De estrategias y tácticas

 

por Carlos Enrique Saldivar y Sergio Gaut Vel Hartman

 

Estrategias y tácticas

Alberic de Gontar divisa, a lo lejos, las brillantes cúpulas de la ciudad, las torres almenadas y los techos cubiertos de enredaderas. Las casas están decoradas con oro y brillantes, y los carruajes de plata recorren las calles entre suntuosos edificios de mármol rosado y templos que parecen desafiar a la bóveda celeste. De pronto, como si regresara de una tierra de ensueño, el caballero despierta a una realidad de odios y asperezas. ¿Y si todo eso es sólo un ardid del mago Shantún, que ha fabricado este espejismo para atraparme? Enseguida deja de lado tal duda y se abandona a la dicha de saberse habitante de aquel mundo perfecto; olvida las batallas de antaño, donde cortaba cabezas y cedía paso a su bravura. Detecta la diabólica risa de Shantún nacer desde un rincón. Alberic sonríe para sus adentros, agradece al hechicero haber utilizado tan maravillosa técnica para derrotarlo

 

Imitador

Gulliver Guzmán reinició su monótono andar de un extremo a otro de la celda, y cuando se detuvo estaba seguro de haber trazado un nuevo surco en el piso. Examinó las paredes una vez más, tal como había hecho en los cuatro mil ochocientos doce días que llevaba en ese lugar y una vez más, como en cada una de esas fechas, recuperó la confianza.

Hoy es el día. Hoy me fugaré de prisión, reflexionó.

Había nacido con la habilidad, pero recién había logrado perfeccionarla. Había entrenado en soledad; podía imitar las ropas y aspectos de otros. Fingió un ataque, uno de los guardias lo vio y penetró en su aposento. Gulliver lo golpeó e igualó su apariencia. Salió de la cárcel con facilidad. Ya en la calle, lo balearon. Una venganza. No contra él, sino contra el guardia a quien había imitado. Un carcelero corrupto que merecía morir.

 

El cruce del Ganges

—Estoy muy enferma —dijo Kita—. Mentalmente enferma. Tengo lo que los terapeutas llaman «trastorno bipolar límite». No se trata de simples depresiones y euforias. Puedo pasar de asesina a víctima con rapidez. De hecho, me he asesinado infinidad de veces y otras tantas he resucitado.

—Perdón, ¿eso no debería llamarse «suicidio»? —Pantagrón buscó un frasco de mermelada en el bolsillo interior de su gabán y al rato recordó que se lo había regalado a Harpo Marx.

—¿Quién es Harpo Marx? —preguntó Kita.

—¿Qué, también lees mentes?

—Sí, tengo poderes ocultos.

—¡Lee esto! —Pantagrón sacó un cuchillo y se lo clavó a la muchacha en la cabeza.

Se despertó, se hallaba en su cama, un nuevo corte marcaba su brazo izquierdo. Frente al espejo se vio, enmudecida, con una peluca naranja y una gabardina llena de armas punzocortantes. Había pagado por otro pecado, pero aún le restaban muchas penitencias.

 

Viajeros a ninguna parte

La conocí mientras soplaba el huracán «Samantha», y casualmente, o causalmente, ella también se llamaba así. Viajábamos en el mismo autobús, de Santa Eulalia a Mosca Muerta, pero no me fijé en ella hasta que nos detuvimos en Paso Perdido porque el vehículo se bamboleaba de tal modo que el conductor temió lo peor. Sin duda, la había visto al ascender, aunque sin prestarle ninguna atención, cosa muy explicable, ya que, es hora de que lo diga, Samantha era la criatura más sosa y desabrida que pueda imaginarse. No niego que era bonita, por eso le había preguntado su nombre, mas pronto descubrí que sería inútil intentar sacarle más datos. Ella sólo repetía que deseaba llegar a su casa cuanto antes. El huracán arreció y se quebró la ventana a nuestro lado. No me sorprendió que Samantha saliera volando por ahí, ligera, jubilosa por librarse de mi insulsa compañía.

 

El segundo disparo

Recorría un barrio desconocido durante un atardecer tórrido. El resplandor del sol, rebotando en un millar de cristales de colores, le confería al paisaje una cualidad surreal, ficticia, como si en vez de un sitio real fuera un lugar de cuento. De pronto, una joven de pelo negro, mal vestida y con la mirada extraviada se cruzó en mi camino. Di un paso más y vi que sobre un muro un guardia armado me encañonaba con su M-16. No hice caso, intenté continuar mi trayecto y evadí a la muchacha. El sujeto disparó, me dio en el borde del saco, el ataque me sorprendió bastante. Oí risas. Él preparó el fusil para el siguiente tiro. Ella me cogió del brazo, reteniéndome. El arma me apuntaba a la cabeza.

El estampido me exaltó, aunque no me preocupé. Seguí caminando.

Tras de mí dejaba dos cadáveres. La bala aún flotaba embravecida…

 

Premoniciones

Mis sentidos se agudizan, una especie de facultad adicional, como un nuevo olfato o una visión inédita, me obliga a apuntar hacia lo desconocido. Estoy ante un misterio y presiento algo anómalo, geometrías bruscas que aparecen superpuestas en mi mente, los goznes chirriantes de lo real que giran en ángulos impropios… No hay calma en esta ciudad; su cielo turbulento, su mar despierto y encrespado, los movimientos del viento, en nada semejantes a los de otras partes del mundo, la irritante irracionalidad de los seres que la habitan, todo es un decorado; la maldad, la locura, el engaño, lo invaden todo. Empiezo a adivinar dónde se producirán los atentados y comienzo mi peregrinaje. Una violación en ese auto, un asalto en tal calle, un asesinato en dicha casa. En ningún momento participo. Soy testigo infranqueable de cada acontecimiento. Mañana terminará esta inmundicia; en primera fila veré al cometa arrasarnos.

