De poderes extraordinarios

 

por Carlos Enrique Saldivar

 

Hacia lo extraordinario

Abrí el portal e ingresé a un mundo de placer, delirio y adicción del cual nunca he podido salir. En este espacio alternativo existen otros como yo, a veces les pregunto cómo se llama este sitio, pero nadie reacciona con lucidez a tan simple pregunta. Sucede que este lugar es muchos lugares al mismo tiempo. Algunas veces, en este universo, se conecta conmigo alguien que dice ser mi psiquiatra, me comenta que la culpa fue del Estado, por declarar internet gratis para todos; no obstante, en algún momento, el Presidente anulará la norma. En cuanto suceda, ya no tendré acceso a esta dimensión de maravillas. No saben los muy bobos que, gracias a los avances tecnológicos que sólo pueden encontrarse aquí y en ningún otro lado, hemos hallado el modo de transferir nuestras consciencias al entorno virtual. Es por eso que hay individuos que me han velado y llorado, y mi psiquiatra me dice que no me molestará ya. No tiene sentido curar a un paciente que ha trascendido las leyes del mercado.

 

Una mañana soleada

Cuando estoy triste, miro al cielo y pienso: «El sol también está solo y sigue brillando». Enseguida me pongo a meditar en la soledad del astro rey, imagino que en algún momento se hartará de su aislamiento y decidirá convertirse en nova, desapareciendo junto con él a todos los planetas que le rodean, y con estos, a todos los seres que los habitan. Entonces me digo que el Sol no está realmente solo, tiene a su alrededor varios mundos y satélites, aunque, al igual que yo, es incapaz de interactuar con aquellos que le rodean. No obstante, la estrella continúa refulgiendo con gracia, como si la existencia le significara mucho. Pasa lo contrario conmigo, mi vida no tiene ningún valor, no desde aquel experimento del cual sobreviví con las justas. Es por ello que hoy he dejado todo a un lado, mi casa, mis libros, mis escritos, y he salido a la calle, sin importarme que este fuese o no un lugar atestado de personas. Lloro con una potencia feroz, lamento mi desolación, mi pequeñez y con rapidez voy transformándome, de humano a hombre-sol, a sol, a sol-nova, a supernova y estallo

 

Dulce quemazón

Fue una noche de invierno cuando el ardor de nuestros cuerpos calentó todo y a todos en Lima, evaporó la llovizna que caía sobre esta ciudad e hizo que el sol saliera a medianoche.

 

Duende musical de la noche

Estoy en tu cama, dentro de tu almohada, susurrando canciones que escucharás en tus sueños.

 

¿Alguien?

Alguien que veo a diario se ha mudado a mi espejo. Tal cosa no me inquieta mucho; al contrario, es agradable tener compañía. El problema es que, sin darme cuenta, salí de allí y dejé de existir, y aquel, que ahora se encuentra del otro lado, ha tomado mi lugar y hace maldades por doquier. Es a mí a quien culpan de todo; mejor dicho: a él, que soy yo, y al mismo tiempo es otro. Únicamente me queda permanecer aquí, en la inexistencia, atrapado en un vacío oscuro donde nada más puedo apoyarme contra el cristal pulido para ver, como en una odiosa película, todo lo que hace mi doble. A veces se acerca al espejo y me saluda, luego se ríe de mí, y me dice que nunca saldré, porque en realidad no existo, tan sólo soy una proyección de su cerebro, un residuo mental donde descansa su culpa. No obstante, que no cante victoria, algún día existiré de nuevo y le hablaré, le cantaré al oído las porquerías que suele cometer. Un día, yo, su consciencia, retornaré al mundo real y él podrá verme, tocarme, escucharme, y no podrá seguir actuando como hoy lo hace. En tanto, es intolerable mi tristeza, mi impotencia, por haber sido débil, por haber dejado que alguien (no importa si lo veía a diario o si él era igual a mí) se mudara a mi espejo y me desalojara con engaños.

 

Leer a la inversa

Es una habilidad muy útil cuando te encuentras del otro lado del espejo.

