¿Le temes a la luna llena?

 

Por Richard Stingray

 

Cuando los dos agentes terminaron de interrogar al pequeño círculo de amigos de la joven desaparecida, comenzaron a escucharse cuchicheos generalizados por todos los corredores de la universidad. Se trataba de la segunda estudiante en menos de un año. Ya reunidos en el salón de clases, el profesor Voltai no pudo comenzar su cátedra de historia  sin mencionar  el asunto que flotaba en el ambiente desde que se supo de la desaparición de Susan Wexley el reciente fin de semana.

—¿Saben cuánta gente desaparece sin dejar rastro en ciudades como ésta a lo largo de un año en todo Estados Unidos? —  Inquirió el anciano profesor, con un acento húngaro que nunca se pudo quitar. Sus alumnos permanecieron en un silencio incómodo. —Pues decenas de miles. He estado revisando los reportes. Simplemente aquí en Chicago hay más de cuatrocientos casos abiertos sólo en este año. Muchos jóvenes se van de sus casas sin avisar, y son localizados después  por sus familias. Pero no pienso que sea el caso de Susan. Todos la ubicamos como una chica muy lista y  con aspiraciones; proveniente de una familia que la quería y con muchos amigos no sólo en la universidad, sino en toda la ciudad, debido a su labor como voluntaria. Su desaparición resulta extraña y duele mucho.

Los jóvenes permanecieron en silencio, apesadumbrados. De repente, una voz se escuchó:

—Deberíamos organizarnos para realizar una investigación por nuestra cuenta. No creo que a la policía le interese llegar al fondo de esto.

La propuesta provino del líder del grupo y capitán del equipo de fútbol, Julian Nystrom. De inmediato se ofrecieron cinco varones y seis mujeres; éstas  definitivamente atraídas por  la gallardía del rubio y robusto capitán. Los estudiantes se reunieron después de clases y acordaron reproducir el itinerario de la joven Wexley cuando salió de su casa la mañana del sábado anterior.  También pidieron a los padres de Susan la lista de las actividades que su hija realizaría el día que desapareció. Comenzaba con una visita de asistencia social a las personas de un asilo para indigentes en pleno centro de Chicago. Ella asistió puntualmente. Luego estuvo un par de horas en la biblioteca pública en cuya cafetería almorzó. Por la tarde trabajó en un vivero situado en las afueras de la ciudad. Los encargados del vivero respondieron a los jóvenes estudiantes lo mismo que lo hicieron con la policía; que Susan se mostró tan alegre y condescendiente ese día como siempre lo había sido. Se despidió de ellos a las 7:30 pm en punto. Al no tener automóvil, ella tomaba el autobús para regresar a la ciudad. Ahí terminaban las pistas. Algo le ocurrió en el trayecto de regreso. Los jóvenes se dieron cuenta que en la periferia del vivero se hallaba una zona boscosa muy densa y extensa. Decidieron recorrerla y se dividieron en dos grupos. Uno de ellos iba comandado por el propio Nystrom, un par de chicas y tres de los muchachos. En el otro grupo quien lideraba era Charlie Moss, muchacho alto y muy delgado de incipiente barba en la quijada; fanático de los relatos y comics de horror, quien había crecido en el campo del medio oeste y había aprendido todo lo relacionado con leyendas regionales y urbanas. Una de las chicas que iba con Charlie, Verónica Carson, le comentó que los bosques siempre le habían atemorizado gracias a una película que vio de niña, El Proyecto de La Bruja de Blair.

—Por fortuna eso está muy lejos de aquí—  pensó, temerosa.

Cuando acordaron, Charlie y Verónica se habían separado del resto del grupo. Estaban cayendo los últimos rayos de un sol algo bloqueado por el follaje de los inmensos árboles. En eso, ambos se sobresaltaron al oír el crujido de una rama cerca de ellos.

—Hey, ¿quién anda ahí? —gritó Charlie, engolando la voz para parecer más varonil —¿Eres tú, Howie? —volvió a preguntar—.  No hubo respuesta.

Ambos jóvenes decidieron retirarse hacia los vehículos con una prisa particularmente intensa. A pesar de lo abrupto y ruidoso de su retirada, alcanzaron a escuchar cómo crujían varias ramas detrás de ellos. Algo los estaba siguiendo. Aceleraron el paso. Después de descender por un pequeño terraplén se dieron cuenta de que estaban perdidos. Guardaron silencio. No lograron escuchar nada. Eso los calmó. Verónica sacó su celular del bolsillo de su abrigo y el GPS les indicó dónde estaban y hacia dónde tenían que ir. Ya estaban muy cerca de la salida del bosque cuando de nuevo escucharon unos pasos sobre la hojarasca. La ausencia de luz solar hacía imposible distinguir quién, pero venía hacia ellos. Se armaron de valor. Se escondieron detrás de unos árboles y cuando llegó el momento se abalanzaron ambos sobre su perseguidor.

