Transición

 

Por Richard Stingray

 

—Inspector Keller, tenemos otro altar. Esquina de la once y la octava. No tarde si quiere ganarle a los forenses.

Steve Keller asintió y se preparó para salir. Había ingresado al departamento de policía de la ciudad de Nueva York hacía veinte  años. Logró ascender hasta liderar el departamento de homicidios. Luego, una mala decisión casi lo privó de su placa y su arma. Asuntos Internos consideró su hasta entonces limpio historial y sólo lo suspendió unos meses. Al regresar se dio cuenta de que pasaría el resto de su carrera policial como un detective más. Al menos no lo regresaron a patrullar las calles. A partir de entonces algo se rompió dentro de él y comenzó a descuidarse. Las cosas que le importaban dejaron de hacerlo y todo se volvió gris. Su mujer fue la primera en abandonarlo. Después, sus amigos. No soportaron el tufillo cínico y quejumbroso que emanaba por sus poros. Así pasó un tiempo; hasta que algo surgió. Le fue encargado un caso fuera de lo común, relacionado con un culto y sus extraños rituales. Quizá sólo hubiera sido clasificado como algo estrafalario, de no ser por la presencia de restos humanos. Las primeras evidencias habían surgido  unos meses atrás, en la víspera de Todos los Santos o Samhein, celebración mejor conocida como Halloween. En un extremo del jardín de una residencia particular fue montado un altar con alambre galvanizado. Ahí se halló sangre quemada. Había un símbolo extraño pintado en una de las paredes del jardín; y justo en medio del altar, se hallaba el pie izquierdo de un varón de alrededor de cuarenta años, cercenado al tobillo, todavía dentro de un elegante zapato de costosa marca. Las averiguaciones indicaron que pertenecía al propietario de la residencia; un acaudalado comerciante de arte antiguo.  Un mes después se repitió la historia, esta vez en el sótano de un edificio de departamentos, al oeste de Greenwich Village. Un pie se encontró calzado en una zapatilla para deporte en medio del altar. Se trataba del pie de un joven atleta que rentaba una habitación en el edificio. La víspera de año nuevo fue hallado un tercer altar, esta vez en un gimnasio.  El pie hallado pertenecía a Simon Colton, dueño de ese y varios gimnasios más en Manhattan.

Para Steve Keller se convirtió en un reto conocer qué se ocultaba detrás de tan extraños sucesos. Había algo que le fascinaba en los elementos ejercidos por el o los perpetradores. En cada escenario fue hallado pintado un símbolo diferente. Esa era la clave. Sintió que si lograba descifrar este misterio, su existencia retomaría el sentido que perdió años atrás.

Esa mañana Keller llegó a toda prisa al lugar de los hechos. Esta vez se trataba de una casa pequeña en Midtown. El sitio olía asquerosamente; esa fue la razón por la que los vecinos llamaron a la policía.  Casi al mismo tiempo llegaron los forenses, quienes dejaron examinar a Keller un pie metido en una pantufla, al parecer de una persona mayor, coincidente con el propietario de la casa, un tal Henry Winston, ex actor jubilado. Winston vivía solo. No fumaba y no tenía mascotas. Por el estado de descomposición del pie, el evento había ocurrido unos cinco días atrás.  En una de las paredes de la sala se hallaba pintado otro símbolo; también distinto de los  que habían sido encontrados en los casos anteriores. Keller lo añadió a su archivo fotográfico.

Casi un mes después del último incidente, el detective Keller se preparaba para comprar su acostumbrado latte en una conocida cadena de cafeterías. Se sentó en su mesa de siempre, cercana a la puerta del establecimiento. En eso llegó una joven con rasgos asiáticos, muy atractiva, de alrededor de veinticinco años, acompañada por un chico, quizá su pareja. Discutieron. El chico levantó la voz, estrujó violentamente los brazos de la joven, la empujó y salió del lugar rápidamente. Keller se levantó de su mesa de inmediato y detuvo de su caída a la mujer. Le preguntó si se encontraba bien y acto seguido salió detrás del muchacho con la intención de reclamarle su acción. No lo pudo ubicar. Volvió a la cafetería y ordenó para la joven un té. Se sentaron a charlar y trató de calmarla con palabras reconfortantes. El nombre de la joven era Mali y trabajaba en Uppertown, en una librería esotérica. Keller había olvidado la excitación de encontrarse cara a cara con una mujer tan sensual. Casi no podía concentrarse en lo que le relataba la joven. Al despedirse, ella agradeció con un tierno abrazo al detective por su atenta intervención y quedaron de tomar algo otro día. Se levantó y se marchó.

Esa noche el inspector Keller tardó mucho en conciliar el sueño. En su mente aparecía constantemente la mirada de Mali. De pronto la vio danzar, semidesnuda, ante la escultura de un dios tenebroso. Al día siguiente decidió hacer una visita a Mali. Llegó a la librería en la que trabajaba la chica y esperó unos minutos hasta que terminó su turno. Keller quería pedirle su opinión con respecto a los extraños símbolos que había fotografiado en los incidentes. Mali prefirió visitar el apartamento del detective. Una vez ahí, Keller le mostró a Mali las fotografías y ella de pronto miró al policía de forma inquisitiva.

—¿De verdad quieres saber lo que significan esos símbolos?

—Claro, daría cualquier cosa por resolver este misterio.

—Muy bien. Sea.

Dicho lo anterior, la joven comenzó a desabotonarse la blusa. Steve Keller no halló una conexión acerca de lo que estaba pasando con su pregunta; sin embargo no detuvo a la joven. Mali  descubrió sus bien formados pechos al asombrado detective, y en cada uno de ellos se hallaba tatuado un extraño ojo. Keller pudo darse cuenta de que cada ojo estaba formado con todos los símbolos de sus fotografías, excepto por uno.

Se miraron largamente. Él, sin palabras, aceptó que había hallado lo que estaba buscando. Se acercó aún más, hasta sentir en su cara la respiración agitada de la joven de piel morena. El contacto con sus labios lo maravilló. La besó con la sed de un náufrago rescatado. La desvistió totalmente y tuvo ante sí el cuerpo de una diosa. Esa tarde experimentó un placer más allá del que está reservado para los humanos ordinarios.

Dos días después, el celular del inspector Keller comenzó a sonar de nuevo. Se trataba de otro incidente. Había sucedido en lo alto de un piso de departamentos, en el Soho.  En medio del altar fue encontrado, como siempre, el pie izquierdo de un varón. Para la policía no fue difícil hallar la identidad de su propietario.

 

 

Richard Stingray, escritor, músico, conferencista y profesor de ciencias; ha colaborado en la revista Contenido y en 2002 participó en el libro Fósiles de México, una ventana a través del tiempo.                                                           

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