La ofrenda de Dagmaer

 

Por Albert Gamundi Sr.

Dagmaer marcó una línea más en su trozo de madera que utilizaba para calcular la llegada del blót. Su hijo Njord se recuperaba de las fracturas de huesos y los desgarros musculares sufridos durante la última campaña a Seeland, en la cual el vástago vengó a su padre, quien fue llevado por las valkirias en la última batalla antes de la gloriosa retirada. Dadas las circunstancias, viuda y a cargo de un guerrero que salvó la vida gracias al subidón de adrenalina provocado por la caída de su progenitor, se encontraba en una delicada situación. Ese año, su familia era responsable de aportar el cerdo para el blót comunitario, por otra parte, a pesar de aceptar que el destino de su bravo pueblo era morir en gloriosa batalla, se resistía a hacer un álfablót que no fuera del agrado de los elfos, por lo tanto, no retrasarían la llamada del Valhalla. Únicamente había logrado engordar lo suficiente a un cerdo como para que fuera un sacrificio digno de las expectativas.

Los bárbaros de las tierras continentales se escondían en sus bosques sagrados, se alimentaban de raíces, bellotas, frutas silvestres y cualquier cosa que se pudieran llevar a la boca. Folke, el jefe de la aldea dio la orden de darles caza y reducirlos a carroña o para las prácticas de sacrificio ritual que se desarrollaban en cuevas sagradas. La dama jugaba con la hoja de una daga entre sus dedos. La consiguió como trofeo de guerra en los tiempos en los que aún no era madre. Eventualmente miraba a su pequeño corral por la ventana, las gallinas cacareaban de forma frenética peleando por gusanos mientras su único cerdo apenas se movía de lo gordo que estaba. Pero su mirada no se desviaba apenas de la cama dónde reposaba Njord, quien mordía una cuerda naval para sofocar el dolor de su pierna destrozada. —No me queda otra solución. Tal vez los dioses me maldigan por esto, pero su nombre resonará en los salones celestiales y en los cánticos bélicos-. Pensó poco antes de lanzar el arma contra la puerta de la entrada.

Unos minutos después salió de su casa con un saco, un cuchillo, un carcaj lleno de flechas y un arco. Con la bolsa a cuestas, llevando dentro ese pequeño arsenal, se dirigió al este, en dirección al bosque sagrado de Bjarne. Las hojas de los árboles pasaban de tonalidades verdes a amarillos dorados, mostrando el óxido precedente al invierno. Quedaban apenas dos lunas para que tuviera lugar el ritual. Alzó la cabeza para respirar la brisa pura del bosque, se sintió en comunión con el lugar, motivada por la bienvenida de aquel paisaje de ocaso, empezó la búsqueda de pistas que la llevaran hasta su presa. Examinó la tierra removida, las huellas en la hojarasca del suelo, las ramas de los árboles en busca de roturas para hacer fuego, hizo uso de todas sus tácticas durante horas, de forma infructuosa. Cuando el sol se había ido, pudo oír el débil crepitar de una hoguera a unos metros de ella. La guerrera puso una flecha en el arco, dejó el saco en el suelo, agachó el cuerpo y avanzó sigilosa en dirección a la lumbre.

Un varón de aspecto descuidado con barba desaliñada, con restos de hojas y una túnica negra que parecía no haber conocido demasiadas desventuras cubría su cuerpo. No era uno de ellos, estaba autorizada para liberar la tensión de la goma y hacer que el proyectil cortase el aire, así que se podría pintar el rostro con su sangre mientras pedía perdón a Thor por lo que haría y a Freya para que perdonase a una madre en apuros. La presa no pudo gritar, pues el primer impacto acertó en su garganta. En lo que duró su parpadeo sobresaltado, otro proyectil impactó en su corazón. Dagmaer, hizo nuevamente honor al rumor proferido por los escaldos, que era inspirada por Vali, hijo de Odín y Rind.  Con el cadáver todavía caliente, lo metió en el contenedor y lo arrastró hasta su granja.

A la mañana siguiente fue al mercado, dónde vendió la producción ovípara de sus aves y varias runas que había tallado durante las últimas semanas. Con las monedas obtenidas compró mantequilla, pescado fresco y ungüentos para cuidar la pierna de su primogénito. Su corazón latía pesadamente, pronto todas esas caras amables y de admiración, pues su fama la precedía, podrían volverse rostros enfurecidos que la perseguirían con hacha y espada en mano para quemarla en vida. Ese paseo semanal por la fila del mercado se le hizo extremadamente largo y duro, aquella noche debía realizar el álfablót.

Cuando entró por la puerta observó como su hijo se apretaba furiosamente los vendajes de tela para sujetar bien el hueso, su rostro sudaba y los ojos salían de sus órbitas, pronto cayó desmayado por el dolor.

—Es tan heroico como su padre—.  Murmuró ella mientras cubría la mantequilla para no atraer a los insectos. Convencida de lo que haría, dejó listos todos los preparativos para la noche, durante la tarde, ayudaría a preparar el blót comunitario del siguiente día.

Cuando todas las almas reposaban en sus hogares, ella dejó el cuenco ritual que contenía la mantequilla fuera de su cabaña. Luego, salió al corral, sabiendo que desafiaría a los dioses, quienes juzgarían su valor o su ofensa, y abrió el cuello del cochino. Miró a su hijo, quien estaría a merced de los elfos, después se pintó la cara con sangre y empezó a pronunciar los versos rituales, repitiéndolos hasta que finalmente algo hizo que desfalleciera.

Despertó con los gritos de su hijo, quien podía caminar haciendo un hercúleo esfuerzo para sobreponerse al dolor.

—Descansa hijo, voy a preparar el cerdo para el blót de esta noche—. Le aseguró Dagmaer, quien lo acompañó hasta su reposo. —Debo participar en la ceremonia—. Insistió él con determinación. — Si mueres por tus heridas aquí, irás a Niffelheim—. Le recriminó ella, quien empezaría la parte más delicada de su plan.

Finalmente, llegó la prueba de fuego, la novena ofrenda era la suya. El cuerpo del forastero había sido descuartizado y calcinado hasta ser casi irreconocible, el chamán ofreció a los dioses y a los espíritus la carne más suculenta, mientras que el resto del cadáver fue repartido entre los presentes, quienes estaban ya saturados de cerveza con beleño negro y de cerdo. Después de los animales, se ofrecieron nueve esclavos como sacrificio, los cuales fueron colgados de los árboles que rodeaban al templo sagrado.

Cuando el chamán empezó los últimos cánticos, varios de los comensales empezaron a devolver al noveno “cerdo” y a abalanzarse unos sobre otros mientras salía espuma de su boca, iniciándose así una gran trifulca. —Los dioses me han castigado por mi ofensa—. Se aterró ella antes de romper una mandíbula con el antebrazo. Los gritos llenaron el aire y las llamas se esparcieron por el templo, pero lo peor estaba por llegar, Njord apareció desnudo, con los ojos rojos, agarró la cabeza de su madre y le rompió el cuello antes de participar en la orgía de sangre. Freya y Thor habían dado la espalda a los deseos de Dagmaer.

 

 

 

Albert Gamundi Sr. (1991) es autor literario especializado en el género negro y en el drama humano. Residente en Santa Cristina de Aro (España), combina su actividad como escritor fantasma con trabajos relacionados con la cultura y la educación privada. Actualmente se centra en crear contenidos instructivos en escritura creativa para escritores noveles y avanzados en su página de Facebook Albert Gamundi Sr. – Escritor.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.