Bous a la mar

 

Por Arturo Martínez

 

Dentro de las joyas que resguarda el instituto indigenista, destaca la siguiente codificación de un extinto pueblo emparentado con los conocidos Huaves del golfo de Tehuantepec. Incluyendo, para mayor patetismo, la singularidad de ser este el último registro previo a la desafortunada irrupción de grupos paramilitares dentro de su territorio.

— ¡Fuego de San Telmo[1], ten piedad de nosotros!

Estás fueron las palabras del sabino, quien nos ha llamado a todos antes de fusilar al zambullidor y dar por iniciadas las fiestas del Corpus cristi.

Dicen que el ave es un mensajero, que lleva recados entre en cielo y el infierno, por eso se echa clavados, pues por medio del agua encontró un atajo entre los dos y dicen también que sus pies nunca tocan el suelo.

La descarga del rifle retumba en la plaza, la bala atraviesa al ave y esta cae del palo donde se encontraba amarrada. Enmascarados la desatan y la entregan al Sabino. Un grupo disímil de personas que representan animales, extranjeros y espíritus. Todos portamos una de estas máscaras, piel deshabitada por la eternidad, desde niños se nos son asignadas para cuidarlas, hechas de madera del árbol sagrado para así poder interpretar esa parte del mundo, que, de no tomar prestados nuestros labios, no tendría voz.

Yo soy la mujer tortuga, «Concepción del mar», esposa del Minotauro náufrago: últimos herederos de nada, o al menos nada visible desde que somos custodios de una identidad que se oculta y se disfraza.

Dicen que el mensaje es para nosotros, los verdaderos nosotros, los desplazados a la orilla del mar, la gente que se pudre en la humedad. Como cada año evocamos el tiempo en el que el orden del mundo estaba en riesgo de revertirse: ndiligueay mundo, es decir “transformarse el mundo, voltearse al revés”.

El Sabino toma al ave por el cogote y es por ahí mismo donde comienza a cortar. Su navaja se abre paso en medio del pecho y entre el estómago del animal, pero cuál es su sorpresa cuando dentro del mismo aparece un botón, seguido de un cáñamo fino como el de las redes de pesca, pero estas redes no atrapan sino basura, uno a uno el Sabino va retirando pequeños objetos de plástico cuyo origen nos es cada vez más increíble y ajeno.

— ¡Han decidido poner fin a toda carne, han decidido hundir al mundo en tinieblas!

—…Cuando el caracol no estaba horadado, pidió ayuda a los gusanos, «se escuchó casi como un murmullo»

Los hombres y mujeres ataviados en las pieles de los Tar, los extranjeros, se regocijaban ante el horror producido por la escena del desuelle. Dicen que vino del Mar, una ausencia lejana, mal augurio de un rencor anciano, la insoportable verdad de quién se sabe finito.

— ¡Fecundó la muerte, nos trajo la lluvia! —gritaban.

Dicen se les apareció en sueños de su lado izquierdo, de abominable figura; en especial le miraron la boca, porque les habló. Parecía que le salía la gran llama del cuerpo, que estaba todavía clara y sin sombra.

— Se volverá a juntar el cielo y el infierno.  En nuestras selvas enfermizas errarán el tigre carnicero y el audaz olhua, como los fantasmas descritos por las terribles tradiciones —.Acompañó a los Tar el Sabino.

Polvo de certezas anunciando el vendaval, mal incurable, miradas de hombre que se llenan de mar. De pronto yo misma me encontré cubriendo con el corazón, mis brazos y mi alma el robusto cuerpo de mi marido, mientras la desesperanza batía sus alas sobre su espíritu; el cual, como si se tratara de un niño al que debía de consolar, hundía su rostro en mi pecho, de donde nació una melodía tan vieja como la luna y que una a una las mujeres del pueblo me ayudaron a cantar para así apaciguar a los hombres, a los niños y a todos aquellos que no logran comprender.

— ¡Rompió el silencio, nos dio un estruendo, un alarido, el horizonte y un mañana! —contestaron.

Ese fue el mensaje y eso fue lo que se escuchó y eso es lo que se nos dio: muerte y destrucción. Lo ignorábamos pero ya era hora, ya era justo y ya era necesario. Estábamos listos para enfrentarlo, como cada ciclo, como cada año.

 

Cuento de Carlos Arturo Martínez Miranda

Nacionalidad Mexicana 

Twitter @ElmitodeSisifo

 

[1] El fuego de San Telmo tiene su origen en la electricidad estática de la atmósfera y podríamos definirlo como un resplandor luminoso semejante a pequeñas chispas que saltan de los objetos metálicos y punzantes durante una tormenta intensa. Los navegantes conocían bien estos fogonazos puesto que se formaban en las puntas de los mástiles de los barcos, y aunque parecían estar en llamas, no se quemaban.

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