—¡Ay!, ¿qué están haciendo?, ¡suéltenme! — gritó una voz  que escuchaban casi todos los días en la clase de historia.

—¡Profesor Voltai! ¿Qué hace usted aquí? —preguntó un sorprendido Charlie Moss.

—Pues los padres de algunos de ustedes se comunicaron conmigo para decirme su descabellado plan de jugar a los detectives y al ver que no regresaban me solicitaron venir a buscarlos. Incluso me acompañaron hasta acá. Vamos, los esperan angustiados.

—De acuerdo, profesor; sólo permítame un momento porque mi celular debe habérseme caído en la vereda anterior. Sólo es un segundo.

El joven Moss regresó al bosque pero no por la razón que expuso. Siguió las huellas de él y de Verónica hasta donde comenzaron a correr. Revisó el suelo y halló que junto a las huellas de ellos se hallaban las de un animal, uno que nunca vieron.  Charlie Moss comenzó a experimentar esa vieja sensación que tanto le gustaba al leer sus historias favoritas; una mezcla de fascinación y escalofrío le recorría la espalda. Esa noche no pudo dormir atando cabos.

El lunes siguiente Verónica Carson todavía seguía afectada por el incidente del sábado en el bosque, así que decidió irse temprano a casa. Ya fuera  de la universidad se topó con Julian Nystrom, quien le ofreció llevarla a su casa en su flamante convertible rojo. Sin dudar aceptó y abordó el vehículo.

—El profesor Voltai no debió entrometerse en nuestra investigación e involucrar a nuestros padres. Ahora todo mundo piensa que cometimos un error. Mis padres me prohibieron que volviera a organizar otra “excursión” a ese bosque —. Dijo el fornido atleta.

—Pues a mí me parece que tienen razón; dejemos el asunto a quienes realmente corresponde investigarlo.

Los pliegues de la falda de Verónica  mostraban su sexy anatomía; cosa que de inmediato fue notada por Nystrom, quien miraba de reojo esas piernas largas enfundadas en medias oscuras.

—Muy bien, lo haremos. De cualquier manera no fuimos capaces de hallar ninguna pista acerca del paradero de Susan. Oye, cambiando de tema, ¿qué tienes pensado hacer este viernes por la noche? Te invito a una reunión en la casa de  Hill Crest Road. Te prometo que no te arrepentirás. Sólo que no corras la voz con nadie pues es un evento privado y muy selecto.

—Mmm, no sé, tengo mucho qué estudiar; pero lo pensaré. ¡Gracias por el viaje! — Se despidió la chica de largo cabello oscuro y atractiva figura.

Mientras tanto, Charlie Moss se hallaba leyendo unos viejos volúmenes en la biblioteca de la universidad cuando fue interrumpido por su maestro de historia.

—Señor Moss, qué agradable sorpresa verlo aquí y no rondando en medio de los bosques. ¿Qué lee?

—Pues historias de criaturas míticas de los bosques.

—Ah, qué interesante. De donde yo vengo los bosques están poblados de criaturas sobrenaturales; algunas amistosas y otras… no tanto. ¿Usted en cuáles está interesado?

—Pues en unas no muy amistosas. Iré al grano, profesor. Hay una posibilidad de que en el bosque, junto al vivero, haya una bestia suelta. Y quizá sea eso  responsable de la desaparición de Susan Wexley.

—Vaya, vaya, jovencito; nunca imaginé que un millennial como usted pudiera tomar en serio las viejas leyendas del folclor.

Charlie relató al profesor la escaramuza que sufrió junto a Verónica Carson. Y luego lo de las huellas.

—No puedo decirle que todo lo que se la ha ocurrido a usted es una mera fantasía. Este mundo es muy extraño y cosas más raras he visto pasar a lo largo de mi vida. Mi consejo para usted es que debe permanecer con los ojos bien abiertos.

Llegó el viernes y Verónica, residente en una casa estudiantil, se vistió y maquilló con especial cuidado. Sabía que esa noche algo romántico podría ocurrir con el apuesto capitán Nystrom, y ella no iba a decirle que no. Se puso en los labios su mejor color y delineó sus grandes ojos oscuros. Salió de la residencia enfundada en un abrigo y sin decir a nadie donde iba, justo como lo pidió Julian. O bueno, a casi nadie. Cuando llegó, encontró que la casa estudiantil de la facultad triple alfa, en  Hill Crest Road,  lucía majestuosa pero no había ninguna señal de fiesta. Recordó que Julian le dijo que se trataba de un evento privado. Cuando estaba por tocar el timbre de la propiedad vio que se aproximaba el convertible rojo del rubio atleta.

