La Edad del Impacto

 

por Juan Manuel Valitutti

 

Marta repasó la mesa con un trapo húmedo. La dejó lista para nuevos comensales, si bien consideraba que ya nadie ingresaría por la puerta de su establecimiento, un pequeño café de pueblo, en una esquina de intermitentes luces de neón. Era demasiado tarde en la noche, una noche clara y límpida, y sin altibajos en lo tocante a clientela. Bernardo se había levantado de la 4 dejando su acostumbrado reguero de desperdicios, amén de la magra propina y, más allá de la compulsiva de la 6, que no dejaba de abanicarse con el menú, sólo quedaban Vicente, el párroco, y don Julio, que en breve debía sentarse al volante de su ranchera.

Por todo eso, y porque había puesto demasiado empeño en limpiar la última mancha sobre la alfombra, la descorazonó el repiqueteo frenético de la campanilla y el intempestivo ingreso de una pequeña presencia masculina que fue a sentarse a una mesa. No cualquier mesa, observó, sino la 15: la última de las mesas, la más recóndita y secreta, la que elegían aquellas almas en pena que, a todas luces, se habían metido en problemas.

Marta se acercó al chico que tiritaba de frío y pasó el trapo por la mesa.

—Dejaste una mancha de barro en la entrada, Sandro.

—Perdón, Nana —dijo el niño—. La limpio, ¿le parece?

—Me parece —asintió la mujer—. Sabés que voy a cerrar, ¿no?

—Sí.

—¿Y entonces?

—Es que… —Sandro no separaba los ojos de las ventanas.

Marta esperó de brazos cruzados.

—¿Otra vez? —inquirió.

—Otra vez —confirmó el muchachito.

Marta retiró el gorrito de la cabeza, repasó la mata de flequillo y volvió el gorrito a su lugar.

—Vas a tener que crecer, Sandro.

—No me gustan que me llamen Sandro —dijo el pequeño.

—Sí, ya sé —. Marta se separó de la mesa—. Te voy a traer un chocolate caliente, ¿querés?

Sandro no dijo nada, aunque Marta conocía de sobra sus debilidades. Salió por detrás de la barra al espacio de la cocina. No quedaba ni el lavaplatos, por lo que se acercó a la heladera y dispuso lo necesario sobre una bandeja que llevó hasta la 15. Para entonces ya se había retirado Vicente, el párroco, dejando una propina digna de limosna.

—¿Y cómo fue esta vez? —preguntó tomando asiento ante la mesa—. ¿Empezaron por el nombre?

—No, no por el nombre.

—¿El nombre, no? —Marta vertió leche caliente en la taza—. ¿Por lo otro?

—Por lo otro —asintió Sandro.

No, no por el nombre. Eso había sido al principio, cuando el público infantil empezaba a tantear el terreno de las experiencias y a sopesar fuerzas. Una Edad de la Inocencia, pensó Marta, aún lejos de la Edad del Impacto.

—Cantaba lindo el Gitano —dijo Marta en tono jocoso.

—Pero no fue por el nombre, Nana —señaló Sandro, revolviendo su chocolate.

Marta echó la silla para atrás, se levantó y se alisó el delantal con el nombre del establecimiento: “Lo de Marta”.

—Ya vengo —dijo—. Tomá tu chocolate.

—Bueno —dijo Sandro.

Marta se allegó hasta el teléfono que descansaba en un estante tras la barra. Lo depositó sobre la mesada y marcó el consabido número. Del otro lado de la línea el llamado se repitió dos, tres…, seis veces. Al noveno intento, Marta colgó el tubo en la horquilla. Después de todo, se dijo, ¿qué ganaría? Acudió a su mente la imagen de un hombre arrumbado en un sillón desfondado, durmiendo su borrachera, transitando pesadillas de difícil trasfondo marital, y rumiando palabras que el recuerdo de un parto fatal empujaba desde el fondo de un hoyo humeante.

Para cuando Marta volvió a la 15, la compulsiva de la 6 había desaparecido dejando la carta del menú sobre la mesa.

—No contesta, ¿no? —preguntó Sandro.

Marta tomó asiento sin emitir comentario.

—¿Querés contarme? —empezó.

La Edad de la Inocencia había terminado un 12 de febrero de 2008 a las 05:00 AM, hora local, cuando un meteoroide de 20 metros de diámetro y 7000 toneladas de masa ingresó a la atmósfera terrestre a una velocidad de 18 km por segundo, explotando a lo largo de una estela sonora que tajeó el cielo de varias provincias. La onda expansiva resultante de la fragmentación ocurrida a unos 30 km de altitud ocasionó una multiplicación de destrozos, amén de alcanzar a una infinidad de personas en torno a unas 50 poblaciones adyacentes.

