Ky-Rafn

 

Por Kurose Kurosaki

 

Recuerdo muy bien el momento en que los humanos recién aparecieron, eran criaturas curiosas y de complexión endeble. De vez en cuando algunos pasaban por aquí, usualmente era porque estaban perdidos, verlos pasar con cara de susto me daba un poco de lástima y más al pensar que podrían perecer por el frío de la noche, la falta de alimento o que fueran atacados por alguna de las otras cosas que pululaban en lo profundo del bosque; entonces sin darme cuenta, ya me encontraba guiándolos a las cercanías de sus aldeas. Ellos no podían verme u oírme, al menos la gran mayoría, sólo un puñado sentía mi presencia, supongo que, gracias a esos pocos, comenzaron a reconocerme, adorarme y con el tiempo a erigirme altares modestos.

 

Tiempo adelante trajeron una piedra especial que comerciaron con un pueblo dedicado sólo a su extracción, admito que fueron ingeniosos para transportarla y trabajarla por que debían ser cuidadosos, ya que era hermosa y fácil de dañar, esa roca era negra como la noche sin estrellas y una vez se había tallado lo suficiente; dándole forma a su imaginario (aquel que me proporciono la figura de un felino) y gracias a lo perfecto del material; brillaba bajo la luz de la luna tanto como la superficie del lago que ellos conocían como Etan. A partir de ahí y cada temporada, al llegar el día más largo del año, decenas de personas acudían a dejar regalos de diferentes tipos; traían flores de aromas exuberantes de las Tierras flotantes portadas en canastas de mimbre azul, carne ahumada de un gran mamífero, que habían logrado domesticar, cocinada y bañada en salsa de moras, puré de papas dulces, manzanas doradas de sus propias parcelas, además de la sidra espumosa que obtenían al fermentarlas y que en ocasiones especiales (cuando las cosechas eran cuantiosas) vertían sobre el gato negro, mientras los tambores resonaban en el claro y los danzantes bailaban en mi honor alrededor de una hoguera donde ardía con fuerza el oloroso ocote. Era agradable ser adorado tan fervientemente.

 

Entonces, años después llegó una sequía que se prolongó tanto que ocasionó malas cosechas, su ganado no resistió y varios cientos de animales perecieron. Fueron tiempos oscuros que propagaron enfermedades, pobreza y penas. Los humanos llegaban a la efigie de gato alzando plegarias con los ojos llenos de lágrimas. Ante el sentimiento de impotencia de no poder ayudarlos y temiendo que no resistieran el embate del clima y desaparecieran, sintiéndome responsable de velar por su bienestar, tomé la decisión de abandonar mi lugar y viajar al sitio del Señor de las aguas, sería un viaje duro y peligroso, pero estaba decidido. Llegar ahí no fue fácil y menos el convencerlo de prestar atención a sus rezos que llevé ayudado amablemente por una sílfide que se compadeció de mi urgencia. Cuando me prestó sus oídos, lo siguiente que tuve que lograr fue ganarme su confianza y mostrar mi valía, que puso a prueba al pedirme tres tareas, una más difícil que la otra. Al haberlas completado, sonrió con satisfacción y me dio un poco de sus lágrimas dulces que llevé cuanto antes a mis tierras, resguardadas en una hoja de madresanta. Al arribar me percaté de la inusual escena donde tenían a algunos de sus retoños colocados en hilera frente a la figura del felino negro, con los brazos atados detrás de su espalda y las cabezas gachas, de pie enfrente de ellos, un humano vestido con pieles de jackalope, quien levantó su mano que sostenía una daga, claramente dispuesto a acabar con la vida de uno de los pequeños.

 

Fue cuando lancé la lagrima del Señor de las aguas lo más alto pude hacia el firmamento, tal como se me había indicado y cayó la primera gota de agua en la estatua para inmediatamente comenzar a llover copiosamente. Los presentes elevaron las manos hacía el cielo mientras reían y comenzaban a llorar, danzando de felicidad. El humano con piel de jacklope dejó caer el instrumento de muerte y se acercó a la efigie con los ojos llenos de llanto e implorando perdón por la acción que estuvo a punto de consumar, todos celebraban la llegada de la lluvia, yo me permití descansar y lamer las heridas.

 

Decenas de años han pasado desde ese acontecimiento, aún siguen llegando a mí cuando sienten que las cosas se tornan difíciles, hago lo que puedo por ayudarles en mi condición de espíritu del bosque y deidad menor, porque fue gracias a ellos, a sus pensamientos y fe en mi que he llegado a ser cada vez más fuerte. Las aldeas han crecido, lentamente pero lo han hecho, acercándose a mi lugar paulatinamente, pudiendo entender su lenguaje y saber al fin el nombre que me han dado: Ky-Rafn.

 

 

Lizbeth Jazmín Altamirano Montoya, atada a la vida real por medio de un trabajo a tiempo parcial.

Admiradora de Howard Phillips Lovecraft y del realismo mágico, pasa la mayor parte del tiempo metida en su mundo imaginando historias y universos que pretende un día vean la luz del sol. Seguidora del arte secuencial, el género de horror y amante de la música, que gusta de escribir y dibujar a personajes ya creados para reinterpretarlos y colocarlos en diferentes escenarios. Oriunda del Estado de México y residente actual de la CDMX (ambas en México), conocida -o no tanto- en el bajo mundo con el seudónimo de Kurose Kurosaki

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