Uno mismo

 

por Jazmín Pérez

 

Nos besamos y sentí que el mundo era otro. ¿Es esto lo que llaman la conexión de dos personas destinadas a estar juntas? ¿Él es acaso el que está al otro extremo de mi hilo rojo?

—Tú y yo somos uno mismo —dijo.

—Uo oh.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Una canción, ¿no la conoces?

—No.

—Creí que sí porque dijiste: “Tú y yo somos uno mismo”.

Sonrío un poco y me explicó algo que no pude comprender, estaba perdida en su sonrisa. “Esa canción que me dices la desconozco, seguramente porque en mi mundo no existe.”. Desperté de aquel embelesamiento, lo miré de forma extraña, me besó para calmar mi perplejidad y el mundo pareció diferente de nuevo.

—Tú y yo somos la misma persona en mundos diferentes.

—¿Qué? No intentes jugar conmigo, ésta es la peor broma que me has hecho —contesté molesta.

—Te lo aseguro.

Mostró una identificación, parecía una licencia de manejo. Sus apellidos coincidían con los míos, incluso su tipo de sangre y fecha de nacimiento. Sin embargo la ciudad y el estado que ahí estaban escritos, a pesar de pertenecer a México, no me resultaban familiares. Parecía un documento muy bien hecho como para que se tratara de una broma, así que le creí. El hombre del que me había enamorado provenía de un universo paralelo. Me explicó que en su universo los viajes a través de dimensiones están permitidos, tienen un precio accesible para todos en su país, no obstante, como no se conocen del todo los pros y los contra, el gobierno no se hace responsable de lo que pueda pasar, “es por eso que su precio es tan barato, porque nos usan como conejillos de indias”.

No pude evitar preguntarle si de igual manera los viajes en el tiempo están permitidos en su mundo. Mi curiosidad tomó la iniciativa antes de que lo notara. “Hablas demasiado”, musitó mientras tocaba mi boca con su dedo índice deteniendo mi sed por saber más.

—Tu curiosidad es tan grande como la mía, es por eso que decidí emprender esta aventura y porque…

—Estabas cansado de una vida tan aburrida y solitaria, ¿no? Terminé su oración.

— Intuyo que los dos pasamos por lo mismo.

Asentí y lo abracé, acaricié su mejilla, lo consolé diciendo que nunca más volvería a estar solo, lo besé, sus labios temblaban. Con un nudo en la garganta habló de su historia: se sentía solo al igual que yo, pero a diferencia de mí él tuvo la oportunidad de viajar a un mundo paralelo. Pensó que quizás podía encontrar algún amigo o a su otro yo. Al arribar a su destino, olvidó todo de sí mismo, desde su nombre, su edad y el propósito de su llegada. Consiguió un trabajo temporal, con datos falsos para poder sobrevivir desde el primer día, y así fueron pasando las semanas. “Al cabo de un mes, mientras me disponía a almorzar en un local cercano de mi alquiler, entre los comensales hubo alguien quien llamó mi atención, fuiste tú. Para mi fortuna al día siguiente pude compartir la mesa contigo debido a que había lleno total.”.

“Cuando me acerqué a ti, me di cuenta que eres un persona solitaria y reservada como yo, asimismo, teníamos otras cosas en común, como la forma en que pedíamos la comida o cómo vestíamos, incluso nuestros gestos.”.

—Y yo que creí que lo hacías sólo para molestarme —respondí.

—No.

—Un par de veces comiendo juntos bastaron para enamorarme de ti.

Inmediatamente tomó mis manos, vi en sus ojos el brillo que siempre me atrajo tanto. Su mirada escondía una galaxia por su cuenta. Siguió contándome que cuando nos conocimos sintió en nuestra amistad cierta familiaridad, misma que nos atrajo y nos hizo depender el uno del otro para no estar solos, a tal grado de ser indispensables recíprocamente. Pero justo ayer encontré mis documentos y recordé quién era, por lo que dudé en confesarme hoy, debido a lo que pudiera pa…

—Cuando me confesaste tus sentimientos, me sentí feliz, no pude evitar besarte, porque sentí que debía hacerlo, porque yo también me enamoré de ti. —Interrumpí—. Me alegra haberte conocido, me has salvado. —Apenas pude pronunciar, froté mis ojos para no llorar.

—Eso debería decirlo yo, tú también me has salv…

—Shhh, hablas demasiado. —Lo detuve, mi dedo rozó su boca.

—Antes, hay algo que necesitas saber. —Mencionó entre dientes. Quité mi mano para que hablara con claridad, pero los dos sabíamos que no queríamos escuchar esas palabras.

Besé su frente, sonreí, le dije con la mirada que estaba lista para dar el siguiente paso. Ambos lo sabíamos, no quisimos huir de lo que sentíamos, ni mucho menos de lo que nos esperaba. Él me besó, y por cuarta vez el mundo me pareció distinto, como si nos hubiésemos trasladado a un espacio en donde únicamente podíamos estar los dos. Ambos demostramos incansablemente cuánto nos amábamos: somos uno mismo y nos convertimos en uno mismo, volvimos a formar parte del cosmos, nos transformamos en nada, en partículas. Volvimos a formar parte del todo, un cosmos inconmensurable, donde nunca más volveríamos a estar solos.

 

 

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