Permiso para abordar

Por Oswaldo Castro

Regreso para saldar una deuda de mi niñez. El tsunami de hace treinta años destruyó el balneario, ahogó gente, hundió el muelle y llevó al tren azucarero al fondo del mar. Destrozó mi vida y no varó a las sirenas que perturbaron mis sueños.

El puerto de mis aventuras, en donde imaginé piratas y contrabandistas, cayó en el olvido, convirtiéndose en el espejismo distante de la carretera. El desierto costero terminó de asfixiarlo y hoy es el remedo abandonado de lo que fue en su época dorada. Las embarcaciones atracaban en el muelle para cargar azúcar y descargar rarezas y artículos suntuosos venidos de ultramar. Aún conserva, lejos de la caleta de pescadores, el galeón español encallado. El otrora colosal navío no se inmutó con el oleaje gigantesco que siguió al terremoto. Las olas enormes rompieron la defensa del malecón, inundaron las calles y arrasaron  las casas de las primeras cuadras. La retirada de las aguas engulló y desapareció todo en el intestino alucinante del fenómeno acuático.

La vetusta embarcación soportó la fuerza de la naturaleza y no abandonó su tumba natural. Los fantasmas de la tripulación y las sirenas que lo resguardaban quedaron anclados en sus cubiertas podridas por los siglos. Esas criaturas fantásticas, legendarias en los relatos de los vaporinos, desvelaron mis noches. Alucinaba que guiaban a las almas en pena para entrar en las casas y quedarse a vivir ahí.  Jamás vi una. Mis amigos locales se jactaban de bailar con ellas bajo el agua y de ser sus enamorados. Se burlaron de mí por años y he regresado para encontrarlas.

El mar se salió hace tres décadas y mis amores terrenales se despidieron en medio de agua salada, llanto y lutos invisibles. Sus cuerpos y los de mis padres jamás fueron devueltos y se acompañan eternamente bajo la espuma del mar.

Camino por la orilla de la playa hasta divisar el galeón hundido. El aire se estremece a medida que me acerco.

Los marinos insepultos reclaman la privacidad de su hogar destruido por la historia. El capitán tiene un pacto con los fantasmas ahogados y vaga sin temor. Es su forma de vida y los antiguos dueños del galeón se lo permiten. El marino no pudo impedir el naufragio y años después el navío emergió de las profundidades con cadáveres atrapados en las cubiertas. Las ánimas de los mares le confirieron el honor de ser el guardián de sus restos. El mediodía cae a plomo y es muy temprano para conversar con los camaradas de armas. Se sienta en una peña frente al cascarón de madera devorado por los crustáceos y escucha  sus tablones crujiendo adoloridos. Ya no le importa y deja que el mar pinte su cuerpo transparente, sin incomodarse con los cangrejos que lo espían desde sus agujeros.

El espectro del oficial me mira como un viejo conocido y sabe a qué he venido. Se levanta y con la mano autoriza mi ingreso a sus predios.

Me dejo llevar. No siento temor y el agua es tibia y cristalina. Buceo hacia la zona del desastre y mi cuerpo y mente están libres como las medusas que me circundan. No hay esfuerzo ni preocupación. El mundo bajo el mar es pacífico y demasiado hermoso para ser real. Debo estar alucinando o soy presa de algún poder sobrenatural que no comprendo.

Más allá del muelle derruido, en el arrecife artificial, un amigo de mi infancia pasa por mi costado, saluda y sigue de largo. Algo atarantado distingo a mis padres Me dirigen palabras que se diluyen en el agua que respiran, pero sé que son buenas y precisas. Prosiguen su peregrinaje, arrastrando tras ellos el delicioso olor de la caña dulce.

De entre el ferrocarril hundido, aparecen las bellas imágenes que perseguí en superficie. Mi profesora, risueña y triste a le vez, me marea con su canto de sirena. Ella es una de mis pérdidas de antaño. Metros más atrás, bordeando la grúa encallada, la pelirroja de mis amores me dirige la mirada romántica que extrañaba. Se aproxima lentamente y puedo verle las pecas disparejas de su rostro y los ojos vivarachos del malecón me vuelven a sonreír. Intento tomarla de la mano, como cuando la ayudaba con la bicicleta, y se aparta. No quiere que vea que es una hermosa sirena. En ese instante venzo mis miedos y acepto que el derrotero del puerto llegó a lugares impensados, más allá del tsunami que no desencajó al galeón de su tumba.

El capitán español me devuelve a la realidad y camino de regreso al puerto. Dibujo la línea costera y, de rato en rato, escucho el chapoteo del agua. Sé que mis sirenas son reales y ya no tengo dudas de lo que me decían los niños de antes.

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