La isla de las almas navegantes

 

Por Inés Luque Aravena

 

Aquí no hay lugar para cenotafios, pero sí para muchos pescadores reclamados por las aguas. Mejor si es por naufragio, si el mar se llevó los últimos frutos cosechados y luego les tumbó el bote. Sólo ellos tienen derecho a ser enterrados allí.

La isla de las almas navegantes —rebautizada así por el escritor del pueblo, Francisco C. — es una pequeña isla-cementerio rodeada de playas de oscuras arenas. En  ella abundan álamos, arrayanes y pájaros, que parecen ser sus únicos habitantes…

Es aquí, o para ser más precisos, en la isla Pálaksa (a unos pocos metros de distancia), donde cada 3 de junio se celebra “La adoración de Aukán”,  dios de la pesca, responsable de la abundante cosecha de frutos marinos, así como también de los desafortunados naufragios que llegan a la costa.  Nunca se deben ignorar los augurios que envía el mar, eso dicen en el pueblo.

Aquel 3 de junio, un par de turistas había arribado a Pálaksa, motivados probablemente por algún folleto turístico que vieron en su ciudad de origen, o quizás por recomendaciones de amigos. Su llegada coincidió casualmente con “la  adoración de Aukán”, una celebración muy pintoresca a los ojos de los forasteros. El problema es que ninguno de ellos sabría describir a ciencia cierta en qué consistía. Los viajeros recordaban haber vivido una experiencia de ‘otro mundo’, se iban complacidos de su visita, y recomendaban el lugar.

La noche de la adoración partió con plegarias de alabanza y peticiones varias. Señoras, señores, niños y jóvenes en procesión, cargando en andas a una figura que tenía la apariencia de un crustáceo, una langosta o una centolla, no podría aventurarme a decir qué era. Lo que los afuerinos calificaban como una estatua de dudoso valor estético; para los lugareños era una magnífica obra de arte que  no suscitaba extrañeza alguna, seguramente una alegoría de su fe materializada en semejante artrópodo. Y es que ellos creen en todo tipo de cosas: hechizos, almas en pena, deidades benignas y malignas, etcétera.

Canciones con acordeón y bombo eran entonadas en masa por los concurrentes. Los turistas se contagiaron del fervor, y a media lengua trataban de cantar con ellos.

—Oiga, joven ¿Quiere chicha? —preguntó una anciana de atuendos raídos, que se había acercado a uno de ellos.

—No… no, gracias —contestó, negando con las manos.

La vieja lo miró con desaprobación, y le ofreció al compañero de éste.

—…Es típico de la zona, pruébelo.

—Muchas gracias, pero no bebo.

La anciana frunció el ceño, y se retiró molesta.

 

Los jóvenes, maravillados por la insólita fiesta, no notaron todo el camino que habían hecho hasta la playa, ni cómo, poco a poco, las señoras y los niños habían desaparecido de la procesión. El acordeón había cesado, surgieron cánticos masculinos en un idioma desconocido, y finalmente se encendieron antorchas. El primer turista miró al segundo casi preguntando qué estaban diciendo. “Debe ser la lengua originaria de estos pueblos”, le contestó el segundo.

“¡Eh, oigan…! ¡Oye, ustedes los turistas!”, se escuchó. Ellos voltearon la cabeza. A unos metros de donde estaban, un hombre de unos 50 años, lugareño —por su forma de hablar y por sus vestimentas—, les mostró una botella y les preguntó si querían chicha. Algo hastiados de la ‘hospitalidad’ de los isleños, pero con temor a que su negativa fuera vista como un desaire, aceptaron.

— Ok… Un poco —contestó uno de ellos. Recibieron la botella, tomaron unos cuantos sorbos, y la devolvieron.

 

Cuando nuevamente se enfocaron en la celebración, se sorprendieron al ver cómo los creyentes se internaban en las tranquilas aguas del mar, sosteniendo las antorchas bien arriba, en lo alto. Caminaron hasta que el agua les llegó al nivel del pecho. El fervor de los cánticos no era siquiera debilitado por la molestia del frío. Los visitantes se miraron con perplejidad y un poco de nerviosismo.

Un fuerte ruido se hizo cada vez más patente. Era el sonido de una especie de carreta, que se acercaba pesadamente hacia ellos. En la oscuridad no se distinguían muchos detalles de la escena. Sólo cuando la tuvieron más cerca, se dieron cuenta de que eran las señoras, desaparecidas hace un rato atrás, arrastrando el ataúd de una persona adulta.

El último habitante del pueblo, que hubiera muerto por inmersión, debía ser conservado hasta las festividades de Aukán, para luego ser transportado en bote hasta la isla de las almas navegantes. En el mar, una hilera de hombres con antorchas lo acompañaría. Esa sería la ofrenda de los isleños para la deidad, y debían asegurarse de que llegara en buenas condiciones al sitio en donde Aukán dispondría de su cuerpo mortal y de su alma.

En las orillas de la playa, se observaba a las señoras conversando al lado de los botes, y también a unos cuantos hombres; algunos arrastraban el ataúd, y otros  subían la figura del dios crustáceo a uno de los botes.

—Me imagino que no querrán perderse el tránsito a la isla de los finados…—Les dijo, con naturalidad, una señora que iba en dirección a los botes.

—¡Ah! Pero, ¿Cómo? ¿Se puede ir con ustedes? —Dijo uno de los jóvenes, entusiasmado.

—Pero ¡claro! ¿Acaso no es para eso que vienen ustedes, los de afuera?

—Sí, por supuesto —contestó el otro, tratando de ocultar su ignorancia en cuanto a los ritos de esta festividad en particular.

Y así fue como los forasteros, invitados a unírseles  en ese corto trayecto, zarparon en una modesta barcaza rumbo a la isla. Se escucharon nuevamente las notas del acordeón, esta vez al son melancólico del canto de los asistentes. Cuando desembarcaron en la pequeña isla, los turistas observaron espantados, a lo lejos, recortadas por el fulgor de la luna, siluetas vaporosas que surgían de las tumbas. Parecían estar danzando. A veces daba la impresión de que navegaban en mar abierto. Al fondo, cerca de la frágil iglesia de madera, se escuchaba un castañeteo irregular. Si fuera más supersticiosa podría jurar que eran las tenazas de un crustáceo, agitándose, hambriento, aguardando al cuerpo rígido que yacía dentro del ataúd.

—¿Quiere más chicha? —preguntó la anciana que inicialmente les había ofrecido el trago. Y por la expresión de horror en sus rostros, estoy segura de que aceptaron.

 

 

 

 

Inés Luque Aravena (Valparaíso, Chile). Traductora  freelance,  misántropa, descriptora de profundidades.  Ha publicado relatos  en la revistas “El narratorio”, “Valdivia Críptica”, y en la antología de cuentos de terror “Mi abuela tiene un bicho” de oráculo ediciones.

Sus pasiones, además de escribir y de la literatura, son: Lo oculto, la naturaleza, los animales, la fotografía, el cine y la música.

 

BLOG:  https://unavidaimaginaria.wordpress.com/  (Escenas de una vida imaginaria)

 

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*