Cicatrices

Gregor Kandel había estado siempre al servicio de la ciencia. Lo premiaron por sus investigaciones y lo distinguieron entre los mejores de su generación, gracias a lo cual pudo conservar las cicatrices ganadas en un accidente producido durante un experimento con sustancias explosivas. Iba por la vida exhibiendo las marcas orgullosamente, negándose a someterse a una cirugía reparadora o a cambiar de cuerpo. Un día, tuvo la quijotesca idea de que las cicatrices le hablaban. Además, percibió cosas extrañas: dichas huellas se ponían rojo sangre cuando alguien malo se le acercaba, en cambio, cuando se trataba de una persona buena, estas casi desaparecían. Atribuyó los fenómenos a aquel experimento fallido. Una noche sucedió algo extraordinario: las cicatrices comenzaron a dolerle; se abrieron y gritaron. Esto ahuyentó a los asesinos que iban por él. Desde entonces Gregor hace caso de las señales. Un método infalible para evadir a la muerte.

 

El polaco sintético

Decidido a sacarle la información, Oliver Rock tomó al pobre Andrzej Gomulanski de las solapas con la mano izquierda y con la derecha le propinó la primera de, supuso, un sinfín de cachetadas. Pero estaba equivocado en algo: Andrzej no era un pobre polaquito recién bajado del barco en el puerto de Nueva York, sino la identidad secreta del primer súper héroe fabricado con alcohol de papa y azúcar de remolacha por el afamado alquimista Krysztof Pendareski. Oliver descubrió esto mediante los propios labios de Andrzej y se disculpó con aquel polizón que se había colado en su navío. Oliver se dijo que la infracción no era grave y, ya que el polaquito era único, lo invitó a su casa para comer y descansar.

Con el tiempo se formaría entre ellos una sólida amistad.

Nueva York no era un lugar muy tranquilo; Andrzej decidió combatir el crimen de aquella ciudad adoptando el nombre de «El hombre sintético», así derrotó a pandilleros, asaltantes, secuestradores, asesinos y todo tipo de alimañas, de esas que pululan en las grandes ciudades. Nunca fastidió a los inmigrantes ilegales pues Andrzej era uno de ellos. Oliver lo apoyaba en todo, lo estimaba y orientaba cual si fuese un padre.

Todo fue bien hasta que apareció «El tragaldabas», un súper villano peruano-argentino, el cual devoró como almuerzo a Andrzej (recordemos que la constitución de este era comestible). No obstante, El hombre sintético ideó un plan definitivo: hizo que su cuerpo realizara una mezcla química dentro de Tragaldabas, quien estalló en mil pedazos al cabo de unas horas.

No hay día en que Oliver Rock no visite la tumba del súper héroe más aclamado de todos los tiempos. Muchos lloramos su muerte y hasta hoy recordamos los actos heroicos de aquel al que llamamos afectuosamente «El polaco sintético».

 

Temporada de incendios

Gustavo habló destilando veneno, expresando sin tapujos el enorme desprecio que sentía hacia Bárbara.

—Perra —dijo—. No sos más que una perra vagabunda.

—¿Oíste hablar de la violencia de género? —respondió ella. Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios—. Seguramente no. Los viejos impotentes son, además, sordos y ciegos.

—¿Cómo te atrevés a desafiarme así? ¿No ves los noticieros, vos? Podría rociarte con nafta y prenderte fuego.

—Las fantasías no son combustibles, tontito.

—Maldita seas. ¿No me crees? ¡Lo haré! —Fue por gasolina y una cerilla. Cuando volvió a su sala, allí estaba ella, esperándole. Acto seguido la bañó con la sustancia y la encendió. Después se horrorizó por lo que había hecho, pero Bárbara no se quejaba. Reía. Esto acrecentó la cólera de Gustavo que se lanzó contra ella… y se achicharró.

Cuando la bruja salió a la calle, se dijo, contenta: «Libre, al fin».

 

Pulsiones

En la sala de conferencias del hotel, la disertación de Frank Janin acerca de las pulsiones suicidas había terminado en un tumulto cuando una mujer de unos cincuenta años se había degollado usando un cuchillo de cocina. Me apresuré a tomar el ascensor porque no soporto la visión de la sangre. Caminé por el borde de la terraza, desafiando el peligro que representaba, ya que no soy una persona demasiado equilibrada; tuve la suficiente fuerza de voluntad para ponerme a salvo en el centro de la azotea; no obstante, sabía que la amenaza rondaba. Lo acontecido era inexplicable, lo habían anunciado periódicos de escasa credibilidad y ahora se manifestaba. Escruté las calles, las personas se destruían a sí mismas. Ahora es mi turno, me lanzo desde once pisos de altura.

Pronto despierto, resucitado, renacido, extiendo mis alas y me uno al enjambre, hacia el bosque más cercano, para habitarlo.

 

 

Carlos Enrique Saldivar R. (Lima, 1982). Es director de diversas revistas dedicadas a la literatura fantástica y al microrrelato. Publicó los libros Historias de ciencia ficción (2008), Horizontes de fantasía (2010); y el relato El otro engendro (2012). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016) y Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017).

 Sergio Gaut vel Hartman. (Buenos Aires, 1947). Escritor y antólogo. A inicios de la década de 1970 empezó a publicar en la revista española «Nueva Dimensión» y en diversos fanzines españoles de la época. Ha promovido la creación de diversas revistas, antologías, grupos y talleres dedicados a la escritura de textos fantásticos. Ha publicado los libros «Cuerpos descartables» (1985), «Espejos en fuga» (2009) y «Vuelos» (2011).

 

 

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