Helena

 

por Isabel Santos

 

Ayer, otra vez sentí lo mismo que cuando tenía ocho años y vivía en España.

Estaba pensando en ella, recordándola, buscándola. Presenciando la misma intensa ceremonia que parecía volver a comenzar: algo se extendía como un círculo, rodeaba mi cuerpo y lo hacía sentir. Como si alguien creara una forma con el pensamiento, un modelo único, un ser que se identifica sólo con uno, que logra desligarse de todo y al mismo tiempo está conectado a todo.

Volvieron mis ocho años. Recordé aquella magia, recordé a Helena:

Las mujeres confeccionaban puntilla alrededor de la mesa en la casa de Ernesta. Mientras, nosotras, las nenas, charlábamos bajito para no molestar.

—Te busca —dijo mi amiga Teresa—. Mi mamá dice que Helena te busca.

—¿Quién es Helena? —Pregunté yo sin darle la importancia—. ¿Para qué me busca?

—Para saber quién sos.

—¿Por qué ella no lo sabría?

—Porque ella no vive acá —dijo Teresa—. Nadie sabe quién es Helena. Aunque todos sabemos que es viejita, nadie la conoce.

—¿Qué?

—Nada. Si te la encontrás, corré, ¿entendiste?

—No la mires a los ojos —seguía Teresa—. Hacía mucho que no aparecía, y ahora viene a mirar qué hacemos. Y siempre se la ve cuando estás vos.

Una de esas noches, Silvita se animó a preguntar por mí y por Helena.

Su madre dio paso a la pregunta, como si fuera un problema importante. Y Ernesta tomó la palabra:

—No sabemos qué piensa Helena. —Me miró fijo—. Esta niña es americana, Helena no se interesaría en ella.

Después aclaró que nunca había habido un caso así.

—Nunca hubo extraños en el pueblo.

Me di cuenta de que algo andaba mal porque las mujeres me miraron como con miedo. Pensé que tenía que aterrorizarme yo también. Y pensé en voz alta.

—Pero, ¿qué puede querer Helena conmigo?

Ernesta recuperó el control de la charla sin responder mi pregunta. Contó otra vez la historia del encuentro con su vecino muerto.

Como era de esperar, vino el relato de la llama que lo cubrió y lo transformó en aire azul y estrellas brillantes. Había detalles nuevos que, por supuesto, llenaban más horas de suposiciones, interpretaciones y sentidos que sólo ellas podían dar. Esas historias las acompañaban mientras tejían.

Pero mi tiempo llegó. Llegó con el día en que conocí a Helena.

Teresa y yo íbamos a la fuente siempre a las tres de la tarde. Llevábamos un balde para juntar agua para el perro de mi tío.

Era triste verlo siempre atado, y escuchar las conversaciones que hablaban mal de él: una promesa incumplida, un pura sangre demasiado salvaje. No servía ni para proteger ni para acompañar. Todos los problemas iban a dar al pobre Pastor. Tenía el don de ladrar en el momento justo, como buscando que todos compararan sus problemas con lo inútil que resultaba él.

Sufría pensando que quizás llegara el día para Pastor. Las amenazas eran constantes.

—Un can tiene un porqué en una casa. No come por comer. Hay trabajo para todos. Pastor no hace lo que tiene que hacer.

—¡Papá —decía mi primo Luisiño—, él es bueno!

—Un perro es un perro. ¿Cómo sabes que es bueno? ¿Hablas con él? Un perro que no aprende a ser perro, no sirve.

—¿Qué tiene que aprender? —preguntaba yo, como queriendo resolver el problema de Pastor.

—Le enseñamos a cuidar las gallinas y las mató para comérselas —dijo mi tío—. Le enseñamos a ir con los cerdos al monte, y los perdió por el camino. Pastor es bravo, no quiere servir, entonces no vale nada. Si no se amansa este invierno, en la primavera se lo mata.

—No, papá —dijo mi primo—, Pastor no es bravo. Yo lo acaricio y no me hace daño.

