Transmigración licántropa

 

Por Ariel F. Cambronero

 

Una niña, de apenas siete años, y un hombre lobo se sentaron a la mesa. Se encontraban en una casa cualquiera de una ciudad cualquiera. Un espejo, circundado por una serpiente de plata, los vigilaba desde el techo. Reflejaba casi toda la habitación. El marco serpentiforme poseía una «A» y una «N» rojas grabadas en el oeste y el este, respectivamente. Estaban separadas por el cristal. En la parte norte de la víbora, se hallaban las fases crecientes de la luna y en el sur, las fases decrecientes.

Ella fijó los ojos en el hocico de su compañero, mientras se manoseaba la vagina con los dedos recién chupados. Él, por su parte, babeaba descomedidamente ante el convite que le había preparado la pequeña con tanto esmero. Era uno de sus platillos favoritos: humana preñada de siete meses en su propio excremento. Advirtió que la embarazada forcejeaba en un intento frenético por escapar de su destino. Sin embargo, le habría sido imposible huir: sus extremidades habían sido convertidas en inútiles tiras de carne.

—No te preocupes, me aseguré de triturarle bien los huesos para que no arruinara la ceremonia —dijo la niña con tono seductor.

Él se giró hacia ella y le plantó un beso en la frente. Posteriormente, sin vacilación alguna, se abalanzó hacia la mujer. De un puñetazo le atravesó la vagina. La desgraciada se aspó sobremanera: vomitó millones de baladros y tornó la vista en blanco como una posesa. Entre carcajadas, la bestia hurgó con avidez en su interior hasta aprisionar al feto entre sus garras. Se lo desprendió del vientre de un tirón. La desafortunada miraba a su hijo con los ojos inundados en lágrimas, rogándole al cielo misericordia. Ruegos que nunca fueron atendidos. Ruegos que alimentaron la risa de sus torturadores. Él observó al bebé con asco y desgano: se retorcía como un caracol sin su concha, llorando desesperado por regresar a su progenitora. Conforme el llanto aumentaba, el hombre lobo pronunciaba el ceño de forma exagerada y chirriaba los colmillos una y otra vez.

—No pierdas el tiempo con esto —lo sorprendió la pequeña.

Le arrebató al sietemesino y se retiró del lugar.

Tras sacudir la cabeza, el licántropo prosiguió con su banquete: brincó a la mesa y, con el pene erecto, desgarró el ano de la madre en una serie de embestidas brutales. La pobre explotó en alaridos y súplicas, y luego no le quedó más remedio que deshacer su lengua a mordiscos. Excitado por el sufrimiento de su víctima, le arrancó los senos y la cara con sus garras. Hiperventilando y sobreexcitado, le tatuó un tajo bien profundo en la garganta. La mujer empezó a convulsionar como una sanguijuela. Impulsado por las convulsiones y por la sangre que se fugaba del cuello de su presa con impaciencia, saltó sobre ella: le introdujo el falo en la herida que le acababa de fabricar y excavó en su estómago zarpazo tras zarpazo hasta desenterrar sus intestinos.

La niña regresó con una pesada licuadora entre las manos. Dentro de esta, el feto se retorcía con debilidad. Al entrar, no pudo contener un orgasmo ante la imagen que se encontró: su lobo se restregaba contra las sobras del festín que se habían desparramado al piso. Con la respiración acelerada, corrió hacia el cadáver y bebió de la mezcla de sangre y semen que brotaba de su garganta. Satisfecha, conectó el artilugio a un enchufe que emergía de la pared más cercana y lo encendió: el bebé se transformó en un torbellino de carne que terminó por salpicarle la cara. Desconectó el aparato. Engulló con ansiedad el batido de feto en siete tragos. El licántropo la avizoraba de arriba abajo, otra vez erecto y goteando semen, mientras relamía el suelo.

—Aún falta el postre, amor —musitó ella.

Aplaudió dos veces: dos párvulos entraron tomados de la mano, completamente desnudos. Si acaso podían tener unos seis años. Exhibían varios moretones cincelados por todo el cuerpo. Con la mirada vacía, caminaron con torpeza hacia la bestia. Legítimos zombis. Apenas se encontraron a su alcance, haló a uno de ellos y lo empaló con su pene de un sentón. El pequeño se batía como un muñeco de trapo con cada embestida. Lloraba sin expresión alguna. Al poco tiempo, el depredador se hartó de su ano: lo sujetó del pelo y le clavó el miembro en la boca repetidas veces, hasta obligarlo a vomitar. El pobre, con la cara y los ojos rojos como la sangre que le fluía del ano, continuaba con la cara hueca. A pesar de llorar y vomitar, era un títere de semblante vacío, un simple objeto con forma de niño. Ante tal escena, la chiquilla estaba a punto de convulsionar: respiración entrecortada, masturbación agresiva, gemidos in crescendo… Sencillamente era imposible contenerse más: ¡debía alcanzar otro orgasmo! Hiperventilando, reconectó la licuadora y alimentó las aspas con uno de sus pies.

