Cristi

 

por Vane Aguilar

 

Sí, suena espantoso y en verdad lo es. Por eso les contaré cómo —desde hace cuatro años— un suceso inesperado, ha cambiado mi vida…

—Cristi, despierta o se hará tarde —era la típica frase que mamá usaba cada mañana.

Su voz era suave y amable. Nada que ver con la voz de mi padre que dejaba claro lo que sí y lo que no te estaba permitido. Cuando a papá se le metía una idea en la cabeza, no había forma de esquivarla.

Puede que sólo hayan sido palabras utilizadas por cualquier padre y tal vez no me parecerían un fastidio si aquel día no les hubiera contado mi secreto. Bueno, no se los conté como tal, más bien se enteraron sin querer.

Vivíamos en las afueras de Múnich, un pequeño estado alemán. Era domingo  —corría el año 1986—, día de descanso obligatorio a nivel nacional, lo recuerdo a la perfección. En el comedor papá leía el periódico mientras mamá se alistaba para servir el almuerzo. Yo, con apenas ocho años de edad y cosa natural en cualquier niño, jugaba con los cubiertos —a modo de distracción— hasta que en voz de gritó mi padre me ordenó guardar silencio.

—No es momento para juegos —exclamó al tiempo que manoteó en la mesa.

A veces creo que de haber nacido hombre, mi padre habría sido feliz. Pero, ¿quién puede decidirlo? Uno no elige donde nacer. ¿O sí?

Más tarde, con las manos cruzadas bajo la mesa y en silencio para no molestar a papá, levanté la cuchara y el metal comenzó a doblarse. Tan fácil como una hoja de papel. La luz del sol se reflejaba en éste haciéndolo lucir espectacular. Simulaba una mujer ondeando su gran vestido en pleno salón de baile. Pronto el cuchillo hizo acto de aparición, e  inclinándose cual caballero frente a una dama para pedir su consentimiento, iniciaron una danza flotante que duró varios minutos. La misma escena que revoloteaba en mi mente después de ver —por cuarta ocasión pues era la película favorita de mamá— “Sense and Sesibility”. Ambos metales simulaban a Marianne y a Willoughby. El típico caso de amor imposible. El resto de los cubiertos hicieron acto de aparición para acompañar a la pareja principal.

¿Por qué esa escena se ganó un espacio en mi mente? Porqué me resulta indignante. El amor no tiene que mendigarse. Mucho menos se le puede poner precio.

Por supuesto no era la primera vez que movía los objetos sin tener que tocarlos, pero sí era la primera ocasión en que lo hacía frente a mis padres.

—¿Cristi? —balbuceó mamá.

El sonido de su voz provocó que mi atención se desviara, así que los cubiertos cayeron en la mesa haciendo un gran escándalo que me obligó a fijar los ojos en papá.

No supe cómo descifrar la expresión en su rostro. Parecía aturdido, quizás atemorizado o puede que hasta extasiado.

Cerré los ojos en espera del grito que acompañaba al regaño, pero nunca llegó. Si hubiera sabido lo que pasaría después, habría preferido el castigo rutinario.
<<¡A tu habitación, sin cena!>>, el recurso favorito de papá. Nada comparado con mi situación actual.

Por casi cinco minutos, mi padre me observó a detalle. Sus ojos color aceituna se mantuvieron fijos en mí. Mi madre —paralizada de pies a cabeza— corrió a esconderse detrás de éste en cuanto salió del estado de shock. Su reacción me hizo sentir un bicho extraño.

Sin decir media palabra, papá se puso de pie y desapareció a través del largo pasillo que conectaba las habitaciones. Un silencio tenebroso inundó nuestro hogar. Mamá continuaba temblando.

Cuando volvió, llevaba en las manos la canasta donde mamá guardaba el estambre para tejer.

—Ponlos en el aire y haz que giren como los planetas —ordenó papá mientras ponía frente a mí, la canasta.

Tuve que cerrar los ojos para invocar la imagen que colgaba a un lado del escritorio del profesor Logan. Él mismo me había contado que se trataba de una de las primeras imágenes del sistema solar.

Aún con los ojos cerrados, las bolas de estambre se fueron levantando, una por una. La más grande simuló al Sol, las demás flotaban al tiempo que giraban alrededor de esta.
Aquel fue un día pesado pues tuve que formar figuras, armar con pequeños bloques  edificios, puentes y hasta un perro, para que mi padre se convenciera de mis “habilidades metales”. Para mí normales, pero no para él.

—Haremos una fortuna —grito con la mirada desorbitada.

En cuestión de días mi hogar se convirtió en una especie de circo donde yo era la estrella principal.

Muchos salían maravillados —por supuesto después de pagar un boleto de entrada—, mientras otros huían aterrados al ver como sobre sus cabezas pasaban todo tipo de objetos.
<<Es un fenómeno>>, gritaban algunos antes  de salir. <<No, es un demonio>>, aseguraban otros.

En unas semanas, mis “habilidades” llegaron a oídos de toda Alemania; y un día, hace cuatro años, un grupo de hombres armados ,que parecían proteger a otro grupo menor de personas vestidas con batas blancas, llegaron a casa con una misión especial: llevarme con ellos a la estación espacial número 2.

<<Debemos estudiarlo. El poder extraordinario que posee la mente de esta niña no puede caer en manos equivocadas>>, dijo una mujer cuyas gafas de media luna apenas se sujetaban a su nariz.

Presa del miedo que poco a poco se convirtió en enojo, lancé a tres de los diez sujetos por los aires hasta estamparlos en la ventana cuyo cristal se hizo añicos. Habría logrado hacer más si aquella jeringa llena de somníferos no se hubiera incrustado en mi hombro.

Desde entonces estoy aquí. Encerrada en una habitación pintada toda en blanco cuya puerta está simulada por varias hileras de barrotes metálicos.

No soy la única que está en este lugar. El edificio es tan grande que he contado al menos 30 habitaciones más cada vez que me sacan para hacer estudios.  Y en cada una, un niño o adolescente en su interior. Todos, sin excepción, poseedores de una habilidad extraordinaria.

Mucho tiempo he planeado un escape, pero no resulta sencillo cuando las 24 horas del día estás vigilada. Mucho menos si cada vez que tocas esos barrotes, un descarga de cien volts te arroja contra las paredes.

Me quedo mirando los barrotes, ideo una forma de traspasarlos sin tener que tocarlos y un minuto después noto un diminuto punto rojo que al acercarme se hace más grande. Pronto el barrote comienza a derretirse.

Una sonrisa inesperada se instala en mis labios al descubrir que no sólo puedo hacer levitar objetos o incluso personas, también puedo derretir metales… con la fuerza de mi mirada.

 

 

 

Erika Vanessa Arroyo Aguilar

Gusto por la escritura y lo fantástico. Soñadora de siempre.

Blog: 

http://escribiendoconvane13.blogspot.mx/?m=1

 

 

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