Chasquidos

 

Por H. A. Camacho

 

Lo que Antonio vio esa noche, justo después de abrir los ojos, le revolvió el estómago. Un enorme escarabajo negro que se retorcía con crujidos de hoja seca y chasquidos, muy cerca de su rostro. Demasiado cerca en realidad. Podía verle a detalle los ojos, cuentas brillantes incrustadas en carne blanda; podía verle los cuernos, protuberancias desproporcionadas que se mecían con el traqueteo del animal; y podía verle también las mandíbulas, una maraña de pinzas que chocaban unas con otras. Todo brillante, todo bañado con luz de luna.

Por instinto, y quizá por asco, Antonio echó la cabeza atrás y quiso levantarse de golpe. Pero no pudo. Se descubrió inmovilizado, atado a una derrumbada silla y con la mejilla pegada al suelo.

―¡Mierda! ―gimió, y se revolvió en sus ataduras.

El bicho giró sobre sí mismo con sus patas, que más bien parecían garfios llenos de púas, y se alejó corriendo. Un escalofrió recorrió la espalda de Antonio mientras escuchaba las patillas del animal rasguñando el piso. Allá, hacia donde la criatura había huido, Antonio vio un enorme ventanal sin cortinas por donde entraba la luz de la luna y frente a éste, una silueta sentada en una silla. La silueta de un hombre con la espalda bien recta y pegada al respaldo.

Antonio se revolvió de nuevo y reconoció el tacto y el sonido de sus ataduras: cinta canela. Ya lo habían atado antes con ella, sí, el Flaco lo había hecho, ¿quién más si no? El maldito Flaco y sus estúpidas bromas.

―Mierda ―gimió de nuevo.

«Que no sepan que te afecta ―se dijo―, o nunca van a parar». Y esperó. Esperó a que una lluvia de risas le cayera encima, o que tal vez un grupillo de chicas lo maquillara contra su voluntad, o que el Flaco regresara con el escarabajo.

Pero no ocurrió nada. ¿Por qué diablos el idiota sentado frente al ventanal no se movía ni hablaba? ¿Cómo esperaban que terminara la broma? ¿Pararían si gritaba?

«No. No les voy a dar la satisfacción», pensó Antonio. Luego se revolvió otra vez, con lo que descubrió una pequeña y afilada punta cerca de sus muñecas, quizás un clavo salido.

―Habrá muerte ―dijo una voz que hablaba con chasquidos y que parecía venir del idiota sentado frente al ventanal―. Eso es lo único que falta.

Antonio miró a la silueta, y luego a su alrededor. Encontró círculos de sal rodeando su cuerpo. «Así que de esto va la broma, eh ―se dijo―. El típico ritual pagano, satánico o lo que sea». Y comenzó a desgastar sus ataduras contra el clavo salido de la silla.

―¡Ya estuvo bueno, Flaco! ―soltó, pero se arrepintió de hacerlo; su voz había salido ahogada y trémula.

―Solo la muerte puede terminarlo ―respondió la silueta con sus asquerosos chasquidos―. Sólo cuando el acero atraviese la carne.

Mientras luchaba contra la cinta, e ignoraba las idioteces que decía el tipo, Antonio se arañó las muñecas con el clavo. No le importó. Una vez libre, el maldito Flaco se enteraría de lo que era capaz. Pero justo cuando la cinta crujía y comenzaba a reventarse, vio algo que le paralizó el cuerpo: uno, dos, cuatro, seis, diez, más, muchos más; una perfecta fila de escarabajos, cada uno igual de hinchado y deforme que el anterior, todos crujiendo y chasqueando. Provenían de algún lugar detrás de Antonio y se perdían en las sombras, a los pies del tipo sentado frente al ventanal. ¿Por qué se comportaban así?

―Muerte ―dijo la voz, ahora más pastosa―. El acero debe atravesar la carne.

