Letra pequeña

 

Por Pez abisal

 

El comisario hubiera preferido soportar, en un solo golpe, todo el dolor experimentado en una vida a tener que presenciar aquella aberración profana, supurante de un mal arcano y maligno a los ojos del creador. Lo que transmutaba ante él no pertenecía a la creación divina pero ni el mismo infierno se atrevería a incubar tan perverso ser; mitad humano, mitad bestia y a su vez, ninguno de los dos. Un eslabón perdido en la cadena de lo macabro.

Era Lorena su amada, su compañera, su esposa. Cuando la luna se alzó en total plenilunio la mujer comenzó a sufrir terriblemente. Una retorcida transformación modificaba su tez pálida y lozana, sus cabellos azabaches se convertían en hirsuto pelaje, sus delicadas manos en peligrosas garras. De la fémina poco quedaba. Contempló poseído por una mezcla de asco y fascinación el nacimiento de una aberración monstruosa, corpulenta, abyecta como la suma de los peores crímenes. Su vaporoso aliento impregnaba la totalidad de la alcoba, llenándola de un tufo rancio a carne descompuesta, como si aún mantuviese en sus tripas los restos de sus últimas víctimas. Y era enorme. Su lomo encorvado casi rozaba el techo, sus amplios hombros albergaban una caja torácica maciza en donde los pezones se perdían en la gris pelambrera; sus patas traseras se equilibraran sobre lecho marital. El rostro de la bestia se pronunciaba con un hocico repleto de colmillos afilados como las malas intenciones. Pero seguía siendo Lorena, él lo sabía. Su mirada, aunque hubiese perdido el cariz humano aún mantenía el aire pícaro inconfundible de su amada. Muy dentro de aquella coraza maldita se hallaba atrapada el alma de su esposa.

En aquel momento, como si se tratase de sus momentos finales, pasó ante los ojos del comisario la vida que crearon juntos. Pudo recordar las veces que la esperó a la salida de su colegio, ella vestía un uniforme azul con gris, con la falda larga, recatada y el cabello con una coleta. La primera vez que le habló, la primera cita, creyó que lo dejaría plantado cuando apareció, por la calle empedrada, con aquel vestido amarillo que le obsequió. El día en que los padres de ella supieron de él y se opusieron alegando que la diferencia de edades era exagerada. Se casaron en secreto y él pidió su transferencia a otra ciudad donde pudieron empezar de cero. Una vez que ascendió a comisario las bocas se callaron, y aunque él sabía que seguían hablando a sus espaldas, la insignia bastaba para cerrar sus venenosas fauces, más terribles que aquella que ahora amenazaba con devorarlo. Comprendió que moriría engullido por su amada. Aquello terminaba siendo una alegoría, cuando menos poética, del hambre y la pasión desmesurada.

Las garras delanteras se hundieron en el colchón, la bestia se inclinó hacia adelante, las patas traseras se tensaron. El monstruo se disponía a atacarlo. Bastaría con un solo arrebato para cazarlo; no tendría oportunidad ante tal fiera presencia, sin embargo Lorena estaba ahí, detenía en el último momento la furia acumulada. El comisario temblaba. Cuando la licántropo desplegó su mandíbula dándole una pista de la terrible muerte que causaba, pudo comprobar que Lorena tomó el control de la corpórea maldad y contuvo sus intenciones asesinas.

¿Por qué lo hizo? Lorena era totalmente consciente dentro de aquella celda bestial, consciente del poder del amor profesado, capaz de soportar cualquier situación, incluso la de sufrir de esta execración. Ella bajó con cierta gracia de la cama y se acercó a su esposo olfateando el ambiente, reconociéndolo del todo.

La bestia se amilanó a sus pies, por más que se acurrucaba terminaba siendo el doble del hombre. Un mal movimiento y moriría aplastado por su corpulencia. Con más ansiedad que valor el comisario pasó sus dedos por su pelaje, el cual resultó extrañamente delicado al tacto a pesar de su rebelde apariencia. Su respirar profundo y sobrecargado, parecía un bólido calentando motores.

