Más allá de tu carne

 

por Israel  Montalvo

 

El Sol era una nuez anaranjada que se posaba sobre el firmamento, el viejo alemán  recorría el camino que conducía a la choza que compartía con su amante, ubicada al extremo norte de la torre del fin de los tiempos. El viejo aun usaba ese uniforme militar con que había llegado al confín de los mundos, era una segunda piel. Roída y carcomida por una eternidad, como su rostro, un reflejo de hastío, hacía un tiempo que se había quitado el bigote que había llevado por su rostro por toda una vida, se parecía al de Chaplin, aunque en él, perdía su gracia para convertirse en algo amenazador.

El  viejo era un ermitaño que vivía en un aislamiento perpetuo, salvo por su amante, el resto del mundo desconocía su presencia, era un fantasma en una ciudad de olvidos, como lo era su amante, un judío tan frágil como el cristal finamente cortado, él era una contradicción, tanto con el viejo como para la cordura, pasaba sus tardes en la tienda de antigüedades de la  Divine, quien se consideraba “la persona más inmunda del mundo”, un título que se había ganado en su juventud, en que se dedicó a explorar el lado más oscuro de la naturaleza humana. El judío iba cada día en busca de condenaciones para decorar su nido de amor. Ahí se encontró con el libro de la vida de un hombre llamado Destino, en el cual leía lo que vendría y le daba las respuestas para cada suceso.  Siempre traía una toalla blanca con manchas marrones en la cabeza simulando un turbante. Y vestía una piyama estampada con ositos dormilones y pantuflas peludas. Hablaba en su propio idioma, una mezcla de palabras invertidas y parábolas bíblicas, para el viejo, ese despojo de hombre era el amante más generoso con que se hubiese topado en esa u otra vida. Lo había conocido en su llegada y sin pensárselo le brindó su casa y consuelo después de haber huido de otra existencia donde fue el verdugo de hombres como su amado. A veces se odiaba por llegar a sentir compasión por él, quién había cargado el sufrimiento del mundo bajo sus hombros, sus manos aún tenían frescas las huellas de la crucifixión, estigmas sangrantes que le impedían ser útil en cualquier cosa. En cierto modo ellos eran dos gotas de agua, dos versiones de la misma cosa, el ying y el yang, mientras su amado intentó salvar a los hombres con el sacrificio, el viejo intentó salvar a su pueblo quitando del mapa a todos los demás.

Ninguno logró una diferencia. El mundo siguió sin ellos, enfrascado en sus errores, mientras sus despojos de humanidad terminaron en una minúscula cabaña pérdida en el anonimato a las afuera de la ciudad del otoño perpetuo.

Ese día según sus cálculos, sería su aniversario, algo que tuvo que explicárselo sin lograr hacerlo entrar en razón al judío, aun así, el viejo decidió hacerle un regalo, algo para demostrarle su importancia, aunque, su amado no lo comprendiera ni le interesara. Fue a la tienda de la Divine y se hundió en el foso de antigüedades por los confines del sótano, entre las bizarrías más singulares que Divine había acumulado en vidas, muchas de ellas databan de existencias, antes de los tiempos y las eras, y ahí fue donde se encontró con la caja blanca. Pesaba menos de un gramo y en ella podrían caber tan solo un par de zapatos. Se perdía en una blancura perpetua y estaba cubierta por algo que simulaba la piel de algo vivo. Divine le contó lo que creía saber sobre la caja blanca, era en cierto modo, como la caja negra de un avión, sólo que en su interior se escondía el registro de universos perdidos y humanidades extintas.

El viejo no lo pensó dos veces y se llevó la caja, ese sería el regalo ideal para su amado, el registro de otros tiempos, mucho antes de que ellos marcaran una vida con sus actos.

Esa noche, después de la cena, el viejo le dio la caja, su amante estaba fascinado con la textura que simulaba la piel de algo vivo, y el viejo se preguntaba por su contenido, Divine le rogó que no la abriese por nada del mundo, sin darle un porqué, y eso, alimentó su curiosidad. Después de beberse los restos de un par de botellas (a fin de cuentas era su noche), el viejo se había desinhibido con la legua dejando libres las historias de la gran guerra y el reinado de un milenio que nunca llegó a existir, mientras su amado no le prestaba gran atención ya que estaba perdido en el libro de la vida, en el pasaje que hablaba de quien leía esta historia y de cómo acabarían sus días. El viejo dejó libre a la curiosidad que tanto deseaba indagar en la caja, a la cual, su amante le había tomado poco interés. Se balanceo sobre ella y la tomó en sus manos. No lo pensó, quitó la tapadera que cubría la superficie y se encontró con una ranura vaginal, un himen inmaculado, que bien podría ser unos labios carnosos. El viejo la acarició con sus dedos y se le puso dura con ese suave roce. Se dejó llevar por el impulso y al darse cuenta le daba un beso a la ranura, separó sus labios al sentir como se habría y dejaba una obertura donde se asomaba la oscuridad, aquello que habitó la existencia antes de la existencia. Era tan pura y hermosa. Un negro absoluto. Despertó emociones que no sabía que se podían sentir y una necesidad de fundirse en aquel olvido, y dejar de ser.

La caja cayó de sus manos que eran un temblor palpitante. Levantó la vista y vio a su amante, su atención estaba tanto en él como en aquello que había indagado, era como si ese negro profundo lo hubiese poseído, dejó de lado el libro donde todo está escrito, como lo que debía hacer en ese momento. Se quitó el turbante, en su mirada, se podía ver una lucidez que nunca se le había conocido. El judío fue al encuentro del viejo y tomó sus manos temblorosas, le dio un prolongado beso  y lo guió a los confines de otros cosmos, en busca de un lugar en que por fin serían solo uno. Se hundieron por esa ranura hasta perderse en la negrura dejando a la caja por el piso, en su lomo la obertura simulaba una boca hambrienta, deseosa por dar otro gran bocado.

 

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