—Hola señorita, es noche de luna llena y no es conveniente que ande sola; ¿puedo llevarla?  —Hola Julian, ¿acaso la reunión no es aquí?

—Jajaja, no. Este sólo es el punto de reunión. Vamos, sube.

La joven subió al vehículo sin mostrar signos de preocupación o extrañeza. Confiaba enteramente en su capitán. El convertible tomó la carretera hacia las afueras de la ciudad y se detuvo en un sitio que a la joven Carson le pareció familiar. Se trataba de la entrada que daba al bosque adyacente al vivero.

—¿Qué hacemos aquí, Julian? Si es una broma es de muy mal gusto.

—No es ninguna broma. No te asustes. Mis amigos y yo buscamos los lugares más estrafalarios para hacer nuestras reuniones, eso es todo. De seguro ya están todos ahí y  creo que puedo oler que ya encendieron una fogata. No me digas, ¿le temes a la luna llena?

—No, no es eso. Sólo que me parece muy extraño que hagan su reunión aquí.

Verónica no tenía intención de acompañar a Julian al interior de ese bosque siniestro. Sin embargo no quería pasar como una niña cobarde y asustadiza, así que ambos se internaron por la vereda hacia lo profundo de un bosque de sombras.

Charlie Moss llegó a su casa y al revisar sus mensajes halló uno de su mejor amiga, Verónica Carson. Le indicó que iría a una reunión en Hill Crest Road. Charlie tragó saliva. Sabía cómo eran ese tipo de reuniones. De inmediato intentó llamar a su amiga, pero no respondió. Lo que sí pudo hacer fue rastrear la posición del celular de Verónica con el GPS. Vio que la marca se situaba en medio del bosque que habían visitado. Charlie salió entonces corriendo a la cochera, tomó las llaves de su auto y emprendió  el camino lo más rápido que pudo.

Verónica no se dio cuenta de lo que estaba pasando, pues una mano le había cubierto la boca con un pañuelo lleno de un fuerte anestésico. Fue cargada por tres de los doce muchachos de la confraternidad triple alfa hasta un altar, junto a una gran fogata. Ahí Julian, su líder, expresó unas palabras en latín cuya traducción literal era: “Hágase la voluntad del más fuerte”. Se trataba de un rito sexual que llevaban a cabo con cada equinoccio; sólo que las cosas habían salido mal con Susan, a quien mataron accidentalmente. Esta vez sí tendrían su recompensa y todos gozarían del cuerpo de Verónica Carson. O al menos eso es lo que pensaban hacer.

De pronto, una sombra surgió de la periferia y se ocultó detrás del fuego mismo. Los muchachos no daban crédito cuando escucharon un descomunal aullido y vieron saltar hacia ellos desde  las llamas la enorme y oscura figura de una bestia bípeda cubierta de pelo, ojos incandescentes,   tremendas garras y fauces que de inmediato hicieron jirones las ropas y la piel de los tres muchachos que presidían el rito. Los demás huyeron despavoridos. En ese momento Verónica despertó y vio a la criatura inclinada, todavía con las fauces hundidas en el cuerpo sin vida de Julian Nystrom. No quiso hacer ruido; sin embargo la bestia dio un salto, llegó hasta Verónica y la sujetó entre sus garras. La joven Carson pensó que su vida llegaría a su fin. A punto de desmayarse nuevamente, vio como la bestia fue cambiando de forma hasta tomar la de Susan Wexley.

—Si no lo hubiera visto no lo hubiera creído  —.Dijo Charlie Moss, aproximándose a la escena y todavía sorprendido. Se quitó su gabardina y con ella cubrió el cuerpo desnudo y tiritante de la joven Wexley. Él había leído que los espíritus de los indios Illinois tenían el poder de invocar al Gran Ancestro Lobo Gris; pero no pensó jamás ser testigo de ello.

A partir de entonces se desarrolló una fuerte amistad entre Charlie, Verónica y una sorprendida y renacida Susan Wexley. Para la policía, un caso fue cerrado con bien; y otro quedó permanentemente abierto. Ningún lobo se había visto en Chicago en 200 años. Algunos habitantes de la periferia del bosque prefirieron mudarse a otro estado.

 

 

Richard Stingray, escritor, músico, conferencista y profesor de ciencias; ha colaborado en la revista Contenido y en 2002 participó en el libro Fósiles de México, una ventana a través del tiempo.                                                           

 

 

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*