Ahora ya no hay vuelta atrás. La primera luna llena que ella escapó de la casa el comisario la buscó incesantemente por las oscuras calles mal iluminadas, prefirió no llamar a sus agentes y, lamentando su existencia, regresó a casa con el pecho adolorido y el corazón en la boca. Lorena ya estaba ahí, con la ropa raída y el olor del sudor y de la sangre regodeándose en tu cuerpo. Pensó lo peor ¡la profanación de su compañera! pero las sirenas de patrullas y ambulancias y las marcas sanguinolentas en las uñas y boca de Lorena conectaban de extraña manera. La atendió, limpió su níveo cuerpo y cambió sus ropas mientras el respirar la mujer se calmaba y regresaba del borde final para quedarse con él.

Las noticias anunciaban un terrible crimen, un brutal asesinato, una persona convertida en pulpa, devorada con maldad, una tragedia sin culpable conocido. Como comisario de la zona se hizo cargo y desplegó a las fuerzas del orden, pero él sabía. Sí, lo sabía, la culpable era Lorena, en ese momento no existía lógica terrenal que explicara sus elucubraciones y sin embargo sabía que estaba en lo correcto, ella era la asesina. Que trágica suerte se cierne sobre los amantes que se juran amor eterno y para proteger aquella promesa deben hacerse confidentes, camaradas… cómplices. Guardó su secreto como si fuese el más oscuro tesoro.

Cada mes Lorena salía a cazar a las desdichadas presas que encontraba pernoctando por su nuevo dominio. Él sabía que ella era consciente de sus actos; su semblante a la mañana siguiente, después de la caza, era una amalgama de culpa y satisfacción, lo que hacía estaba mal pero lo disfrutaba obsesamente. El comisario no podía arrebatarle aquella emoción. No después de que Lorena sacrificase su juventud por él, que priorizara el hogar a su propio futuro, que vivía cada día atrapada en la rutina, cada vez más distante de él, apagada. No, no podía hacerlo. Con la emoción de la cacería regresó su pasión por la vida, por su compañero. Regresó el amor.

El comisario desvió cada una de las investigaciones que se abrieron a callejones sin salida, plantó pruebas e incriminó a gente pérfida y a buenos elementos del orden que se acercaban demasiado. Quien diga que debió entregarla desde la primera vez que lo supo no sabe lo que es el verdadero amor, no comprende la profundidad del verdadero sacrificio.

Posó sobre él su descomunal figura y se convirtieron en uno como marido y mujer, la piel es sólo una cubierta, debajo de sus carnes seguían siendo amantes. Se toman en encarnizado baile amatorio y después del acto obsceno y fatigante ella lo abandona seco y satisfecho para ir a por tus presas bajo la atenta mirada de la orgullosa luna.

Ya en soledad, el comisario descubre una caja oculta en el armario donde guardó todos sus grimorios. Aún no sabe cómo revertir el hechizo de amor que lanzó a su amada, pero ahora anda más atento a la letra pequeña de los conjuros, pues cuando dicen que ella lo volverá a amar y le hará el amor como una bestia debe tener cuidado a qué se refiere y a las consecuencias.

 

 

Poldark Mego (Lima – Perú, 1985) Licenciado en Psicología, actor y director de teatro. Estudió Literatura creativa como segundo oficio. Compuso, actuó y dirigió puestas de microteatro de terror en Lima y Cusco – Perú.

Relatos en las siguientes antologías: “Literal” (2017 – 2018) “Maleza” (2017) “Lima en Letras” (2018) “Es-cupido” (2018) “Un Mundo Bestial” (2018) “Paradojas” (2018) “Cuentos peruanos sobre objetos malditos” (2018) “Terror en la mar” (2018) “Un San Valentín oscuro” (2018) “Cuenta Artes” (2018) “El Narratorio” (2018) “Especial de Guillermo del Toro”  (2018) “Líneas de cambio” (2018) “Cerdofilia” (2018) “Historias de migrantes” (2018) “Paradojas” (2018) “Manuscritos de R´lyeh” (2018) Revista Fantastique (2018) Molok N3 (2018) La taberna de Innsmouyh (2018 )Especial JHorror (2018). Publicó la revista Orbi Occultatum que incluye sus cuentos “Gul(a)” y “Sor Ana” (2018).

Página: www.facebook.com/pandemiaz

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