y el robot juez creyó conveniente aplicar un severo castigo para evitar acciones similares y proteger así a las máquinas.

Contuvo su desesperación, al mismo tiempo no dejó de sentir cierta lástima por aquellos engreídos individuos que se enorgullecían de vivir en una sociedad perfecta. No. Alguna vez lo había sido, pero ahora no, y menos cuando se había caído en semejante error. Así lo había gritado él durante su defensa, pero todo fue inútil, y ahora, en pocos minutos más, llegarían ellos, los guardias, y se lo llevarían de allí, rumbo a su destino.

En realidad, demoraron menos de lo que creyó. Entraron con violencia en la celda, iluminándose con unos objetos semejantes a linternas y, sin razón alguna, comenzaron a golpearlo para que se moviera. La luz le daba en los ojos que acostumbrados a la oscuridad lo enceguecía. Tropezó y cayó pero se reincorporó mientras era objeto de un duro castigo. Al encontrarse en el exterior de la prisión, Guncher vio que, unos metros más allá, lo esperaba una nave autónoma para exiliados. Una multitud de gente se agolpaba en doble fila para insultarlo y arrojarle pesados objetos. A punto de desmayarse, Guncher comprendió que así se trataba en Aynea a los que no encajaban en aquella pieza de relojería que era su inhumana sociedad.

Los guardias lo condujeron a la nave. Esta era de forma circular, con una serie de ventanillas a lo largo de toda su circunferencia. La estructura estaba apoyada sobre tres firmes patas.

Luego de recibir una dura golpiza por parte del público, que se veía indignado, ascendieron por una escalerilla y allí se detuvieron unos instantes para abrir la escotilla de la nave. Guncher alzó la vista y miró la ciudad. A lo lejos, se recortaban contra el cielo gris de la noche de Aynea una serie de monumentales edificios cuyas cúspides no era posible distinguir ya que las mismas se perdían en las nebulosidades de la atmósfera. El horizonte de edificios se extendía en todas direcciones. Sí, aquel era el signo distintivo de su mundo. Toda maquinaria, todas construcciones colosales, calles de metal, que habían ocultado para siempre todo lo natural; hacía un siglo que nadie veía una flor o un arroyo.

En la biblioteca lo había sabido. Durante meses de lectura comprendió que las cosas, por algún motivo, ya no marchaban como se había planeado en un comienzo, pero sólo él lo advirtió, ya que la biblioteca permanecía en un casi completo abandono desde mucho tiempo atrás. Por la sencilla razón de que ya nadie leía.

Ensimismado con estas ideas, apenas advirtió que la escotilla se había cerrado tras él dejándolo solo en la nave, para siempre. Muy pronto comenzaría el largo viaje estelar. De pronto, una brutal voz surgió de un aparato de radio situado a su espalda.

—¡Atención prisionero estatal Nº 208.411! ¡Se le comunica que en un minuto su nave-prisión habrá de comenzar su vuelo con destino a la Zona de Deportación N! ¡A su llegada, calculada en 1.327 años-luz, será libre de abandonar la nave y radicarse allí, pero se le recuerda que sus habitantes, guerreros por naturaleza, no toleran la presencia de extraños!

La voz calló y Guncher intentó recordar lo que había leído de la Zona de Deportación. Fue lo peor que pudo hacer. Al instante se sintió desfallecer al imaginar las características del planeta central de la zona: noches perpetuas, fieras aullantes en los bosques, hombres despiadados en estado semisalvaje, hogar de los seres de las tinieblas cuyas carcajadas resonaban en los pestilentes pantanos… Sí, era el Infierno, aquél del que hablaban las antiguas leyendas de los mundos primitivos.

Pero no puedo pensar mucho más, lentamente la resaca del sueño lo fue cubriendo… cubriendo. Una insignificante figura embutida en una cápsula criogénica atravesó en un pensamiento las inmensas soledades, junto a las cuales velaban las estrellas…

 

Ella lo esperaba aquella tarde, junto al arroyo que llevaba el agua fresca a la tribu. Había visto al amanecer la señal y sabía que el dios Sol le enviaba a su nuevo instructor. Y este llegaría a través del sendero de la vida, que cubría el verde valle a la hora en que las aves de la floresta reanudaban su griterío desde las capas de los árboles en busca de nueva comida.

Primero fue una vaga figura perdida a lo lejos, bañada por la luz del Sol, más luego apuró el paso siguiendo la dirección del arroyo.

Guncher creía estar soñando aún en su lecho helado. Sol, árboles, pájaros, vida… ¿Dónde estaba? ¿Realmente había llegado a su destino? ¿Era posible que aquello fuese real? Se arrodilló y hundió la punta de los dedos en el fresco pasto, y, aproximándose al arroyo sumergió su mano para recoger un poco de agua. Con lentitud, como temiendo romper un hechizo, dejó que el cristalino líquido resbalara sobre sus labios y le acariciara la garganta. Sintió deseos de llorar.¡Sí, de llorar! Algo, no sabía qué, lo había rescatado de su mortal destino. Sí, era cierto. ¡Se había salvado! Pero, ¿quién era aquella persona que se acercaba a él con pasos pequeños a través de la vegetación?