El licántropo continuaba con su faena. Se carcajeaba de la felicidad al admirar el rostro del infante pintado de vómito, llanto e infancia corrupta, su combinación preferida, a la vez que seguía atragantándolo con el falo. De reojo, se percató de las nalgas del otro pequeño, que hasta el momento había permanecido petrificado como una efigie. Se relamió el hocico. Sin liberar al primero de la felación, asió al otro del cabello y lo sentó sobre el morro: le olisqueó el ano y se lo chupó hasta lograr que el pene del niño se endureciera. Tras conseguirlo, lo recostó sobre su barriga y lo violó metiéndole el brazo lo más hondo que pudo. Tras sacarlo, admiró su obra de arte: el culo del párvulo escupió un acordeoncillo de carne, adornado con caca y escapes de sangre, que le impregnó un tufo con notas férricas y rancias en la faz. Se desternilló a carcajadas.

La niña apagó de un manotazo la licuadora. Reptó hasta donde yacía el hombre lobo. Se colocó sobre su boca. Pujó y pujó hasta defecar una cascada de excrementos y una legión de anélidos que se retorcían con embriaguez. Él mascó los parásitos y los pocos trocillos de caca sólida hasta formar una pasta que se le terminó escabullendo por las comisuras. Tras aspirar una gran bocanada de aire, ella extrajo una daga de una de las bolsas de su vestido: mango negro y hoja de plata con dos letras rojas en medio: «M» y «O».

—Es hora… —le anunció él, lloriqueando de manera teatral.

Ella asintió con un movimiento de cabeza.

Con el arma, le escribió en el vientre las mismas letras que esta poseía en su filo. Las trazó al revés, sin alterar su orden, para que se reflejaran bien en el espejo. Quedaron alineadas, en medio de la «A» y la «N» del marco. De súbito, asió a uno de los niños y lo degolló. La sangre bañó los grafos en la barriga del lobo: una jauría de lamentos se escuchó rebotar entre de las paredes del cuarto. Aprehendió al otro… también lo yuguló: una bandada de gritos se estrelló contra el suelo. Algo vacilante y tras derramar unas cuantas lágrimas fementidas sobre su colega, le rebanó la garganta: un enjambre de risotadas estremeció el techo durante un minuto con seis segundos . El espejo, cual luna nueva, se tornó totalmente negro.

Decidida, se tumbó sobre el pecho del licántropo y, con las piernas lo más abiertas posible, acuchilló su vagina de manera fúrica, in crescendo. Después de un gemido de involución completa, la oscuridad del espejo se precipitó como una cascada dentro de su boca. La niña se aspó sobremanera: una legión de muecas le deformó el rostro y su cuerpo se contorsionó como si careciera de huesos. Una completa masa humana desesperada por hallar una nueva forma. Duró así tres días, entre blasfemias, metamorfosis y convulsiones.

A la tercera noche, por fin recuperó el dominio de su cuerpo. Se viró hacia su compañero y sonrió: debajo de ella ya no yacía el licántropo, sino un sacerdote con la sotana destrozada, sin pantalones y con una sola pierna sobre un charco de mierda y parásitos. En lugar de pene, poseía una vagina lacerada hasta el cansancio. La niña, con una risilla trémula, alzó la vista hacia el espejo para constatar su obra. Ya no había ninguna letra ni en el marco ni en el reflejo. Se carcajeó. Se transfiguró en el hombre lobo que había sacrificado: testa de lobo, patas de lobo, hambre de lobo, figura de humano… Una completa y satisfactoria transmigración licántropa.

 

 

 

 

Ariel F. Cambronero Z. (Costa Rica, Heredia, 1993) cursa la carrera de Literatura y Lingüística con Énfasis en Español en la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA). Ha publicado algunos poemas en las revistas Factum (2014), Conexiones (2015) y Revista Literaria Monolito (2018). Ha participado en los recitales de poesía centroamericana Tierra de poetas (2015) y Feria Caleidoscopio del aprendizaje de lenguas extranjeras (2017).

 

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Correo electrónico: arielcc@hotmail.es

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