Per saecula saeculorum

Por Luis Bravo

Contamos cada una de las estrellas, revelamos lo desconocido del universo, desciframos el tiempo y el espacio, conquistamos el conocimiento de cada raza, incendiamos nuestros sueños para poder iluminar la oscuridad que tanto nos asustaba, asesinamos nuestras ilusiones porque de ellas se alimentaba el miedo y, al fin, obtuvimos la eternidad. La ciencia tendió un puente hacia la magia, hasta el punto que no supimos diferenciar entre ellas dos, alcanzamos el pináculo de las especies sobre la tierra, la vejez ya no era algo que temer, el tiempo había dejado de gobernarnos, pensamos que al iluminar cada espacio vacío, al conocer cada hecho y al conquistar la eternidad, el miedo desaparecería.

Un cenit que añoramos de niños y que, por siglos, mantuvimos en una adultez infecunda. Un ascenso sin motivo ni circunstancia, un auge que desvaneció nuestro anhelo por un mañana, perdimos nuestro objetivo hasta un punto que no sabíamos ni porqué nos molestábamos en seguir prosperando. Quizá muchos, como yo, no veíamos la hora que nos llegara el ocaso. Acabar de una vez con la farsa del absoluto egoísmo del saber omnisciente.

Ya no contamos los días ni las noches, ya no contamos los nacimientos ni fallecimientos, porque hace dos siglos que nuestra naturaleza inherente lo vio obsoleto. Ni siquiera logro recordar lo que estaba haciendo el día en que comenzó la pesadilla; ni cómo el caos y el descontrol dio nacimiento a una nueva era de terror. Habíamos olvidado a lo que se le llamaba enfermedad, menos aún una pandemia. Nuestro avance tecnológico había logrado que tengamos nanobots en la sangre, conviviendo con nosotros, alimentándose de nuestras enfermedades, recargando sus celdas de energía con iones negativos producidos por el estrés o el desamor.

Pero, por más alto que navegue el sol, al cenit le sucede el ocaso.

«Eclipse». Así se le llamó a un tormento letal que comenzó como un simple trastorno del sueño, hasta que se volvió una pandemia. Gente que moría entre sueños, muchos encontrados en posiciones inconcebibles, horripilantes. Aunque distintas entre sí, el único parentesco entre todos era esa horrible cicatriz ardiente en ambos ojos. Ambas cuencas vacías, ennegrecidas hasta la carbonización, los bordes redondeados sin embargo, aun ardiendo como carbón al rojo vivo… asemejándose a un eclipse solar en ambos ojos. Aquel mal era justo con todos, no distinguía razas, sexo ni ideologías. Una muerte limpia, carente de sentido… si es que alguna vez la muerte o la vida tuvieron alguno.

Recuerdo claramente como el pánico se apoderó del corazón de las masas. Gente acostumbrada a no temer, a no desconocer, gente sin imaginación, sin creatividad, entes maquinales, que fueron enfrentados al incongruente vacío de la nada. La ausencia de lógica en un mundo automatizado era el peor de los venenos jamás creados; hasta me causó una extraña especie de satisfacción, observar el caos que podía lograr una sola y simple idea, en la mente más culta de todas: la existencia siendo observada a través del helado pozo de la futilidad. Ocupados en dar significados a todo, llenando libros y libros con relatos efímeros de una realidad que creíamos entender, negando todo tipo de experiencia ajena a lo ya declarado. Erosionaron al terreno más fértil hasta el punto de la aridez. La ignorancia fue observada con agonía y sospecha, para luego declarar que no era necesaria para la evolución.

Tontos. Derribaron dogmas para arraigar otros más peligrosos a cambio de ellos.

El caos hizo tregua cuando se desarrolló una medicina que hacía que tu cuerpo sane y se relaje sin necesidad de dormir. Una efímera pausa dramática que sólo aumentó el pánico colectivo, puesto que, tiempo después, este mal comenzó a ser más agresivo… una sombra inenarrable que comenzaba a cazarte hasta despierto. Quizá al quitarle al cerebro la necesidad de dormir alterabas su flujo y, como un motor que nunca se apaga, llegaba al punto de extenuación. Las alucinaciones acentuaron el terror y la histeria colectiva; la necesidad de fármacos más potentes que detuvieran las alucinaciones desembocó en asesinatos, robos y suicidios por doquier.

Aún recuerdo el aciago atardecer en el que la soga se tensó en mi cuello.

Había caminado a lo largo de la playa, ensimismado, extasiando mi mirada en las deflagraciones de una ciudad en decadencia, una metrópolis sitiada por el más antiguo y más fuerte de los miedos: el miedo a lo desconocido.

Ingresé al pedazo de metal que se erguía entre el humo y el fuego, a la vieja residencia de apartamentos que quizá llamaba hogar. Entré a mi habitación sin necesidad de usar la puerta, ya que la pared había sido partida por algún tipo de maniático. Tomé agua de mi refrigeradora saqueada y me eché sobre mi cama, mirando al parco techo. Sin previo aviso, mis mejillas sintieron unas lágrimas, unas densas quebradas que nacían, sempiternas, desde mi quebrantado corazón. Un fugaz fulgor plateado iluminó por un momento mi cuerpo, mostrándole a mi cerebro que estaba arrodillado frente a un cúmulo de tierra removida. Un rayo lejano se fue dibujando en contra de las copiosas copas de los árboles y la lluvia comenzaba a golpear mi cuerpo con su triste melodía. Mis ojos miraban una tumba; una a la que nadie acudiría, puesto que tiene mi nombre escrito en ella.  

Y la sombra que todos temían se presentó ante mí, pensando que yo me doblegaría ante ella.

En el preciso instante en que esta pareció agacharse hacia mí, victoriosa, salté como si un resorte me hubiera golpeado la espalda y la sujeté de sus fauces, filosas y heladas, la sangre borboteaba de mis manos mientras luchaba contra esa miserable bestia. Mis gritos resonaban en aquel helado vacío, en el que almas vacías me miraban con sus ojos blanquecinos a través de aquel antediluviano bosque. Por un momento, la marea de sangre oculta mi vista y una visión me invade, veo a mi alma ahogándose en un pozo de negra bruma, donde parásitos se arrastran buscando alimentarse de mi carne etérea.

Vuelvo en mí y aquella sombra ahora me sujeta del cuello intentando asesinarme, otra vez ingreso mis manos en el oscuro vacío de su rostro sujetando con fuerza sus filosas fauces hasta que, en un grito agónico logro abrirlas como si fuera una trampa de osos. Triunfante me levanto, escuchando miles de susurros que perturban mis sentidos. La negra bruma que cubre al espectro se comienza a diluir como tinta en el agua, sus facciones me parecen conocidas, su mirada vacía refleja mi ser… y justo en ese momento me doy cuenta de todo…

El rostro que, deformado, me devuelve la mirada, es el mío.

Yo era la sombra…

Yo era quien me cazaba en sueños; incapaz de aceptar que, para mí, la vida eterna significaba sufrimiento eterno.

Nombre completo: Luis Alfredo Bravo Escalante

Ciudad: Trujillo

País: Perú

Ocupación: Escritor.

Intereses: Series de terror y un buen vino.

Facebook: https://www.facebook.com/FxStark

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