Monstruos

 

Por Rigardo Márquez Luis

 

La urbanidad se había difuminado durante las primeras horas del viaje, el decrépito autobús chisporroteaba al andar, tanto que ahuyentaba el sueño. En el interior de la unidad la oscuridad reinaba por doquier, la mayoría de los pasajeros dormitaban, aunque su número era reducido, ya que pocos solían viajar a Catemaco por la noche debido a las supersticiones que rodeaban a la famosa ciudad de los brujos. Sin embargo, para Judith esos argumentos eran risibles, ella era una mujer atea, se regía por el método científico y siempre sostenía el ideal de que todo, absolutamente cada cosa en la naturaleza tenía una lógica, y nada era absurdo. Judith no residía en el pueblo desde hacía varios años, ella se mudó debido a los estudios, se graduó en medicina, y llevaba trabajando en la ciudad ya cinco años. Sin embargo, debía volver para arreglar unas cosas testamentarias.

El paisaje le producía un gran contraste, ya que estaba acostumbrada a lo hermético y lo mecánico del metro, en cambio ahora, ante ella se extendían enormes páramos negruzcos de frondosa vegetación, aunado a esto la lluvia se soltó de forma violenta. Judith no cerró la ventanilla ya que el olor a tierra húmeda le fascinó, acto seguido se colocó los audífonos para disfrutar de la atmósfera hasta quedarse dormida.

De forma súbita un golpe atronador despertó a la chica, que adormilada intentó ponerse de pie. El autobús había caído en un enorme socavón, por lo cual el conductor descendió de la unidad para inspeccionar el estado del transporte. El hombre calmó a los pasajeros, y bajó para revisar el desperfecto. Judith simplemente se acomodó en el asiento y observó el cielo, allí en el eterno páramo celestial una magnánima luna llena resplandecía con su manto selenita. Sin previo aviso el silencio funerario se rompió al resonar un aullido infernal que les puso la piel de gallina a todos. Inclusive Judith se acongojó de forma instintiva, por lo que miró a través de la ventanilla, allí sólo vio cómo los árboles comenzaron a mecerse de forma extraña. Justo en aquel momento la puerta se abrió dándoles un gran susto a los pasajeros, pero simplemente era el conductor.

—Lo siento, el eje se ha averiado, no podremos continuar, es debido al mal estado de la carretera, pero no se preocupen, la autopista federal se encuentra a unos kilómetros, iré a pedir ayuda, ustedes deben permanecer en la unidad. —dictaminó él.

Los viajeros emitieron su descontento, pero el conductor les hizo saber que la seguridad era su responsabilidad, por eso sólo él podía ir a pedir ayuda, les informó que cerraría la puerta y regresaría en unas horas, que por esos rumbos sólo había coyotes o perros salvajes, que no debían preocuparse y se fue.

Judith se encontraba pensativa, quizás era una persona poco sugestionable, pero no era estúpida, siempre era precavida, por lo cual sacó de su bolso una navaja para su defensa personal, por si las cosas se salían de control. Las horas siguieron su andar, eran casi las dos de la mañana, cuando un ruido aterrador despertó a todos, era un sonido irritante, parecía el choque entre dos superficies metálicas, las cosas se pusieron tensas ya que se comenzó a escuchar una respiración entrecortada, algo se estaba acercando por la parte trasera del autobús, y de la nada la unidad fue vapuleada con una fuerza demencial dejando a todos en el suelo. Lo que terminó por enloquecer a los pasajeros fue el gritó de una mujer que se encontraba en la parte delantera, ella sólo tartamudeaba señalando hacía afuera, y entonces otro aullido les heló la sangre. Algo se abalanzó contra la puerta abriéndola con facilidad, la oscuridad no dejaba ver de qué se trataba, pero los pasajeros comenzaron a gritar de terror. Judith percibió el hedor ferroso de la muerte, pues ya estaba acostumbrada a ese olor, por lo que se levantó y corrió hacía el baño encerrándose sin darle tiempo al raciocinio. Los alaridos de horror, y los gritos de auxilio pararon de repente, y Judith supo que era su turno, por lo que se posicionó sobre la puerta para ejercer presión y evitar que lo que estuviese afuera entrase. Pero la fuerza de la mujer no fue suficiente, fue lanzada violentamente, y fue que un remanente de todas las pesadillas se hizo presente en la ranura de la puerta, el enorme hocico de la bestia ya estaba entrando, Judith se lanzó contra él, ella usó su navaja para apuñalarle la cara, esa cosa emitió un chillido de dolor y retrocedió. Judith tenía unos segundos para decidir si vivía o moría. Un momento después la bestia destrozó con sus enormes garras la puerta, pero no encontró a la mujer, únicamente halló la ventana del baño rota.  La cosa se dio la vuelta y desapareció.

