Mi mundo es azul

 

por Tomás Pacheco Estrada

 

Así que estoy aquí en un lugar de paz, el mar mueve mi rizada cabellera pues soy un ser marino que nada entre corales y siento como el mundo es azul, los peces forman una barrera que me protege de los que quieren hacerme daño, las burbujas son perlas de un collar imposible de realizar. De pronto salgo a la superficie y la veo caminando en la playa. Yo en medio del océano y ella sola jugando con unas conchas. Es una diosa muy hermosa, sus cabellos son de oro, sus ojos son azules como el mar donde vivo, la piel es de plata; corre alegre por la arena con timidez metiendo sus delicados pies al agua; en eso me ve y siento miedo, pero a la vez algo, allá afuera de mi mundo azul existen seres bellos, no todos son ondinas, nereidas y mermaidas pero el miedo me hizo huir y refugiarme en las profundidades del mar, mis agallas absorben el oxigeno del agua. Salgo otra vez, ella se fue, la busco y nada, no está. Mi corazón se siente alegre por haberla visto y a la vez nostálgico por ya no verla de nuevo, lanzo unos suspiros al aire, estoy enamorado y una fragancia exquisita llega a mi nariz, es el olor de su piel, es un aroma dulce, es el perfume de la mañana, de cuando el sol sale e ilumina el paisaje, sí, así es el olor de ella.

Quiero conocerla, es diferente a mí, es una mujer y yo soy un tritón, ella es aire y yo mar, ella es viento y yo agua, nuestros mundos son muy diferentes. Me preguntó como se llamará, con qué nombre fue bautizada.

La noche cubre con su manto negro lleno de diamantes, esas piedras preciosas de la región de Urania, le quisiera dar pero es imposible, imposible de alcanzar. Así como el amor mío hacia ella es imposible, ella jamás podrá vivir en el océano; agua no puede respirar y yo en cambio necesito del mar para vivir, salir de aquí sería mi muerte segura.

Varios días vigilé la playa y ella no aparecía, una mañana la vi y me descubrió nuestras miradas se cruzaron, la rubia de ojos de mar olió una rosa, una divina flor roja y enseguida se arrodilló para arrojarla al mar, las olas la empujan hasta llegar a mí, la recojo con cuidado con mis manos, la llevo a mi nariz, huelo su fragancia dulce como la miel de abeja. Me siento mal, el aroma es un veneno para mí, la muerte corre por mis venas. ¡No! Mi amor no tuvo la culpa, es inocente, ignoraba que la fragancia de la flor me mataría; nado hacía la costa, ella luce angustiada. Recuesto mi cuerpo en la arena, mi amada me espera, sus ojos son el mar, son el mar que dos gotas de océano escurren por su mejilla cayendo en mi rostro; muero, me muero, mi ángel se inclina y me concede un beso, ah, sí el precio de una caricia de amor fuera la muerte. Oh parca soy todo tuyo, cierro mis ojos, ella está conmigo; fallezco en sus brazos, ya no soy un tritón, salgo de mi cuerpo, soy un espíritu. La veo abrazando mi cuerpo sin vida, me elevo hacía el cielo. Sí, mi amor iré allá, anochece y sigo subiendo. Sí, mi amor, te traeré un diamante de Urania, voy por uno y te lo traeré; la noche llega y los brillantes son hermosos, desprendo uno y desciendo hacía ella, una luz llevo en mi mano, al llegar ante mi amor, mi rubia se asombra, le entrego el regalo, ella pide que lo regrese y los dos tomados de las manos subimos a dejarlo, ella sonríe, desde ahora estaremos juntos. El amor es inmortal, imperecedero.

 

 

Tomás Pacheco Estrada de Córdoba, Veracruz México.Escritor y cineasta. Intereses: escribo en Revista Minatura, en revista Marabunta los temas de ciencia ficción, terror y fantasía, ver películas de ciencia ficción, terror y fantasía y soñar con hacer muchas de ellas. Participe en el concurso de corto de terror de Anabelle.

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