El Aquelarre

 

Por Tomás Pacheco Estrada

Esa noche la luna iluminaba la dantesca escena, en un sitio baldío se reunía un grupo de brujas y demás escoria de la sociedad. Para venerar al Príncipe de las Tinieblas. Las personas llegaban por medio de una procesión con atuendo de hábito. Se formaron dos grupos para escuchar la misa negra. El sacerdote de la oscuridad oficiaría el ritual satánico. Dio la maldición a todos, para subir al altar, una mesa con un cáliz negro y atrás de él una cruz colocada de cabeza. Daría el sermón para invitar a los presentes a realizar  el mal, cometer actos indignos como dañar al vecino, a robar, a decir mentiras, a vivir en adulterio, a traicionar la confianza puesta, regocijarse del pecado y si es posible a matar. El vil presbítero de ropa negra cubría su cabeza con una capucha y se la quitó al terminar el aberrante discurso. Dos niños amarrados, lloraban asustados, debajo de ellos tenían dibujado un pentágrama. Los infantes reconocieron al hombre, era el benefactor del pueblo, el apóstata clérigo. Las brujas y criminales uno por uno confesaron sus actos de bondad: haber entrado a una iglesia, ayudar a los ancianos o dar limosna al pordiosero. El sacrílego pastor blasfemaba cambiándole palabras al Padre Nuestro.

—Satán nuestro que estás en el infierno, maldecido fue tu nombre, vengando tu reino del averno. Hágase tu voluntad en la tierra como en el infierno…

Soplaba un viento frío, dos asesinos traían a un macho cabrío, lo depositaron en la mesa, lo sujetaron con fuerza y el sacerdote levantando los brazos lo consagró al Amo de la oscuridad. Para agarrar una daga y degollar al animal, la sangre que escurría la puso en el cáliz negro. Enseguida sacó unas hostias consagradas para que los asesinos las repartieran a los feligreses apóstatas la oblea sagrada, ellos la tomaban en la boca, la masticaban para luego escupirla, otros la pisoteaban, se burlaban del cuerpo de Cristo, lo rechazaban. Los dos huérfanos recordaban que a veces veían a un hombre ocultarse entre los árboles, vigilando el orfanato. Los homicidas repartieron el cáliz con la sangre del macho cabrío y los herejes bebían. El presbítero invitaba al rebaño que antes de ir a los actos de sodomía y promiscuidad, sacrificarían a esas dos criaturas inocentes de alma pura y libre de toda mácula. Los criminales y brujas se quitaron la capucha, los críos reconocieron a varias personas: maestras que les educaban con afecto, la señora de la tienda que les regalaba golosinas, a unas enfermeras que los curaban con mucha amabilidad y a la directora del instituto que los consentía en demasía. Al despojarse de su capucha, los rostros de varias gentes les eran conocidos y lo peor es que eran individuos bastante corteses con ellos. Unos criminales repartían estupefacientes, consumiéndolos las brujas y los delincuentes, eso lo hacían para abolir la conciencia y de que no se fueran a arrepentir de realizar los sacrificios humanos. El clérigo se desnudó, poniéndose de espaldas, agachándose un poco,  la grey formaba una fila para realizar el nauseabundo acto del Osculum Infame. Sólo un sujeto permaneció ajeno a todo eso, no hizo ningún acto blasfemo, ni mancilló la eucaristía. Molesto el pastor del diablo ordenó lo rodearan, que nadie lo tocara, “Alguien” se encargaría de ese intruso que se había infiltrado, empezando a reír como un loco invocando al Príncipe de las Tinieblas. Clamaba al diablo a manifestarse. Lentamente levantaba la cabeza el macho cabrío sacrificado, sus ojos brillaban cuál ascuas ardientes, una voz siniestra y gutural exclamó.

  • ¿Qué mortal se atreve a invocarme?

El presbítero le explicaba que ese hombre encapuchado no pertenecía a su rebaño y que merecía morir en manos del Amo del Infierno. La bestia se incorporó para ponerse de pie, amenazante, una expresión diabólica al querer intimidarlo.

