Garganta cerrada

 

por A. R. García

 

La primera vez que Atzu abrió un portal fue cuando tenía una semana de nacida. Sus padres no supieron si la crisis se presentó porque tenía hambre, dolor de estomago o ganas de dormir, no obstante, miraron atónitos cómo la cuna caía por un orificio caleidoscópico y se perdía en un hueco desconocido donde su pequeña también habría caído si su pañal no se hubiera enganchado en una silla. Desde entonces el matrimonio Deille tomó la decisión de mantener tranquila a su hija y enseñarle a controlar su poder a penas creciera un poco más.

Atzu se convirtió en una chiquilla hermosa, con las mejillas sonrosadas y el cabello cobrizo lleno de bucles. Con el transcurrir de los años forjó un temperamento sosegado, incluso en las situaciones más álgidas. Cada mañana se despertaba a practicar su don y pasaba horas meditando para gobernar sus emociones. Al anochecer, abría un vórtice para mirar el mar o los campos de violetas. La joven no conocía a ciencia cierta los alcances de su habilidad pero sí la fragilidad del juicio humano, si alguien conocía su secreto, lo mismo podría admirarse que asustarse, y era consciente de que su destino fluctuaba principalmente entre convertirse en material de investigación en un laboratorio o en combustible para la hoguera de una muchedumbre enloquecida.

Sin embargo, el mundo y sus misterios, preparaban para Atzu un destino diferente a la vida tranquila que pretendía tener. Cierto día, en un pueblo cuya ente dedicaba sus días a labrar la tierra, un joven de piel oscura cayó de rodillas, por varios  segundos se arañó el cuello y finalmente murió. Poco después ocurrió lo mismo en otro lugar. Y luego se reportaron un sinnúmero de casos.

Se dijeron muchas cosas, que se trataba de un arma biológica usada por grupos terroristas o un fenómeno como consecuencia a la explotación del hombre hacia la tierra. Ninguna teoría se comprobó. Lo único certero era que más gente estaba muriendo y los casos dejaron de ser aislados. A penas una semana después de la muerte del campesino, se descubrió una ciudad donde murieron asfixiados todos sus habitantes. La pestilencia no permitió hacer un conteo fidedigno pero las pérdidas ascendían a miles.

Para una joven como Atzu Deille, que tenía por delante logros académicos, sueños románticos, anhelo por viajar y conocer países distintos, y la encomienda de dominar una habilidad que entendía al mínimo, ver noticias como aquellas sólo suponía desequilibrar su rutina marcial. Estaba preocupada. Y practicar mientras su pensamiento se encontraba muy lejos del presente únicamente podía resultar en errores. Sin querer, mientras abría un pasadizo a un hermoso bosque, golpeó su mochila escolar y el contenido se derramó por todos lados. Un libro cayó dentro del portal y se abrió revelando hermosos mapas de Europa. El corazón de Atzu se desbocó, no sabía que las cosas podían interactuar de un mundo a otro ni cuáles serían las consecuencias de ello. Con absoluto terror fue acercando la mano al círculo donde desaparecía su habitación y crecían majestuosos pinos. Un cosquilleo la recorrió cuando sus dedos acariciaron la realidad del otro lado, sintió una brisa fresca y pequeñas gotas que comenzaban a caer. Se sorprendió al ver que su mano no se desintegraba ni sufría daños. Con precaución acercó el rostro y el cosquilleo acarició sus mejillas.

Por instinto decidió que no había peligro y llena de adrenalina, cruzó el vórtice por completo. Al otro lado comenzaba a llover, el olor era maravilloso, la vista no podía ser denominada sino como fantástica. Asustada por la posibilidad de que el portal se fuera a cerrar de repente dejándola atrapada, tomó el libro y regresó. El pasadizo se cerró y Atzu cayó desplomada en la cama. Estaba  invadida por la emoción pero cansada a niveles mayúsculos, y de forma inmediata se quedó dormida.

Quería estar segura de que cruzar los vórtices no representaba riesgos, lo hizo varias veces previo a de contarles el descubrimiento a sus padres, y aunque notó el pánico en sus ojos, les mostró la maravilla de su don. Los llevó a un campo de tulipanes rojos y les permitió disfrutar. No obstante, cuando todos estuvieron en casa, el agotamiento venció a Atzu.

Las sesiones para experimentar fueron mínimas, pues el fenómeno al que la prensa había denominado garganta cerrada, empeoraba sin piedad. Para cuándo pudo mantenerse despierta luego de abrir un portal en el que cruzara alguien, los decesos eran tan numerosos que no había ciudad libre de estadísticas que la involucraran. La vida cotidiana se paralizó, el sector salud se volvió un servicio forense insuficiente y el pánico propició accidentes de alta escala.

Quizá la joven y sus padres no lo mencionaban, pero interiormente sabían cuál era la razón por la que no desistían de los entrenamientos. Como último recurso ante la garganta cerrada, la pequeña familia haría un viaje sin retorno a través de los puentes que Atzu podía crear para unir dos realidades.

No tuvieron tiempo de planear su viaje, el grito de una mujer los alertó sobre la llegada del cataclismo a su pueblo. De inmediato se sumaron decenas de alaridos y sin necesidad de indicaciones Atzu abrió un portal.

Rápidamente pidió a sus padres tomar cualquier cosa y entrar. Los Deille lo hicieron, sin embargo, ella giro y salió de la casa. En medio de la gente que moría asfixiada había decenas que huían, vecinos a los que saludaba por las mañanas,  niños a los que sacudía el cabello a menudo y bebés a quienes hacía gestos para entretenerlos. No tuvo que esforzarse mucho, la gente sólo quería un refugio. Cruzaron su portal sin hacer preguntas.

Al otro lado, sus padres comprendieron lo que ocurría, su hija se sacrificaría para salvar a todo el que fuera posible. Notaron el momento en el que Atzu comenzó a asfixiarse y la lucha que emprendió para mantener el vórtice abierto. Los que atravesaron esperaban sentir la asfixia en cualquier momento, pero ésta no llegó. El último en entrar fue un niño, bañado en lágrimas le agradecía a Atzu por salvarlo.

Fueron instantes dolorosos, plagados de suplicas silenciosas que imploraban a la joven que entrara también, pero no había modo de que lo hiciera, estaba perdiendo el conocimiento por la falta de oxígeno y el cansancio.

Se despidió de sus padres con una mirada, entregándoles un lugar con recursos para que subsistieran y la gran responsabilidad de guiar a los sobrevivientes en un mundo que no tuvo tiempo de explorar.

Atzu murió bajo el sol. Su piel se pintó de violeta pero sus labios conservaron una sonrisa, parecería poco importante, pero dentro de los millones de muertes, había podido comprarle un respiro a un puñado de personas.

 

 

 

Arisandy Rubio García es originaria del Estado de México. Licenciada en Psicología social por la Universidad Autónoma Metropolitana En la actualidad se dedica parcialmente a la investigación psicosocial, a la escritura y al negocio familiar. Planea ejercer por completo su profesión sin descuidar su proyecto de creación literaria. Sus trabajos se pueden encontrar en Facebook (https://www.facebook.com/ARGarciaCuentos) y YouTube (https://goo.gl/A2y2o) como narraciones y texto.

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