 

Música celestial

Era un concierto tan extraordinario que elevaba a los oyentes al cielo, a la gloria eterna.

No obstante, sólo podía escucharse una vez.

 

Un pago terrible

El flautista de Hamelín llega a la ciudad de Lima y ofrece sus servicios. Los habitantes del lugar aceptan. El músico primero se lleva a los políticos; luego desaparece al clero; por último, se lleva al resto de criminales. Las personas no tienen dinero suficiente para pagarle al flautista, pero este les dice que no hay problema, simplemente se llevará un grupo más y asunto solucionado. Los limeños se asustan porque piensan que, como dice la leyenda, va a llevarse a todos los niños. Pero al flautista no le interesan los infantes. Al anochecer parte de la ciudad para siempre, acompañado de todas las mujeres limeñas mayores de dieciocho.

 

Ella con él

Se abrazaron, con un sentimiento poderoso y sincero. Era amor, era amistad, era muchas cosas, todas unidas en ese instante, en los dos cuerpos, en una bella actitud mutua que los  regocijó, los energizó y los hizo dichosos. No deseaban separarse, estuvieron abrazados mucho tiempo, ninguno quería dar el primer paso, a fin de soltarse, pensaron que, de hacer eso, traicionarían el afecto del amado. No obstante, uno de ellos debía ceder y alejarse. No se animaban, ambos pensaron que sería el otro quien tomaría la iniciativa: ninguno atinó a distanciarse. Permanecieron con los brazos enlazados mucho rato, muchos días, semanas, meses; hasta que un día alguien abrió aquel cuarto de hospicio y los encontró muertos, como una sólida imagen de amor que atraía a parejas enamoradas a diario sólo para ver ese conjunto de emociones tan fuertes, tan fabulosas que hicieron que una mujer y un hombre se convirtieran en estatuas, las cuales brindaban grandes dosis de ternura a quien fuera que los contemplase.

 

Lo bueno de

Cuando el gato negro perdió su novena vida y aún seguía de pie, se dijo que el ser la mascota de una bruja (aunque resultaba sobrecogedor a veces) tenía sus ventajas.

 

En propia defensa

Lo maté porque me amenazaba con atravesar el espejo para acabar conmigo y usurpar mi lugar. Fui más listo, me le adelanté. Es la única explicación que tengo para la presencia de este cadáver igual a mí, aunque distinto (cual mi reflejo), que yace en el piso de mi habitación.

 

Lectura volátil

Tras dieciséis horas de estar atado al suelo, el hombre por fin puede abrir un libro: tiene deseos de volar; cada paseo por el aire lo llena de fuerzas para enfrentar el día siguiente. No es metáfora, los cielos de Lima, cada tanto, estaban repletos de personas que se elevaban al adentrarse en la lectura. A veces se movían en lo alto a gran velocidad; en otras ocasiones se quedaban suspendidos, sin moverse un ápice; curiosamente nunca chocaban entre ellos, como si sus mentes crearan barreras invisibles que los protegían de todo contacto con otros cuerpos. No solamente podían avistarse arriba individuos solos; leer, como todos sabemos, no siempre es una actividad solitaria: había padres con sus hijos, nietos o sobrinos; parejas de novios o amigos, profesores con alumnos, incluso grupos de lectura o recitales voladores o levitando; todo lector tenía su propio espacio y disfrutaba cada viaje hacia la imaginación.

 

La hoja de papel escritora

Si una hoja de papel pudiese escribir, lo haría sobre sí misma, se llenaría toda, y una vez que lo hiciera, hallaría nuevos espacios donde continuar su historia: coparía todo el planeta, saldría de este y seguiría redactando su infinita narración en un inmensurable viaje espacial.

 

 

Carlos Enrique Saldivar R. (Lima, 1982). Es director de diversas revistas dedicadas a la literatura fantástica y al microrrelato. Publicó los libros Historias de ciencia ficción (2008), Horizontes de fantasía (2010); y el relato El otro engendro (2012). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016) y Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017).

 

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