El persuasor

 

por Rodrigo Martinot

 

Casi todos son personas corrientes en la ciudad donde resido. ¿Qué hay de aquellos que no? Bueno, los llaman superhéroes. Son personas con poderes dedicadas a la defensa de la ciudad; en ellas nunca faltan bandidos, matones, ladrones y toda clase de malandrines.

En cuanto a mí, también soy un superhéroe. Tengo un poder. Sin embargo, no creo que alguien deba ser considerado un “superhéroe”  tan sólo por encontrarse en posesión de uno. Pensemos en un héroe clásico, de preferencia en uno griego, como Hércules, Teseo o Perseo. Un héroe destaca de los demás mortales por su valentía, virtudes y las hazañas que realiza. Usualmente, estas acciones importantes o hazañas no lo benefician a él, sino más bien a las personas, a los habitantes de una ciudad o lugar quienes constituyen la población. A fin de cuentas, son ellos los que le otorgarán aquella distinción. Son ellos los que los llamarán “héroes”.

Ahora, un “superhéroe” no es lo mismo. Súper. Superior. Un superhéroe es como un héroe excelso, un individuo perteneciente a una categoría mayor según nos indica su nombre. ¿Pero qué es lo que hace que un superhéroe sea mejor que un héroe? Creo que he encontrado la respuesta y se los demostraré usando mi persona como ejemplo.

Suelo comprar el periódico todas las mañanas. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, todos sabemos eso, y ¿qué mejor manera de cumplirla que manteniéndose informado sobre los acontecimientos que ocurren día a día?  Los titulares de siempre son: “SUPERHOMBRE DETIENE BUS DE ESCOLARES DESTINADO A COLISIONAR MEDIANTE EL USO SU GRAN FUERZA”, o también, “MAS QUE UN SUPERHEROE, UN AMIGO: HOMBRE ALADO LLEVA A REUNIÓN DE TRABAJO A UNA MUJER A QUIEN SE LE HACIA TARDE”, y cosas por el estilo. Meh —pienso. Sí, es bueno salvar una o unas cuantas vidas, ayudar a personas con problemas cotidianos y emergencias, ¿pero, sólo por hacer eso un héroe ya es considerado superhéroe? No lo creo.

Como siempre, doblé el periódico, terminé mi café, y me dirigí a realizar otra de tantas hazañas. Ya saben, trabajo de superhéroe. Tomé un taxi hacia —sí, yo no vuelo— el edificio de “Crudo extracciones Corp.”. Tráfico, tráfico, tráfico… Pero después de una hora que parecieron tres llegué a mi destino. Cabe decir que llegué puntual, es más, con algunos minutos de anticipación. Un superhéroe debe tener todo calculado y presentarse allí donde tiene que estar en el momento preciso.

Bajé del auto y, luego de atravesar las grandes puertas giratorias de vidrio, me acerqué a la recepción.

—¿En qué puedo ayudarle? —dijo la mujer detrás del mostrador mientras esbozaba una sonrisa.

—Tengo una reunión con el señor Mycroft a las once cuarenta y cinco. Son las once y cuarenta —contesté.

—Llega justo a tiempo —respondió—. El señor Mycroft acaba de llegar. Acompáñeme por favor, lo guiaré a su oficina.

—Gracias —dije, y comenzamos a andar.

Fuimos a través de múltiple pasillos hasta llegar a unos ascensores que luego nos subieron setenta y cinco pisos —repito, yo no vuelo— y después de a travesar otros tantos pasadizos llegamos hasta un par de puertas macizas hechas de madera.

—Aquí es —dijo la mujer—. Toque tres veces y él lo recibirá.

—Está bien, gracias por su tiempo —le respondí. Lo más valioso que una persona posee es su tiempo.

Toqué como me indicaron, tres veces, y al otro lado escuché una voz ruda que decía: ¡Pase! Empujé las pesadas puertas lentamente —sí, tampoco dispongo de una fuerza descomunal— y luego de cerrarlas detrás de mí me dirigí hacia el presidente de la corporación.

—Señor Wagner, buenos días —dijo, dándome un fuerte estrechón de mano—. Por favor tome asiento. Imagino que tenemos asuntos que discutir, de lo contrario no habría solicitado una reunión conmigo.

—Está usted en lo cierto, señor Mycroft.

—Y bueno, sin más rodeos, ¿de qué se trata? —preguntó.

—Está bien. Mire, señor Mycroft, vengo hablarle sobre el nuevo proyecto de extracción de petróleo, en la selva amazónica peruana, que su empresa pretende llevar a cabo en medio año.

—Sí, ¿qué tiene?

—Me opongo totalmente. Ni se le ocurra hacerlo —después de decir estas palabras, el presidente de la corporación arqueó las cejas, sorprendido, y se reclinó hacia atrás en su silla, poniendo sus brazos detrás de la cabeza.

—¿Ah sí? Pues no me interesa. ¿Qué puede hacer al respecto alguien como tú, insecto? —respondió —y no, tampoco soy el hombre-araña.

—Pues, mire, seré breve. Sé dónde vives, conozco a cada integrante de tu familia y a los integrantes de sus familias. Tengo a mi servicio personas armadas y capacitadas para herir y matar, y ni tú ni tus seres queridos les interesan más que un grupo de hormigas.

—¡¿Quién te crees que eres?! —gritó, confundido—. ¡Llamaré de inmediato a la policía y ellos pondrán fin a este ridículo número! —dijo, tomando el contestador, pero antes que marcara cualquier número, le dije:

—Si yo fuera tú no haría eso. He dado órdenes a mi gente de, en caso de verme capturado por las fuerzas policiales, procedan con la maniobra. Los matarán a ti y a toda tu familia —tras decir esto, Mycroft soltó el contestador, que cayó al suelo, y me miró con los ojos abiertos como platos y el color de su piel se había tornado grisáceo.

—Está bien, está bien —dijo—. Por favor no nos hagas daño. Cancelaré el proyecto. ¿Qué se supone que le diga a la directiva?

—Les dirás que es demasiado riesgoso. En todos los procesos de extracción de petróleo ocurren casualidades, muchas veces también desastres. Les dirás que es una zona delicada llena de biodiversidad y que no vale la pena correr el riesgo. Por una vez en tu vida pondrás al mundo antes que tus intereses, ¿me entiendes?

—Sí, sí, está bien.

—Me alegro que hayamos llegado a un acuerdo, Mycroft —le dije, y tras asentir con la cabeza, pasé a retirarme.

Tomé otro taxi para dirigirme a mi hogar y de inmediato llamé al equipo.

—Todo resuelto —dije—, ya no requeriré de sus servicios. Transferiré el dinero a su cuenta hoy a las cinco a más tardar.

—Listo —respondió una voz grave y robótica al otro lado de la línea.

Yo soy un superhéroe, y no llevo capa. Soy un superhéroe, y no aparezco en las noticias. Soy un héroe que no busca fama ni vanagloriarse y que, a diferencia de los otros, no me preocupo solamente por ayudar a las personas, sino también por ayudar a los animales, y la naturaleza y a los procesos naturales, al mundo entero. Es por ese motivo, creo yo, que soy más que un héroe, me llamo El Persuasor, y soy un superhéroe.

 

 

Rodrigo Martinot Miock, 19 años de edad. Residente de la ciudad de Lima y nacido en la misma ciudad, en Perú. Actual estudiante de música y amante de los libros y la escritura. Ha publicado “Rigor Mortis” en la 28va entrega de la revista literaria digital “El Narratorio“(2018) y próximo a publicar “Incursión en las montañas” en el primer número de la revista literaria digital “Ibídem” (2018).

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