La prensa mundial, por supuesto, sólo comunicó los efectos visibles del caso.

—¡Me dijeron que maté a mi madre cuando nací!

—¿Y eso es cierto, Sandro?

—¡Me dijeron que la maté porque vine al mundo en un meteorito!

Marta resopló molesta.

—¿Todo eso, Sandro, es cierto? —insistió.

Sandro alzó los ojos enrojecidos.

—No —dijo.

—¿Y entonces?

—Soy raro, Nana.

—¿Quién dice? —Marta encendió un cigarrillo—. ¿Ellos?

Sandro no contestó.

—Es un don —continuó la mujer—, un regalo.

—¡Pero yo no lo quiero! —dijo Sandro, y se silenció: un tumulto al otro lado de la calle lo puso en guardia.

Marta espió por las ventanas.

Eran cinco. Varones. De la edad de Sandro. Se codeaban y se burlaban, esperando una reacción.

—¡Cuando llame a sus padres! —se juró Marta.

—Los padres se ríen —observó Sandro—. ¡Y también me miran raro!

Un nombre de pila, la falta de habilidad o camaradería, o el aspecto físico se habían relegado al baúl de los recuerdos: la Edad del Impacto había terminado con las viejas bromas de la infancia.

—¿En qué estoy pensando? —preguntó Marta.

—¡No sé! —se empacó Sandro.

—¿No? —Marta estudió el gesto bajo la visera del gorrito—. ¿Probamos de nuevo? —Echó un vistazo al hombre de la ranchera—. ¿Nos acompaña, don Julio?

El hombre miró por sobre el hombro desde la 8. Se levantó, corriendo la silla trabajosamente, y se acercó con paso remilgado.

—¿Me hace el favor? —Marta señalaba en dirección a la calle.

Don Julio descubrió al grupo de cinco. Se acercó a la ventana con el ceño fruncido. Sus ojos se pusieron en blanco, y en breve se operó una transformación: las luces peatonales se fundieron y saltaron en una lluvia de chispas. Todo tembló y rugió, y mientras Sandro contemplaba boquiabierto el desarrollo de los acontecimientos, las alarmas de tres vehículos estacionados se activaron y aullaron con un pitido enloquecedor.

Para cuando volvió a cundir la calma, los cinco agresores habían emprendido una despavorida huída.

Sandro sintió la presión sobre su antebrazo. Era Marta. Lo miraba con ternura cuando le dijo:

—No estás solo, Sandro. Otros como vos fueron afectados por la onda de choque hace diez años.

El chico alzó los ojos instintivamente hacia el parroquiano que ya se retiraba.

—Gracias, don Julio —dijo Marta, a lo que el hombre respondió con un vago ademán de la mano.

Marta acudió de nuevo a la visera del gorrito.

—¿En qué pienso? —preguntó.

Sandro inspiró profundamente, volvió los ojos hacia adentro y, al tiempo que un leve temblor afectaba la estabilidad de la mesa, respondió:

—En que tiene que cerrar.

—Así es.

—Pero esos chicos…

—Tienen que crecer, Sandro, y lo harán —dijo Marta—. Mientras tanto, don Julio te espera en la ranchera para llevarte a lo de tu papá.

Ambos dejaron la 15 y se encaminaron a la salida.

Un abrazo separó al muchachito de la dueña del local y lo condujo al vehículo. Este arrancó con un ronroneo y al rato se perdió en la noche estrellada.

Marta ingresó al café y cerró la puerta de la campanilla con llave.

Se detuvo ante el escaparate de las encomiendas y descubrió el amarillento recorte periodístico que pregonaba: “Evento celeste inserta en el mapa a pueblo desconocido”. Lo enderezó con una chinche sobre la pizarra de corcho. “No saben ni la mitad”, pensó. “Tal vez, cuando crezcan”.

Se dirigía a la escalera caracol que conducía a su dormitorio cuando recordó la térmica que controlaba el letrero de su negocio.

La perspectiva de desandar el camino de escalones y encarar la puerta del sótano la agobió.

“No esta vez”, se dijo, y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, blancos y brillantes, una vibración recorrió la escalera sobre la que permanecía de pie, y los neones de “Lo de Marta”, fuera, se apagaron con la sólida prestancia de una mano que acciona un switch.

 

 

Juan Manuel Valitutti (Buenos, Aires, Argentina, 16/6/71). Docente y escritor. Publicó cuentos de ciencia ficción, fantasía y terror, además de resultar seleccionado en varios concursos literarios, el último de los cuales, llevado a cabo por Letra Sudaca Ediciones, contó con el padrinazgo de Pablo Capanna, referente indiscutible de la Sci-fi mundial.

 

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