Déjà sentí

 

por Manuel Fávila

 

No me gusta hablar de esto en realidad. No así… ni de otra manera. Lo hago únicamente porque me lo pediste. No, no te sientas comprometido ni especial, en lo absoluto. Lo menciono porque no es algo que acostumbre o de lo que esté orgulloso; no es algo que haya decidido, ¿entiendes? Bien sabes tú que tenemos muy pocas opciones para elegir. ¿Crees que hubiera deseado algo así para mí? Ni para mí ni nadie. Estarías loco si así lo creyeras. Imagina esto. Un día cualquiera despiertas, abres los ojos y todo ha cambiado, de la noche a la mañana todo es diferente para ti pero aún no das cuenta de ello. Sin explicaciones ni aparentes razones. ¿Que quizá me he vuelto loco? Créeme que he pensado en ello, quizá demasiado. Y entre más lo pienso, entre más lo cuestiono, surgen más preguntas, como si cada pregunta se ramificara en un fractal sin respuestas. ¿Has visto como un lago congelado comienza a romperse? Es virtualmente imparable. Un espectáculo impresionante con sensaciones hermosas, de lo que avanza y no tiene marcha atrás. La cambiante fragilidad del hielo resiste día a día, hasta que en un preciso momento, sin previo aviso, una fisura milimétrica se expande y multiplica creciendo hasta donde sus propios límites lo permiten. Estás preguntándote qué relación tiene el hielo conmigo, con lo que te estoy contando. Por supuesto, es la primera pregunta que te viene a la mente. Una pregunta obvia, hasta necesaria; aunque preciso decirte que esa no es la correcta. Deberías saber que la vida puede ser una gran pregunta sin respuestas, o toda una vida puede ser la respuesta a una sola pregunta.

Cuando escuchas historias, la que sea, es en tu cerebro, en tu mente, donde la recibes a través de tus oídos, si la ves, a través de tus ojos. De cualquier manera, sin importar el medio, la mente recrea la historia y añade sutilezas, detalles mínimos que poco aportan en lo general, pero completan la imagen que creas, la que ves en tu mente. Son esos sutiles pormenores los que me ayudan a sobrevivir. No lo tomes tan literal, al menos no por el momento. Vamos paso a paso. ¿Cuándo fue la última vez que escapaste de un sueño al despertar mientras dormías? No, no me contestes, no hay necesidad. Ustedes, y permítame que así me refiera a ti y a los demás, siempre tienen la misma respuesta. Así que voy a plantearla de otra manera: cuando estás despierto, ¿cómo distingues la realidad de un sueño? No te dejes llevar por la simpleza de las palabras. Tampoco espero una contestación, piénsalo un momento, pero cuando creas tener una respuesta contéstate lo siguiente: ¿cuál es el sueño más antiguo que puedas recordar con claridad? Eso te debería llevar a pensar en si en realidad lo soñaste. ¿Cómo puedes estar seguro de que fue un sueño y que no sucedió en realidad? Déjame ayudarte. Si en el supuesto sueño ocurre algo extraordinario, algo fuera de lo que cualquiera entendería como normal, entonces tendrás alguna idea. Por el contrario, si te resulta totalmente normal, con caras o lugares conocidos, entonces es ineludible preguntarse si te has o te han repetido tantas veces que eso es un sueño, que te has convencido de ello. En cualquier caso nos lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo saber que es tu sueño y no el de alguien más?, ¿o si no fue un sueño y le sucedió en realidad a alguien más? La mente juega con los recuerdos, así como los crea a base de vivencias, los inventa, los elimina o los toma prestados para hacerlos propios. De esa manera funciona la mente, de forma arbitraria, modificando recuerdos por seguridad o placer. Por lo tanto la siguiente pregunta es: ¿puedes confiar en tu mente, en los recuerdos que presuntamente son tuyos? A veces es una apuesta ciega, inducida por sensaciones y sentimientos, los mismos que te hacen actuar por encima de la razón.

Si crees saber ahora de lo que hablo, entonces no estás entendiendo en absoluto. Tómate el tiempo que necesites para analizar mis palabras. El café aún está caliente y la noche aún no llega.

La razón por la cual evado este tipo de conversaciones es porque no necesito que alguien me diga lo que desde hace mucho tiempo sé. Tampoco busco compasión, mucho menos fama. ¿Entiendes lo que digo? Es justo lo que no espero de ti. Acepté hablar contigo porque es preciso.

Era junio, fue uno más lluvioso de lo usual. Aquella madrugada era presa de una tormenta que parecía interminable. Cada tanto, el cielo se iluminaba por rayos acompañados por el estruendo de los truenos que hacían retumbar las ventanas. Una taza de café me brindaba algo de calor. Un hilillo de humo sereno se elevaba desde el cigarrillo hasta perderse en lo alto del techo. Las luces se apagaron violentamente. La oscuridad inundó cada rincón de la habitación. Me encontraba sentado justo ahí donde estás tú ahora, mirando hacia la ventana, que con tal cantidad de lluvia resbalando por los vidrios, no consentían un panorama visible de la calle. No estaba del todo consciente de la hora, nunca lo hemos estado, pero recuerdo haber escuchado aún las campanadas de las tres en el reloj del comedor. Mi gato, Júpiter, estaba sobre mis piernas, como ahora está contigo. Un trueno más retumbó dentro la casa segundos después de que el rayo iluminara en su mayoría la habitación. Mi mano sobre Júpiter dejó de sentir su respiración. Sucedió entones que te vi aquí, sentado en donde ahora me encuentro, con la misma posición y la misma mirada vacía. No cruzamos palabras, no hubo necesidad, ya sabía que te vería, te veía en mis recuerdos. Tú te quedaste inmóvil, con la expresión del rostro desconcertada, naturalmente. Volvió a iluminarse el negro cielo y la habitación, ya no estabas ahí.

Cómo saber que no fue un sueño o una historia que escuché de alguien en algún lugar. He repasado lo sucedido una y otra vez al borde de la locura. Cada que vuelve la madrugada de junio mi única arma contra la locura son los detalles, de todo cuanto hay en esta habitación, el librero a mi derecha, el escritorio, la mesa, el tapete donde descansan tus pies, las pinturas que cuelgan en las paredes. Todo cuando puedes ver. Estar consciente de esos detalles evita y evitará que caigas en la locura, pues, como te mencioné, volverás aquí una y otra vez. Debes saber muy bien esto, no sé desde cuándo sucedió, pues ya no lo recuerdo, tampoco sé cómo terminar con esto, estoy, es decir, estamos atrapados en un recuerdo mío, que será tuyo. ¿Comprendes lo que digo? Eventualmente estarás en mi posición y una madrugada lluviosa de junio te verás sentado frente a ti. Notarás que el tiempo no pasa, no te asustes, no existe.

 

 

Manuel Augusto Favila Díaz Infante. De Aguascalientes, México. Ingeniero en sistemas de profesión. La programación y las letras son parte de todos mis días. Desde hace un poco más de un año escribo la columna Ridículas Casualidades para Caricaturasparausar.com tocando temas culturales, sociales y políticos. Los cuantos de Edgar Allan Poe fueron los que me acercaron a la lectura y al placer de escribir; “El escarabajo de oro” fue el primero y hasta ahora el preferido. Deambulo entre libros e internet como @ManuelAugustoF

 

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