Antonio dio un último tirón a la cinta contra el clavo y consiguió liberarse. Fue a ponerse de pie, pero sus piernas flaquearon y la cabeza le dio vueltas. Retrocedió, tropezó con la silla y cayó de posaderas, los ojos fijos en la fila de escarabajos que parecía no tener fin.

«¿Cómo…, cómo es posible que hagan eso?».

Entonces lo supo:

«No, esto no es una broma».

―¡Vete a la mierda! ―le gritó a la silueta. Luego gateó atrás sin quitarle los ojos de encima al tipo y a sus escarabajos.

Se detuvo cuando sus manos chocaron con algo, una especie de bulto. Echó un vistazo. Se trataba de un hombre, o más bien, el cuerpo de un hombre; tendido boca arriba con las manos engarrotadas y el rostro desencajado. En su vientre se abría una herida larga y profunda, con un herrumbroso machete clavado entre las costillas. De ahí emergían los escarabajos.

―El acero debe atravesar la carne ―repitió el tipo, mientras Antonio recorría con los ojos el filo del machete―. La muerte debe perpetuarse con genuino deseo de matar, pero inconsciente de su propósito real.

Temblorosa, la mano de Antonio asió el mango del machete y lo liberó del cuerpo. Se puso de pie, las piernas de goma, y miró por encima del hombro a la estúpida silueta.

«Eso quieres, ¿verdad, hijo de puta? Quieres muerte, quieres matarme».

―El acero debe atravesar la carne ―seguía el otro.

―Oh, la atravesará ―gruñó Antonio.

Y se lanzó contra la silueta, el machete a dos manos como un bate de baseball. El acero silbó en el aire y luego se incrustó en el pecho de la silueta como un hacha en un tocón. Antonio retrocedió con pasos torpes, mirando con los ojos casi fuera de sus cuencas.

Ahora que se encontraba más cerca, pudo distinguir el rostro del tipo.

―¿Fla…, Flaco?

El Flaco se encontraba también amarrado a la silla, con la cabeza y la espalda bien firmes contra el respaldo. Una gruesa mordaza de cinta le cubría la boca y sus ojos iban y venían, del machete a Antonio y de regreso.

―El acero ha atravesado la carne ―dijo la voz de chasquidos. Un escarabajo salió de detrás de la silla y trepó por los hombros del Flaco―. Ya se ha abierto el paso.

Antonio miró sus propias manos.

―¿Se ha abierto el paso? ―masculló.

Entonces, con una avalancha de chasquidos, la fila de escarabajos subió por el cuerpo del Flaco y penetró en él por la herida recién abierta. Antonio retrocedió tembloroso, con las manos sobre la boca y los ojos abiertos de par en par, viendo cómo los escarabajos abrían la carne y se empujaban dentro.

De un momento a otro, el cuerpo del Flaco se llenó de espasmos y de bultos que corrían bajo su piel. «¡Los putos escarabajos!». Luego, reventó sus ataduras con un movimiento imposible de clavículas y el machete salió volando. Se puso de pie, tambaleante como un títere, y caminó hacia Antonio. Todas sus articulaciones crujían. Al cabo, abrió la boca y habló con aquella voz llena de chasquidos:

―Un ritual complicado. ―Sus labios no se movían. Dentro, entre los dientes y la lengua, un par de escarabajos correteaban. Sus manos se plantaron sobre los hombros de Antonio, quien ya no podía moverse ni pensar―. Ahora ―continuó―, tenemos hambre y debemos comer. ―Sus manos apretaron más fuerte―. Gracias por abrirnos el paso.

Y Antonio miró la herida en el pecho del Flaco. Ahí, un montón de ojillos negros lo miraban ávidos y hambrientos, revolviéndose entre cientos de chasquidos los escarabajos.

 

 

H. A. Camacho (Jalisco, México, 1989) Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Ha publicado en antologías de cuentos y en distintas revistas literarias. También ha escrito y dirigido cortometrajes, ganando reconocimientos a nivel nacional y menciones estatales. Amante de la ciencia ficción, la fantasía y lo abyecto. Muestra, no cuentes; éste es el principio que guía todas sus obras.

 

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