—¿Cómo? —Preguntó el tío con furia—. ¿Te acercas al perro? ¿Qué te he dicho? El perro se deja solo. Nadie se acerca al perro —.Me miró enojado.

Bajé la cabeza pensando en las veces que le llevaba el agua. Tenía que buscar la manera de ayudarlo poniendo más cuidado en los detalles.

Y uno de esos días, sentí que no iba sola, aunque no era Teresa la que me acompañaba.

Del pozo de agua, que venía de una vertiente desconocida, brotaban burbujas cristalinas. Se escuchaban desde lejos por el eco de las paredes de piedra.

Había espacio para caminar rodeando el pozo. Pero para entrar, había que saltar sobre escalones construidos en las rocas salientes, sincronizados para pasos de gigantes. Demasiado desafío para las piernas de los niños. Desde arriba yo ya veía las piedras. Todas alineadas, me invitaban a dar los saltos.

Mirando el hueco y dudando de entrar sola, no la escuché.

Me rozó la mano, y grité.

Para tranquilizarme un poco, pensaba que no era cierto. Ahí mismo, todo se hizo verde, todo, el cielo: la tierra, el aire, todo.

Las dos nos presentamos, no sé cómo ni por qué, pero lo sé.

Helena supo quién era yo y yo supe quién era ella.

Fue un segundo, como si existiera una conexión con el momento cero de uno mismo. Supe que Helena era parte de esa trama, necesaria, protagonista, igual que yo.

Salí de ese estado mágico por el agua: caía sobre mi cabeza a mares.

Me di cuenta de que estaba casi congelada. Y cuando volví a sentir el mundo, el que había afuera de esa fuente, me vi sola.

Helena se había ido.

Y al recordar su caricia en mi mano, sentí que ese había sido el primer momento realmente vivo de mi vida.

Y con esa contundencia llegué a la casa de mi tío.

Lo primero que hice fue liberar a Pastor.

Él nació de nuevo, igual que yo, y salió corriendo directo al monte.

Entré en la casa. Y como estaba todavía mojada fui a mi habitación a cambiarme de ropa. Pasé por alto los reclamos por la falta de saludo y las explicaciones sobre la demora y la mojadura hasta que escuché el grito de mi tío:

—¡Falta el perro!

Me tomé el tiempo para armar la escena y hacerme la sorprendida. Bajé despacio las escaleras, intenté pasar a la cocina. Mi tío me cortó el paso acusándome directamente.

—¡Tú has sido!

—¿Yo qué? —pregunté desafiante.

—Has hecho daño, niña. Un perro bravo se controla si está preso. Suelto es como un lobo: hay que matarlo.

—Ahora va a ser más difícil, ¿no?

Mi tío me miró con odio. Como si yo también fuera un lobo al que quería matar.

Me sentí con la vitalidad de Pastor: suelta, liberada a mis instintos, sabiendo como “el perro” cuál era mi destino. Guardé ese momento como propio, único, mío.

A los ocho años, Helena me dio el apoyo y el sostén para empezar a crecer siendo yo misma. Ahora, era evidente que había estado buscándola: necesitaba mirarme en el espejo y reconocerme.

Pero esa imagen en lugar de proyectarme hacia el mundo, me llevó hacia lo más profundo de mí.

Si hay riquezas, tendré alimento suficiente. Si no, tendré que buscar más adentro. Allí es donde está Helena, siempre dispuesta a mostrarme lo mejor que tengo.

 

 

 

 

Mi nombre es Isabel Santos. Soy argentina y vivo en Buenos Aires. Estudio la carrera de Artes en la UBA. Escribo cuentos cortos de fantasía y ciencia ficción. Concurro al taller de corrección de Claudia Cortalezzi y al taller de literatura creativa de Teresa Mira de Echeverría. Tengo varios cuentos publicados en distintas revistas: Ficción Científica, Axxón, miNatura y Sinestesia. 

Mi página web: https://www.facebook.com/IsabelSantosCuentos/?ref=settings

 

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