Profundos temores

 

por Víctor M. Moreno

 

Han pasado tres meses con cuatro días desde que el pequeño Quique murió. Antes y después de él, fallecieron muchas personas, pero ninguna tuvo tanta relevancia como el niño, y es de entenderse, él dejó una herida en el pueblo que jamás va a sanar.

A veces me siento aquí, afuera de mi casa, y veo la tierra rajada por el invierno y me acuerdo del chamaco. Tenía la cara tierna y unos ojotes que te conmovían el corazón, a mí me traen remordimiento. Él no sabía lo que hacía, y cuando murió no tuvo la gracia de estar completamente al tanto. Quizá fue mejor que no supiera sus pecados.

Su familia fue la primera en padecer de su extraña mente, después fueron sus vecinos y, la cosa se fue expandiendo por todo Luvina, incluso a mí me tocó, y eso que yo estoy más apartado de todos. Primero, todos tuvieron pesadillas, las más horrendas en sus vidas. El pueblo es pequeño, la gente se entera rápido de lo que soñaban los vecinos. Doña Carmen soñaba con los tipos que la habían violado de joven, Eulalio el carnicero decía que le daba miedo ir a la cama porque sentía que si cerraba los ojos se le aparecía el fantasma de su abuela, y así como ellos, el resto generaba sus peores pesadillas mientras dormía.

Eso duró más o menos un mes. Al principio pensamos que era “normal”, algo provocado por el exceso de notas rojas en el periódico y el aislamiento que provocaban las lluvias. Pero después fueron empeorando las cosas. La señora Mari, la que siempre estaba metida en la iglesia, dijo que se le estaba apareciendo el demonio, que a toda imagen santa que veía se transformaba en un bizarro retrato del maligno. Nadie vio esas cosas, pero sí comenzamos a tener otra clase de alucinaciones. Yo sentía que el suelo se desquebrajaba cuando caminaba y que en cualquier momento caería al vacío, otros decían ver sombras en su casa, o que de la nada se les prendía el cuerpo en llamas.

Como todo, fue de poco en poquito. Eran alucinaciones pequeñas de las que pensábamos tener un control, pero después fueron empeorando. La gente se llenó de diversas fobias. Muchos ya no salían porque tenían miedo a que alguien los lastimara o de que algo malo ocurriera; otros comenzaron a dormir en la calle, decían que había cosas terribles dentro de sus casas.

No hubo ser vivo que no padeciera de esto, incluso los perros aullaban todo el día, y los caballos se escapaban del pueblo por el miedo que sentían. La única persona que nunca sufrió como nosotros fue Enrique Mendoza, un niño de seis años que dormía completamente en paz y que andaba por las calles sin ningún temor.

Los primeros en sospechar que él era el culpable, fueron sus compañeros de clase. Ellos les decían a sus padres que Quique estaba dentro de sus cabezas, disfrazado de sus miedos. Las primeras veces lo tomaron a broma, pero más tarde comenzaron a creerles cuando se rehusaron a ir a clases mientras Mendoza siguiera en la escuela.

Toda la gente de Luvina –con excepción de su familia– se reunió para hablar del niño. Los padres convencieron a sus hijos de regresar a la escuela para hablar con su compañero. Querían estar seguros de que él era el culpable de todas las alucinaciones y pesadillas.

A la semana siguiente, la gente se volvió a reunir y los niños dieron sus testimonios de lo que Quique les había dicho.

El pequeño dijo a sus semejantes que no tenía alucinaciones, ni fobias, pero sí tenía pesadillas ajenas. Por las noches atrapaba los peores temores de la gente y soñaba con ellos, muchas veces llegaba a tener más de tres pesadillas de forma simultánea.

Esa semana, a los cuatro días de la segunda reunión, ocurrieron los primeros suicidios, todos con una escasa diferencia de tiempo. El miedo ya era bastante para esas pobres almas como para seguir con vida. Con los días las muertes fueron creciendo y la gente comenzó a buscar soluciones, pero un pueblo enardecido nunca piensa muchas opciones. De hecho, sólo se nos ocurrió una cosa.

Todos lo queríamos, pero nadie se atrevía a matar al chico, nadie tenía las agallas de hacerlo. Sólo una persona lo suficientemente cansada de sus miedos se postuló para hacerlo. Nadie le negó la oportunidad, incluso lo llenaron de ánimos para cometer aquel acto.

Era una tarde lluviosa de las últimas de la temporada. Su familia no estaba, su padre tenía miedo de salir del trabajo porque creía que si lo hacía lo despedirían y su madre estaba en los campos de siembra con la más pequeña de sus hijos, decía que estando ahí era el único lugar donde su bebé no tenía miedo.

A pesar de que eran sólo tres niños los que estaban en la casa de los Mendoza, un gran grupo de gente acudió al evento.

Recuerdo que Don Joaquín, el cerrajero, me abrió la puerta. Entré lentamente, meditando la terrible hazaña que estaba a punto de cometer. No fue difícil encontrarlo, estaba sentado en posición fetal en una esquina del primer cuarto de los dos que tenía la vivienda. Sus otros dos hermanos estaban metidos bajo la cama en la habitación continua. Me paré frente al chico, él levantó la mirada.

—¿Vienes por mí? —preguntó.

—Me temo que sí —respondí con la voz entre cortada mientras él agachaba la cabeza.

—Mis hermanos dijeron que lo harían. No sé qué me pasa, pero tengo miedo de lo que hay dentro.

No podía seguir escuchándolo, algo en mí me decía que teníamos que ayudarlo, pero quien sabe cuánto tardaríamos haciendo eso y si para entonces la gente seguiría viva. El continuó hablando con la voz cruzada por el llanto. No quería verlo así, pero nunca había conocido a alguien que muriera feliz. Saqué la pistola que me prestó uno de los vecinos, y antes de que mi corazón se desmoronara por completo, le disparé cuatro veces en la cabeza. El ruido del arma me privó de su último grito.

Cuando salí de la casa, todo el pueblo estaba acongojado bajo la lluvia, pero ningún habitante tenía lo que estaba buscando.

Las ofuscaciones no se detuvieron con la muerte del niño. Sin querer, ya nos había distorsionado mucho la mente. Algunos dicen que ya sólo tienen pesadillas, y otros que permanecen con visiones pequeñas. Varios no pudieron aguantar a que la mente se les volviera acomodar, así que se mataron. Lo cierto es que el niño dejó un gran daño, difícil de reparar. Seguramente no es el primero ni el último con esa clase de habilidades, pero yo sólo le pido a dios que no me vuelva a poner a alguien así en mi camino, y que se lleve pronto los temores de las demás personas que en las noches se cuelan dentro de mis sueños…

 

 

Víctor Manuel Moreno Hernández, mejor conocido como Corey Dzúlum, nació el 15 de abril del año 2000, en el Estado de México. Comenzó a escribir a los quince años. En el 2018 empezó a publicar cuentos en Facebook a través de su página https://m.facebook.com/Corey-Dzúlum-348455505560735. Actualmente radica en la Ciudad de México y estudia la carrera de letras y literaturas hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana.

 

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*