Horas después, el conductor se encontraba limpiando el autobús, él estaba usando los audífonos de Judith, por lo cual no escuchó cuando el compartimiento del baño se abrió, una menuda figura se acercó a él por detrás y sin piedad le apuñaló.

—¿Cómo es que superviviste? —preguntó él visiblemente aterrorizado.

—De una manera sucia y desagradable como puedes ver, me oculté en el cubículo de la mierda, pero eso no es lo importante, el corte que te hice es profundo, no es mortal por ahora, pero si no te atienden te desangraras, ahora si quieres vivir dime ¿Qué diablos era eso? —preguntó Judith con un gesto psicopático.

—No es personal, yo tengo que hacerlo, la vieja me paga muy bien, además tú la viste, es un monstruo, si no le obedezco me matará. —respondió él.

El hombre le relató que una anciana vivía en lo profundo del bosque, ella tenía poderes demoniacos, y que se podía transformar en una mujer lobo. Ella le daba monedas de oro si cada mes le ofrecía personas para devorarlas. Judith clavó su navaja varias veces en diversos puntos fatales, dejando que el conductor se desangrase. Acto seguido tomó su maleta y se dirigió hacia el bosque.

Luego de caminar por cuatro horas, en la parte más profunda del monte, se encontró con una cabaña en paupérrimas condiciones. Ella se dedicó a rociar la casa con gasolina que había extraído del camión. Judith entró a la cabaña sin ningún bosquejo de miedo, allí frente a ella se hallaba una anciana obscenamente obesa quien se encontraba tirada en la cama.

—¿Así que viniste? Déjame felicitarte, nadie antes había escapado de mí, aunque quizás sea que me estoy haciendo más senil, pero no importa, deberías estar orgullosa, y no ser estúpida, no podrás matarme, no hay nada que pueda acabar conmigo, tengo casi doscientos años—. Dijo la vieja, quien carecía del ojo derecho, ya que Judith se había encargado de herirla.

—No eres invulnerable, la naturaleza no está loca, únicamente eres una abominación, una deformidad de lo natural, lo que se debe hacer en estos casos es suprimirte. —sentenció Judith sacando un arma de su bolsa, pero una ventisca nauseabunda se hizo presente y de la nada la anciana tenía tomada del cuello a Judith.

—¿Crees que esa arma te servirá conmigo? Soy algo inhumano, he vivido más que otras como yo, justo hace unos meses los malditos habitantes del pueblo quemaron a mi hija, la atraparon devorando a unos niños, y la condenaron a morir al ser una mujer lobo, por eso no tengo quien me provea de alimento, únicamente ese pobre diablo me trae viajeros de vez en cuando —. Gritó la vieja.

—No, el arma era para llamar tu atención y así te acercaras a mí —. Replicó Judith quien clavó una jeringa en el cuello de la anciana.

—¿Qué me hiciste maldita? —gritó ella.

—Un coctel de varias drogas, supuse que, si usaba algún sedante común, no te haría gran efecto, por eso mezclé varias sustancias potentes, de hecho, si fueses humana, ya hubieses muerto de un infarto. Así que supongo que únicamente podrá retenerte unos minutos, lo cual es suficiente para terminar contigo —. Precisó Judith dirigiéndose hacia su mochila de la cual extrajo una botella de gasolina que derramó sobre la obesa mujer.

—¡Espera! No te apresures, tengo un tesoro, debajo de la cabaña hay doblones españoles, puedes tomarlo todo, pero no me mates —. Rogó ella.

—Es buena oferta, pero déjame contarte algo. Hace unos años, yo tenía una gran amiga, ambas éramos muy unidas, hasta que un día desapareció, lo recuerdo muy bien, encontraron su cadáver al otro día completamente destrozado, todos dijeron que había sido un criminal, un loco, un enfermo, o que había sido el diablo, y por eso me fui del pueblo, no obstante, ahora todo está claro, no me importa si fuiste tú o tu jodida hija, pero una de ustedes devoró a mi mejor amiga, y por eso pagarás —. Aseveró Judith prendiendo un cerillo y lanzándolo contra la vieja que en unos segundos fue devorada por un jardín de rosas ígneas.

Judith simplemente se quedó admirando cómo las llamas abrasaban la retorcida cabaña, luego dio media vuelta perdiéndose entre el monte.

 

 

 

 

Rigardo Márquez Luis (México, 1985). El Ausente (2017) Revista Nictofilia No 2. El hada de lo mórbido (2017) Antología de literatura grotesca. Fóbetor (2017) Revista digital Letras y demonios. La sesión (2017) Revista digital Letras y demonios. Papá Hoodo (2017) Tercer lugar en el concurso de circulo lovecraftiano de horror. Editor de la antología mensual de terror “Tenebrarum”.

 

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