— ¿Quién eres tú, que osas desafiarme?

Ante la sorpresa de todos, el hombre se despojó de la capucha y con furia se quitó el hábito negro, para vociferar.

  • Soy Hakan Sukur, el Cazador de Demonios.

Los feligreses retrocedieron asustados al oírlo gritar éstas palabras.

—Oh, Altísimo que moras en el cielo, dales una señal a estas ovejas descarriadas de tu poder.

La luna se cubrió de nubes y de ellas emergía un rayo cayendo enfrente de Hakan, al desaparecer estaba una espada. El Cazador de Demonios empuñó el arma para  luchar contra el macho cabrío. El sacerdote ordenaba atacar al intruso pero Sukur esparcía agua bendita a sus adversarios, el líquido les quemaba. A otros les colocaba la señal de la cruz poniéndoles ceniza sacra en la frente, las brujas y criminales caían al suelo convulsionándose  grotescamente, sacando espuma por la boca, poco a poco mermaba a las fuerzas malignas. El eclesiástico hereje acobardado se puso de rodillas suplicando y llorando no le hiciera daño, el hombre de tiempos inmemoriales lo ignoró. El ente infernal balaba furioso y grotescamente, su mirada siniestra inspiraba terror, su rival blandía la espada con maestría y abalanzándose en su contra le cortó un cuerno al diablo, éste se molestaba, contraatacando sólo para serle amputada la otra cornamenta. Sukur ordenaba a los niños cerrarán sus ojos para que no contemplaran la diabólica presencia. Hakan clavó la espada celestial en el suelo, para sacar una bolsa, esparcía un polvo alrededor de la infernal criatura, formando la figura de un círculo. Mientras el Cazador de Demonios trazaba símbolos astrológicos y cabalísticos, el presbítero se acercaba al arma con la intención de arrancarla y dársela al Príncipe de las Tinieblas para que se defendiera pero al tocarla sintió que sus manos tocaban un fuego abrasador que le obligó a soltarla con intenso ardor en los dedos y las palmas. Hakan miraba a la criatura abominable, sacando un collar con la Cruz de Caravaca y se la colocaba en el cuello al ser del averno, al sentir el signo sacro el diablo gruñía con horripilantes cacofonías. Sukur se dirigía para sacar su espada, dando un enorme salto el arma se incrustaba en el vientre a la reencarnación de Satanás, cayendo fulminado, venciendo al mal. Antes de terminar con el macho cabrío, el hombre elegido por Dios fue con los niños, cortaba sus ataduras, liberándolos y les dijo que se marcharan, no voltearán, los pequeños siguieron sus indicaciones, se alejaban sin mirar atrás. Ya sabiéndolos lejos, el hombre de tiempos remotos, de un bolso sacaba una llave con inscripciones alquímicas y cabalísticas, la enterró en el suelo. De su camisa extrajo un grimorio, tal vez la Clavícula de Salomón u otro de los muchos que estudiaba para exclamar.

— Vade Retro Satanás.

Y un fenómeno increíble sucedía, el círculo brillaba, se abrían las puertas del infierno, donde las almas condenadas ardían entre las llamas, lanzando gritos lastimeros, sus rostros reflejaban un sufrimiento, al pagar con un castigo los pecados cometidos en vida.  Hakan sacó la espada del cadáver y fue cuando el macho cabrío se precipitaba al averno, sus discípulos eran arrojados al abismo, sólo los que se arrepintieron de corazón, fueron salvados, arrancaba la llave cerrando el gehena, aventando la espada al cielo para regresarla, un ángel la tomó entre sus manos. Sukur rezaba: misión cumplida.

 

 

 

Tomás Pacheco Estrada de Córdoba, Veracruz México. Escritor y cineasta. Intereses: escribo en Revista Minatura, en revista Marabunta los temas de ciencia ficción, terror y fantasía, tengo cuentos en varias antologías y ganador de los primeros lugares del festival de la caña en cuento y soñar con hacer películas. Participe en el concurso de cortometraje de terror de Anabelle.

 

 

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