Se incorporó. Era una joven mujer y muy hermosa; estaba ataviada con alguna clase de piel de animal. De pronto, bajo la luz del Sol, ella se postró ante él y exclamó:

—¡Oh, gran señor, mi corazón y el de toda la tribu se regocijan de que hayas llegado! He sido enviada por mi pueblo, que es también el tuyo, para obedecerte en todo lo que ordenes.

Guncher quedóse con la boca abierta por el asombro.

—Tú… Tú hablas como yo —balbuceó.

Como ella quedase en igual posición, el viajero le dijo:

—¡Oh, por favor! Levántate. No tienes por qué dirigirte a mí en esa forma.

Ella se levantó de inmediato y le sonrió.

—Te ha enviado el dios-Sol y nosotros vivimos para ti. Has llegado muy a tiempo. Nuestro brujo está por ingresar a la oscuridad Eterna.

—¿El también fue enviado por el dios-Sol?

—Por supuesto.

Algo en la mente de Guncher forcejeaba contra un telón de ideas.

—¿Cuál… cuál es tu nombre?

—Soy Ada-Marni, la hija mayor del brujo.

—Por favor, Ada-Marni, llévame ante él —pidió

—Por supuesto. Sígueme.

Avanzaron abriéndose paso entre el espeso follaje, al tiempo que los envolvía un suave aroma de pinos. Guncher observaba todo con los ojos muy abiertos respirando profundamente para dejar que el delicioso perfume lo envolviera.

Pronto llegaron a un pequeño poblado. Una serie de casitas hechas con troncos y ramas aparecían esparcidas en un claro bosque, y todos sus pobladores, hombres, mujeres y niños de aspecto saludable y expresión confiada, se inclinaron a su paso; al igual que Ada-Marni vestían pieles de animales.

Junto a la entrada de una choza algo mayor que las otras, el viajero vio a un hombre de avanzada edad que reposaba, con los ojos semicerrados, sobre una improvisada litera.

—Tú también eres un extraño —murmuró—. Vienes de allí, ¿verdad?

—Es posible?… ¿Es posible? —Guncher se pasó una mano sobre el rostro, mareado. ¿Aquel hombre realmente era de su mundo?

—Eres del Infierno —continuó el viejo— lo veo en tu mirada.

—Sí… pero, no entiendo. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo estamos aquí?

El anciano suspiró, entrecerrando los ojos.

—Las máquinas… Las máquinas no son los dioses que debemos venerar… Ellas actúan bien o mal, pero no por sí mismas… sino por los dioses que las dirigen… Mil años de viaje es mucho tiempo, suficiente para transformar un planeta… La máquina… es decir, tu nave te trajo tal como fue programada, mas sus orgullosos constructores de Allí, olvidaron que ellos tampoco podían modificar el tiempo… Olvidaron que sólo eran instrumentos de un poder mayor… la fuerza que rige el Universo. Y yo los desprecio porque ignoraron eso, pero aquí… aquí ellos, mis amigos, saben que son las máquinas de la creación, contra la que no se pueden rebelar.

—De modo… que este planeta es la Zona de Deportación —balbuceó Guncher atónito, mirando a su alrededor.

—Así es, amigo. Este es el Paraíso del que hablaban las antiquísimas leyendas que leí alguna vez en la biblioteca de Allí, igual que tú. Es el Paraíso, donde todo está establecido armoniosamente—. El viejo vaciló, cansado por el esfuerzo y murmuró — Ya soy muy viejo y pronto moriré.

Guncher le tomó el pulso y comprobó que, en efecto, la vida se escapaba de aquel otro viajero, que alguna vez había llegado al planeta siglos atrás.

—Pero antes de que me vaya, quisiera que tú, amigo, continúes haciendo aquí lo que yo hice. Vivirás mucho más que yo y harás florecer los campos que cubren este hermoso mundo. Mi hija será tu esposa y te dará hijos sanos y fuertes que, tal vez, lleguen a ser inmortales…

El viejo abrió por última vez los ojos y tomó una mano de Ada-Marni que, arrodillada a su lado, lo miraba con serenidad.

—Ahora debo irme. La Oscuridad me llama pero ya la he vencido. Ahora sé que en ustedes permaneceré.

Guncher quiso decir algo pero tan sólo atinó a apoyar su mano sobre la del anciano, rozando los largos dedos de Ada-Marni.

Suavemente, sin prisa, el viejo paseó su dulce mirada sobre el poblado y, tranquilo, murió.

Las aves de la floresta lanzaron su más hermoso trino.

 

 

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