Flor de loto

 

por Luis Bravo

 

Lluvia; aquella dulce melodía de la naturaleza, un ritmo dinámico que estimula la creatividad. Tan melancólica, a la vez tan intensa, una esencia ambigua que sólo se entiende en su ausencia. Las copas de los árboles se mecían, suavemente, embelesadas por la caricia de la doncella de la madrugada. Un majestuoso paisaje contrastado por las cárdenas columnas de fuego que, cual garras, buscaban arañar el oscuro firmamento, exigiendo una respuesta ante la masacre. Los purpúreos charcos de sangre de las pilas de cadáveres, cual mancha pastosa de tinta, invitaban a conocer las entrañas de la locura. Aquel paisaje inspirador, obra de arte sublime, ocultaba un pequeño secreto. Un cuerpecillo cubierto de lodo al borde de una casa en cenizas. Ahí, sumido en ese destino incierto, aquel neófito tuvo que escuchar el susurro de la noche. Apenas había llegado al mundo, no logró siquiera conocer lo que era la paz. No pudo disfrutar de la inexperiencia ni los desatinos de la juventud. No pudo, pues su llamado a escena fue precoz. Él podría haber elegido ocultarse, pero sabía muy bien que el arte no se esconde, se muestra por completo. Ahora se había levantado el telón, ya iba siendo tiempo de que el cazador se convierta en la presa.

Los fríos ojos dorados del niño se abrieron paso entre la suciedad y el fango. Su cuerpo ya no sentía los cortes, su piel ya no advertía las quemaduras, su alma ya no percibía la suciedad de los vejámenes a los que lo sometieron. Se irguió en silencio. Su delgado cuerpo apenas se distinguía entre los matorrales. Bajó los ojos y vio el cuchillo clavado en su abdomen. Aquella arma por la que vinieron desde su lejana tierra, aquella presencia maldita que habían deseado controlar. Aquella por la cual redujeron a cenizas a su aldea, aquella que no paraba de susurrarle a su conciencia. Una sonrisa sublime se dibujó entre el barro y la sangre que cubría su rostro. A la lejanía, entre el canto de la lluvia, se podía escuchar el eco de algunos mercenarios, cantando victoria antes de tiempo. Típico de los novatos, jactarse de victorias que sólo la muerte puede reclamar. Los ojos dorados se fijaron en dos rezagados, compartían hojas de coca, pues el frío calaba hasta los huesos. El escenario apocalíptico que se abría ante él le permitió saborear por primera vez el éxtasis de la noche de estreno. Pobres ilusos. Estaban a punto de conocer la crueldad del silencio.

El cuchillo brilló en la oscuridad, subiendo y bajando, con la rapidez y precisión de un maestro de orquesta. La tinta roja fue pintando sus lienzos, arrancándoles la fealdad con cada trazo, inmortalizándolos en perfección. En un par de segundos, ambos sujetos habían sido tallados de manera sublime, arte divino. Sólo que la perfección se vuelve obsesiva. Debía seguir, había muchos títeres que danzarían jubilosos al son de su melodía. Cantarán y bailarán gustosos, disfrutarán la composición perfecta de la ópera magna.

El arma habló a su conciencia una vez más, como la primera vez, en la que a susurros lo atrajo hacia lo más profundo de aquel templo. El arma ocultó su belleza ante los cerdos. Un cazarrecompensas o un nazi ególatra no iban a saciar su vil hambre voraz. En cambio él sí, un ente puro que serviría de recipiente para el eterno poder que le brindaría. Un digno receptáculo para el caos.

«¡El arte es tan adictivo, sólo el verdadero maestro sabe lo que es dar vida a través de la muerte!»

—¡Oye! —gritó uno de ellos, demasiado ebrio como para levantar la metralleta con precisión.

El niño saltó hacia él con una potencia sin igual, la daga ingresó en su cuello y la tinta carmesí impregnó el barro que ocultaba el desfigurado rostro del niño.

—¡Silencio! Deja que tu mente vuele, yo soy el viento que acallará la tormenta en tu corazón —le susurró el niño, con la gracia de un actor de drama giocoso.

—¡Suelta el arma y te dejaremos vivir! —se escuchó; pronto, de entre los matorrales salieron cuatro soldados, blandiendo sus metralletas.

La daga dorada brilló frente a los ojos de aquellos miserables actores secundarios, nada sabían de arte ni siquiera del drama. El niño sonrió, los vio como marionetas. Era hora de tirar de sus cuerdas.

¡AAAH!

El pequeño se movió con una velocidad tal que las balas no podían alcanzarlo, sólo unos ojos aleonados que danzaban acorde de los destellos dorados de la daga. Pronto los liberó de la pesada carga de la imperfección, fue cercenando los miembros, destazando con una avidez sin igual, con la perfección de un metrónomo.

—¡Sonrían! ¡Sonrían! —gritaba mientras la daga le rompía los dientes a uno y traspasaba el ojo del siguiente.

Pudo disfrutar del éxtasis de la noche de estreno vibrando en su tibia hoja ensangrentada. El arma tenía hambre de corrupción y él, de venganza. La demencia sería como una débil cortina en la que se podría apreciar poco a poco la sutileza de su labor. Pero antes, debía arrebatarle la vida a aquel que arrebató la existencia a toda su aldea.

«Él ya no está aquí, huyó como cobarde».

Un centenar de soldados bloquearon la visión del niño, cubriendo la huida del miserable que trajo la masacre a esas tierras. Suspiró, decepcionado. Ellos eran una audiencia indigna pero podrían ser una buena práctica para el estreno. Aún debía tener mayor experiencia, aún había tanto por aprender. Bajó la mirada hacia el arma, una daga dorada con verde. La herramienta perfecta es aquella que permite al artista transportar su locura al ámbito material. Además: ¿Qué es de un artista sin un sueño? ¿Qué es de un cantante sin su voz? ¿Qué es de un bailarín sin sus piernas? ¿Qué es de un actor sin su rostro? Un trueno rompió el silencio de la noche, mientras que un rayo se dibujó en el horizonte. Era la señal del acto principal, la melodía final, como un presto de violín que invita a la locura.

—¿Acaso vuestras vidas tenían valor antes de que mi arte los inmortalice?

El niño desapareció en medio de una lluvia de balas. Los miembros fueron saltando como corchos de un champán, liberándolos de la tonta simetría de la vida. Tenían que ser hermosos y la simetría no es hermosa, es monótona. Inmortalizaba cada cincelada con la precisión digna de un ballet, la divina danza de la muerte. El arma le hablaba, le susurraba. Ella era el mejor crítico, guiándolo, completando sus pasos, experimentando con él cada acierto y cada error. La locura serviría como una firma que constataría la proeza de su arte. Pues el mayor de todos los deseos de un artista es ejemplificar la belleza y sutileza de la vida. Y todos ellos aprenderían eso, una vez la pierdan para siempre. Borraría todo desperfecto del planeta, pintando en ella la exquisitez de la vida ayudado por la brutalidad de la muerte.

Una labor que sería mucho más fácil si existiera sangre de otros colores.

 

 

 Luis Bravo Escalante

Origen: Trujillo – Perú

Ocupación: Escritor – Cuentista – Psicólogo.

Intereses: Gusta de leer libros de terror o fantasía oscura, fanático del género de horror en los videojuegos y un empedernido cinéfilo.

Página de Facebook: https://www.facebook.com/luisbravooficial/

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