El jaguar y el lobo

 

Por Jesús Javier Castellanos

 

Ha oscurecido hará unos treinta minutos, la calle está desierta y hay cierta aura de intranquilidad. Una pareja de jóvenes anda alegremente de la mano, enamorados, como no. Una fuerte ráfaga de viento sopla, él la abraza para evitar que el viento la incordie demasiado. Detrás del chico aparece un ente, ¿humano?, va encapuchado de color negro, ríe y se presenta vagamente como Yaotl, emisario de Huitzilopochtli; el muchacho palidece al verlo, le pide a la chica que se retire, ella no lo entiende. Yaotl se quita lentamente la capucha con ambas manos y lanza una mirada fría a ambos, reconoce a su objetivo y sin perder la inquietante serenidad que lo rodea comienza a transformarse hasta convertirse en un jaguar antropomórfico de aspecto cruel. El muchacho grita para que la chica se retire, ésta lo atiende torpemente dejando vía libre en el instante en que Yaotl lo embiste mandándolo a varios metros. El jaguar, confiado, se toma su tiempo para acercarse a terminar con lo que parece una presa fácil, ante él no encuentra sino a un enorme lobo capaz de hacerle frente, y lo hace. El lobo arremete sin miramientos, muerde ferozmente al jaguar sobre su hombro izquierdo, éste responde lanzándolo de un manotazo, aparece un frasco de entre sus ropajes y vierte apresurado su contenido sobre la herida para detener la hemorragia. El lobo apresura nuevamente contra al jaguar, pero, Yaotl, mostrando sus dotes como guerrero y su control sobre esa aberrante forma, lo atrapa al vuelo y lo derriba, prepara su garra para terminarlo y…

Una chica llorando arrodillada, con la cabeza de su amado herido sobre el regazo, gritando por ayuda. Hay sangre en el lugar y en el cuerpo del muchacho, algo los atacó, algo salvaje y desconocido, algo que para el mundo no existe, y, aun así, casi lo mata.

 

 

3 de octubre de 1929

Elena.

No puedo sino pedirte encarecidamente que me disculpes, la razón de mi partida es para cumplir una tarea que debí haber realizado cuando murió mamá. Debo encontrar al abuelo, el antiguo guardián del pueblo donde nací, para que me guíe en la lucha que deberé tener con “Tlacatecolotl”, el monstruo que nos atacó hace tres noches.

Te pido de verdad que no me odies, traté de estar tanto tiempo como fuera prudente cerca de ti para asegurarme que lo que viste no había lacerado tu cordura ni tu cariño hacia mí, pero estar cerca solamente te pondrá en la mira de ese monstruo.

El ser que nos atacó la otra noche y que invocaba el espíritu de un jaguar es un mítico brujo que sólo busca poder, de niño pensaba que era sólo un mito, un ente inventado para que los muchachos de mi pueblo tuvieran miedo y se portaran bien. Fue cuando tenía cinco años, una noche apareció, no como un jaguar, sino como una quimera, iba cambiando mientras luchaba, búho, jaguar, mono, ciervo, lo que necesitara estaba a su alcance. Todos los nahuales del pueblo le hicieron frente, casi todos murieron, yo fui resguardado por el abuelo, quien quedó ciego tras la lucha. El pueblo terminó teñido de rojo, vísceras y sangre por todos lados; la escena fue tan impactante que mi madre decidió que nos marcháramos poco después. Deseaba nunca volverlo a topar.

Para ese entonces apenas sabía algunas cosas sobre lo que soy, había reconocido al espíritu que correspondía a mi alma y poco más. Al irnos yo quedé a la deriva, sin instrucción, todo lo que tenía era un cuaderno que el abuelo me había dado, me sirvió como guía por un tiempo, al menos hasta que ya no había nada nuevo que aprender ahí. El orgullo me hizo creer que ese era el máximo de mi potencial, que no necesitaba llegar más lejos, por otra parte, a los Tz’i’ suele vinculárseles el espíritu de un coyote, y mi nahual es un lobo, lo has visto; según la tradición, son las almas nobles capaces de conectar con espíritus fuertes en tiempos de necesidad.

Todo lo que aquí te he escrito, más lo que has visto aquella noche, no es un mero invento para justificar mi partida, debo encontrar al abuelo o al guardián en turno y pedir su ayuda, de otra forma dudo poder detener al Tlacatecolotl por mi propia cuenta y hasta hacerlo dudo mucho estar a salvo, o poder mantenerte segura. Elena, te quiero y no me perdonaría si algo te pasara por mi culpa, por ello te pido me perdones, te juro que volveré una vez haya terminado con esto.

Con cariño, Joaquín.

 

 

Jesús Javier Castellanos González. Originario de Morelia, Michoacán, México. Ingeniero recién egresado y escritor desde hace algún tiempo, no muy conocido. Introvertido y solitario, de noble corazón y temperamental. Me encantan las historias, leerlas, verlas, oírlas, vivirlas y sobre todo contarlas. Me conocen (las 3 o 4 personas que me leen) como «En un desierto», pero suelo firmar como Xavier Castellanos. Este relato retoma un concepto común en varias culturas mesoamericanas previas a la conquista, los nahuales, aunque en realidad es una mezcolanza de ideas pertenecientes a varias culturas (wixárikas, mayas y mexicas), mi intención con esto es despertar la curiosidad por esas historias de nuestra tradición que se han ido olvidando con el paso del tiempo. https://enundesierto.tumblr.com/

 

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